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El tiempo en el que comenzó una etapa de mi existencia, una que marcó un antes y un después, inició con el día en que sentí la necesidad de irme de vacaciones.
El arduo trabajo y el rápido vivir de la ciudad de México, me habían producido demasiado estrés y aunque me costara reconocerlo, necesitaba descansar.
Desde que forjara mi propia empresa de bienes raíces cuatro años atrás, no había tenido ni un solo periodo vacacional. Me había convertido en esclavo de mis proyectos y ambiciones, pero como todo parecía ir bien, podía soltar el condenado yugo e irme de vago.
Mas soltar la cadena de la yunta laboral no era fácil, porque por malo o buen hábito —vaya a saber qué sería— pensaba que sin mí, el negocio podía fallar, así que estuve cuestionándome por varias noches si era el momento de viajar a algún lugar tranquilo donde pudiera pasar unos días en paz, o continuar en mi ambiente que estaba atestado con minas que tenían por nombres opresión, ansiedad, asfixia, tensión y agobio.
Quería olvidarme por un tiempo de la empresa y sus incansables requerimientos.
Sabía que no perdería nada si dejaba todo en manos de Daniel, mi mejor colaborador, porque sinceramente mi organismo gritaba en señales de agotamiento que le diera una merecida tregua del trabajo y para qué hacerme del rogar tanto, al final me convenció.
Sin embargo, no deseé ir a cualquier lado, sino a un sitio cuyo panorama fuera silencioso y la delincuencia estuviera en un nivel bajo. Debía ser un área donde abundara la seguridad.
Me pregunté si existía un lugar como el de mi imaginación, luego sonreí con ironía al darme cuenta que mi deseo era contradictorio. Quería paz y quietud, pero no alejarme por completo de la sociedad.
No quería encerrarme en uno de esos lugares de retiro utilizados para la meditación y pasar las horas con uno mismo. Vamos, una de las compañías que jamás me faltaba, la que estaba conmigo las veinticuatro horas del día, era la mía, así que no necesitaba más de mí mismo.
La verdad era que la soledad por largos periodos no me gustaba mucho. Así que vacacionar en un pueblo pequeño estaba bien para mí. Y aunque la frase de: “pueblo chico, infierno grande” se presentó en mi mente, supuse que en una población con menos gente, la vida sería más apacible que en la capital del país.
Revisé el folleto turístico que Andrea, mi secretaria, me había dado, pero descarté de inmediato las playas, así como el extranjero. Mal haría si viajaba a otro país cuando ni siquiera conocía todo del mío. Entonces recordé algo que me hizo sacar de la gaveta de mi escritorio, una libreta de direcciones. Ahí tenía el domicilio de una querida amistad que, por mucho tiempo, estuvo invitándome a visitarla.
Recordé también la descripción que me hizo del bello pueblo en el que vivía. Una población que estaba perdida entre las montañas de Chiapas y la que, según me contó, conservaba todavía su estilo colonial. Sintiéndome de pronto emocionado por el paraíso que imaginé, no lo pensé más y tomé la decisión.
Una vez vencida mi propia objeción, aproveché esa ventaja de ser mi propio jefe, y cumplí mi capricho de irme de viaje. Así sucedió que doce horas después de haber escogido el pueblo de mi amigo, ya me encontraba a bordo de un avión con dirección a Ocozo, Chiapas.
La primera parte del viaje resultó fácil. Lo difícil fue cuando después de aterrizar y abandonar el aeropuerto Llano, en Ocozo tuve que tomar un autobús que haría un recorrido de siete horas entre peligrosas curvas, largas y cortas, una detrás de la otra.
Al ver adelante y atrás, la carretera pareció una monstruosa serpiente anillada alrededor de su víctima, en este caso la sierra.
No era que la distancia a mi siguiente destino fuera como para que el viaje durara tantas horas, sino que más bien era tardado por la lentitud a causa del ascenso curvo de la angosta autopista que había sido esculpida en la ladera de la montaña con una eficacia admirable.
Y por si fuera poco, el calor era espantoso. Húmedo y agobiante.
No estaba acostumbrado a ese clima ni a tantas curvas. Tal vez por eso pasé por una de esas despreciables situaciones en las que se desea desaparecer del mapa, pues mientras hacíamos el recorrido, un mareo se hizo presente.
Sudé mucho y pronto se me empapó el cuerpo, entonces eché de menos el aire acondicionado que no había en el autobús, luego sentí un angustioso hormigueo en mi revuelto estómago y este a su vez, me hizo sentir la necesidad urgente de vomitar.
Obvio que me esforcé por no hacerlo. En serio que intenté controlarme, pero desafortunadamente me había sentado en un asiento cuya ventana no se podía abrir, así que no soporté mucho y el malestar me venció. Vomité en medio de mis pies sin poder controlar las contracciones de mi estómago, lo que resultó bastante molesto para los demás pasajeros que se quejaron con palabras altisonantes contra mí.
El olor del desecho fue horrible e invadió el ambiente dentro del camión y la pestilencia nos acompañó durante el resto del viaje. Incluso el aire caliente que entraba por las pocas ventanillas que estaban abiertas, se rindió ante la peste. Ahí fue que me di cuenta que había pagado un boleto de primera, pero el maldito camión no llegaba a ninguna clase.
Al mismo tiempo que deseé desaparecer de las miradas recriminadoras de algunos pasajeros, me arrepentí de haber hecho el viaje sin pensarlo mejor y maldije la situación. Tarde acudió a mi memoria el motivo por el que nunca había visitado a Roberto, mi querido amigo de la infancia. Al describirme el pueblo al que se había ido a vivir, Roby no omitió contarme lo largo y cansado que era llegar a Arcobello. No sé como pude olvidar esa parte.
Editado: 24.08.2026