Amor Incondicional

El Paseo

2

Risas infantiles se fueron infiltrando en el mundo del silencio que hay cuando uno duerme, pero me negué a abrir los ojos.

Escuché la voz de un niño.

—Sigue dormido.

Y después otro niño opinó.

—Entremos.

Aún negándome a abrir los ojos, reconocí a Julio y Julián, los hijos de Roby.

El sonido de sus pies acercándose a la cama, me hizo suspirar, así que resignado, levanté lentamente los párpados que sentía pesados por el sueño y lo primero que noté, fue que aún estaba oscuro, por ello sorprendido, dirigí mi atención a los niños. Mi voz sonó ronca por la somnolencia.

—¿Qué hacen levantados? ¿Sucede algo?

Los niños rieron, luego Julio habló.

—Disculpa David, no queríamos despertarte.

Después de eso se alejaron de mi lado, desapareciendo apresurados por la puerta que se les olvidó cerrar.

Me levanté, pues no tenía caso seguir acostado puesto que no dormiría ya. Además, no era tan temprano como supuse, ya que al ver el reloj, me di cuenta que eran las siete y que la razón del porqué estaba tan oscuro, era que había amanecido nublado. Sabía que el estado tenía un clima muy lluvioso a causa de su ecosistema.

Cuando me hube aseado, me dirigí a la cocina. De ahí salía un exquisito y apetitoso aroma de café recién hecho.

—Buenos días —entré saludando.

—¡David! —exclamó Rosa—. Lamento que los niños te despertaran. ¿Descansaste bien?

—Sí, muy bien, gracias. —Acepté la taza que me ofreció y saboreé de inmediato la bebida—. Veo que los pequeños se levantan con buen apetito.

Rosa sonrió al mirar a sus hijos. Los niños desayunaban a toda prisa.

—¿Dónde está Roby? —pregunté al notar su ausencia.

—Fue a revisar la camioneta. Están a escasos días de las vacaciones de semana santa, así que por estos días tendrá que viajar a Los Cocos para llevar documentos de las escuelas donde imparte clases y hoy tiene que ir.

Cuando Roberto se hizo presente, me explicó lo mismo e incluso me invitó a acompañarlo, pero en un gesto de rechazo, levanté ambas manos y dije:

—No, gracias. Tantas curvas y mal camino fueron suficientes para mí por el momento.

Roby asintió comprensivo. En ese momento noté que había aumentado algunos kilos y que estos agraciaban más sus rasgos largos, pues le daban un toque más ovalado al rostro que lucía rasurado. El cabello castaño y lacio seguía con el peinado de siempre, con partido de lado, ocultándole el ojo izquierdo cuando le crecía de más.

—Bueno, mujer —con un tierno beso en la frente de su esposa, se despidió de ella y con una sonrisa de mí—, me voy. Dejo a los chicos en la escuela, pero no te olvides de ir por ellos.

—No me olvido y por favor, amor —lo despidió Rosa, amorosa—, maneja con cuidado. David tiene razón, el camino está pésimo.

Los niños también se despidieron de su madre y de mí. Cuando nos quedamos solos, Rosa me preparó un suculento desayuno que devoré con gran apetito ante el sonriente rostro de ella, que sentada frente a mí, solamente bebía una taza de café.

—Ansiaba conocerte en persona, ¿sabes? Roberto me ha hablado maravillas de ti.

—¿De veras? Seguramente que ha exagerado mucho —sonreí retirando el plato que había quedado vacío.

—No lo creo. —Rosa se levantó para comenzar a recoger la vajilla usada y llevarla al lava-trastes—. No creo que cuando él me dijo que eras tranquilo, respetuoso, responsable, trabajador y una persona en general de buenos hábitos, exagerara. Lo que me sorprende es que todavía no tengas una esposa.

Me moví algo incómodo por la cocina, porque no me gustaba hablar mucho sobre mí y menos de mi soltería. Los que me conocían no podían concebir el hecho de que aún no llegaba la mujer con la que quisiera compartir mi vida. Sí había tenido un par de novias, pero eso era todo. Nada serio. Y luego de pronto, un sonriente rostro invadió mi mente.

—Conocí a tu hermana —dije sin poder callar el recuerdo.

Sin comprender el repentino nerviosismo que me sedujo, la ayudé a limpiar la cocina.

—¿A cuál de ellas? —me preguntó divertida, levantando bastante la mirada para verme a los ojos, lo que la hizo añadir admirada—: ¡Wow! ¡Y yo que creía que Roberto era alto! ¿Cuánto mides?

—No tanto como crees. Solamente un metro con ochenta y uno. ¿Y a qué te refieres con a cuál de ellas? ¿Cuántas son?

—Pues sí eres más alto que mi marido. Me refiero a que somos seis. Es decir, tengo cinco hermanas y tres hermanos, por lo que somos nueve en total.

A quien le tocó admirarse fue a mí. Por lo dicho, eran una gran familia. A mí me hubiera gustado tener hermanos.

—Conocí a Abigail.

—Está comprometida.

—Lo sé.

Sin saber por qué, caí en un repentino silencio, pues de pronto me sentí triste. Como que ya no sentí deseos de seguir con la plática y Rosa, aparte de ser muy amable, era también muy observadora, pues enseguida notó el cambio en mi estado de ánimo.




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