Los días se convirtieron en un suplicio de mensajes secos y silencios prolongados. Luis, desesperado por un poco de afecto, se volvía sentimental, lloraba y se hundía en la tristeza. Su familia, observando desde fuera, le pedía que abriera los ojos, llamándolo "tonto" por aferrarse a alguien que no le daba nada a cambio. Pero él no aceptaba la realidad.
Los celos se volvieron irracionales, incluso hacia sus profesores. La libertad y la confianza que alguna vez tuvo se habían esfumado, reemplazadas por una obsesión que lo consumía. Escribía su nombre en sus cuadernos, pensaba en ella cada minuto, cada segundo, de día y de noche. Su amor se había transformado en un dolor incontrolable; cada respuesta seca de ella era una herida que él mismo se permitía recibir.