Amor Eterno #1 - Todos los caminos me llevan a ti - Editando

Capítulo 8 - NO HAY RETORNO

 

 

NO HAY RETORNO

 

Han transcurridos varios días desde la final en Cardiff. No he visto ni he hablado con Marco, aunque sé que debería de haber contactado con él. Pero no podía, además está muy bien acompañado por su novia, no me necesita para nada.

Y eso que estoy en Madrid durante un par de días, pero prefiero mantener las distancias. El motivo de mi estancia en la capital es que el año que viene quiero venir a estudiar aquí. Creo que un cambio de aires me vendrá muy bien, aunque eso suponga estar más cerca de él. Pero no importa, no debo dejar de hacer cosas solo por él. Además, ¿Madrid es muy grande no? No creo que vaya a verlo todos los días.

Sin embargo, el destino es un poco cruel, solo a veces, pero siempre se acaba cebando conmigo. Y es que Gilberto, su padre, me ha invitado a cenar esta noche con la familia, por motivo de su cumpleaños. Mis padres me obligan a ir en representación de ellos y, siendo totalmente sincera, a mí no me apetece tener que pasar tiempo con Marco y su “increíble novia”.

Por más que insistí en mi negativa, en mi rotundidad, estoy frente a la puerta del restaurante en el que Gilberto me ha dicho que va a celebrar la pequeña fiesta. Inspiro profundamente y abro la puerta.

Al entrar busco entre la gente y los veo a punto de sentarse en una mesa. Camino hasta allí y cuando me ven, se hace un pequeño silencio, tanto que me siento incómoda al ser el centro de atención.

Marco gira su cabeza ante el silencio que se ha generado entre sus acompañantes, y sus ojos se abren de la sorpresa al reparar en mí. Me mantengo unos segundos mirando sus ojos pero no aguanto más, por lo que quito su mirada de él y miro a otro lugar. Su mirada siempre me ha puesto muy nerviosa.

—María, hija —oigo la voz de Gilberto—. Me alegro que hayas podido venir al final —sigue hablando mientras se acerca a mí. Al llegar a mi altura me abraza con delicadeza y yo le correspondo feliz.

—Feliz cumpleaños, Gilberto —le digo cuando nos separamos y ambos sonreímos.

Gilberto me indica la mensa y yo me siento. A mí lado se encuentra la abuela de Marco y en el otro lado, una de sus tías. Justo enfrente a Igor, a Marco y a la novia de este último. ¡Vaya suerte la mía!

 

La velada transcurre con normalidad, su abuela no ha parado de decirme lo guapa que estoy, lo mucho que se alegra de verme, que tengo que visitarla más veces… Es un amor de persona, adoro a esta mujer. Las tías de Marco no dejan de contar anécdotas de los dos, de cuando éramos pequeños. No he pasado más vergüenza en mi vida… Aunque creo que Marco está peor que yo, por cómo se ruboriza cada dos por tres. Eso sí, no he dejado de reírme en ningún momento, es como volver a estar de vuelta con la familia.

La que no está muy contenta es Marina porque no ha dejado de lanzarme miradas asesinas desde que he llegado. Si las miradas matasen estaría ya muerta y enterrada. Ella ha estado intentando entablar una conversación con la abuela, queriendo ganarse su simpatía pero… ¡Te jodes! La abuela siempre me va a querer más a mí.

Justo antes de que llegue el postre, Marina se levanta enfadada de la mesa, dejando toda la mesa en silencio y sorprendidos. Marco sale tras ella. Todas nuestras miradas se dirigen a ellos, los vemos discutir y finalmente, Marina abandona el restaurante bastante cabreada. Marco tras unos minutos solo, vuelve con nosotros con cara de pocos amigos. No está de muy buen humor.

No dejo de mirarle, ni siquiera cuando se sienta en la mesa otra vez. Su mirada se alza al sentirse observado y me mira desafiante. Su mirada echa furia, pero la mantengo, incapaz de dejarle ganar.

—¿Qué miras? —me pregunta Marco borde.

—Nada —respondo abriendo los ojos sorprendida por su actitud—. Pero no hace falta que me hables así —sigo hablando ahora más seca, intentando defenderme de lo que creo que va a pasar ahora: sus ataques.

—Hablo como me da la gana —contesta furioso y aprieta los puños encima de la mesa.

—Mira, Marco —intento tranquilizarme para no decir algo de lo que luego pueda arrepentirme—. Que hayas discutido con tu novia, no tienes porque pagar con nosotros tu enfado y tu frustración. No es culpa nuestra —espero que se dé cuenta de que se está pasando.

—Los demás no tienen la culpa de nada —me mira intensamente—. Pero sí que es tuya —suelta tranquilamente.

—¿Perdón? ¿Qué la culpa es mía? —digo sorprendida—. ¿Pero ahora qué he hecho yo? —le pregunto sin entender nada.

—Para empezar, venir —me responde en un tono más alto y todo el mundo en la mesa empieza a estar atento a nuestra conversación—. Podías haberte quedado en casa, como en los últimos seis años —escupe metiendo el dedo en la llaga—. Nadie te echa ya en falta —dice esto último con algo de desprecio.

—¿Cuál es el problema que tienes conmigo? ¡Venga, dilo! No te cortes un pelo —le invito a que siga, a que no se calle nada, alzando la voz también.




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