Con una madurez plena, Luis sintió el deseo de hacer algo simbólico para terminar de despedirse de su antigua versión. Un domingo por la tarde, fue a la casa de sus padres y buscó en el fondo de su viejo armario. Ahí estaban: sus cuadernos de la preparatoria, aquellos donde el dolor, los celos y la obsesión habían quedado grabados en tinta entre apuntes de clases a medio terminar.
Hojeó las páginas llenas de frases tristes y lamentos por mensajes no contestados. Sintió una profunda compasión por el adolescente que fue, pero también una inmensa gratitud por el hombre en el que se había convertido. Con total paz mental, decidió que esas hojas ya habían cumplido su propósito como maestros de vida. Llevó los cuadernos al patio y, de manera simbólica, dejó que el fuego se llevara los últimos ecos de aquella vieja obsesión. Las cenizas se elevaron en el aire, y con ellas, el último peso que le quedaba en el alma.