Llegó el día del intercambio de regalos. Luis, con el corazón en la mano, entregó la rosa y los chocolates. Ella respondió con un abrazo que él sintió forzado, carente de cualquier calor humano. Ella también le dio un presente: un oso de peluche, acompañado de un beso en la mejilla que se sintió vacío.
La fiesta continuó y, al día siguiente, el veneno de la inseguridad terminó de brotar. Luis, cegado por una sospecha absurda, atacó verbalmente a su mejor amigo por WhatsApp, creyendo que coqueteaba con su novia. Tras aclarar las cosas y pedir disculpas, la tensión persistía. En la escuela, el amigo le preguntó a Luis por qué ella nunca se sentaba con él, pero no había respuestas. Cuando Luis intentó acercarse a ella para platicar, ella apenas le dedicó palabras; el muro de la indiferencia era ya insuperable.