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Seguí contemplando a aquella chica llamada Abigail Díaz.
Al observarla de esa manera, descubrí una cosa más, que ella no era fea, pero tampoco era una envidiable belleza. Cuando dejaba de sonreír, su rostro parecía común y corriente.
Poseía unos ojos color café, grandes. Su estatura era mediana y lucía una figura delgada, casi plana. Su cabello castaño claro lo llevaba sujeto hacia atrás en un laborioso moño, adornado por la cofia de enfermera, pero había notado cuando la vi en el camión, que lo tenía sedoso, brillante y que le caía hasta media espalda cuando lo soltaba.
Entonces, como si ella sintiera mi aguda mirada, se volvió a verme y nuestros ojos se encontraron como la tarde anterior en el autobús.
Le sonreí, pero Aby no me correspondió. Sin dejar de observarme con una frialdad que logró alcanzarme, ella bajó la persiana de la puerta y esta interrumpió mi contemplación.
Sin saber que actitud tomar, me quedé parado, sin moverme, estorbando el paso a los que circulaban por ahí, pero después reaccioné. Me sentí molesto por su comportamiento; me irrité sobremanera por la frialdad de su mirada.
Debí comprender que ella no tenía por qué ser amable conmigo. No tenía ninguna obligación de devolverme la sonrisa, ni atenderme ni nada, porque ella estaba en su trabajo y yo no debía molestarla. Pero aunque lo pensé, en mí no hubo el poder para desarraigar el resquemor que sentí por ella en ese instante.
Me sentí muy herido por su grosera acción y no me gustó para nada el rechazo, así que mi amor propio me hizo actuar de una forma que hasta yo desconocí.
Decidí esperarla, pero no ahí, así que salí de la clínica sin poder refrenar mi desagrado.
En la calle busqué una sombra, la que encontré gracias a un frondoso árbol que echaba raíces a la orilla de la banqueta. Puede decirse que yo también me planté en un ridículo empeño de reclamar su maleducada actitud.
Ridículo empeño, sí.
Porque en el pasado —en especial cuando fui adolescente—, hubo algunas chicas que me trataron peor. Sin embargo mi orgullo jamás se sintió tan humillado como en esa ocasión. La acritud de Abigail Díaz me había lastimado.
¿Cómo era eso posible?
En medio de mi fastidio reflexioné un poco, preguntándome cuál era la diferencia entre el trato que me prodigaron aquellas chicas y Aby. La respuesta me sorprendió, pues llegué a la conclusión de que esas otras mujeres no eran Aby.
La enfermera era algo más y pensar que ella era más... especial, me hizo sentir todavía más agraviado.
Debí retirarme, pero no quise, por lo tanto me armé de mucha paciencia para cumplir con mi propósito, la de descargar mi frustración con esa chica tan engreída.
Los minutos pasaron y cuando se convirtieron en una hora, verifiqué que no hubiera más salidas por donde ella pudiera escapar de la clínica sin que yo la viera. Aparte de la puerta principal, sólo encontré otra, la de emergencia, pero daba a un callejón que conducía a la calle donde yo me encontraba, así que no había forma de que ella se me escapara.
Y no escapó.
A las tres y diez minutos, salió.
Caminó con paso seguro, vestida con su uniforme blanco. No me vio, sino hasta que me puse delante de ella y en cuanto me miró, su semblante tranquilo, casi alegre, cambió. Su expresión se tornó seria y sus ojos expresaron…
No supe qué.
De lo que sí me di cuenta fue de que le desagradaba en gran manera. Yo, David Gallardo, le disgustaba a esa chica de hermosa sonrisa. Me sentí…
Ya de plano tampoco supe cómo me sentí. Fueron muchos sentimientos a la vez.
La tarde anterior, cuando me brindó su espléndida sonrisa en el camión, no parecía chocarle. ¿Por qué en ese momento, sí? ¿Qué le había hecho para merecer ese desdeñoso rechazo? Ni siquiera habíamos tenido ninguna clase de conversación o algún tipo de trato para que sacara conclusiones sobre mí y sin embargo, con su despreciativa actitud me hacía ver que yo había hecho algo y por eso sus conclusiones sobre mi persona no eran para nada buenas.
—Me está obstruyendo el paso, señor.
Entre el torbellino de mis pensamientos, se coló la voz de ella. Su tono fue impersonal, forzado, como si hiciera un gran esfuerzo para hablarme.
Mecánicamente me hice a un lado sin poderlo evitar, pero lo peor fue que no pude hablar.
Ella continuó su marcha dejándome aturdido. ¿Por qué parecía exterminarme de esa manera? Bastaba que me dirigiera una de esas terribles miradas para que yo quedara cortado. La miré alejarse. No hice nada para detenerla. ¿Qué podía hacer si ni siquiera fui capaz de decir una palabra?
Lo que sí hice fue indagar de forma más profunda en mi corazón.
¿Por qué me dolía tanto su actitud?
Esa noche tuve dificultad para dormir. Me sentí deprimido y tuve que recriminarme por tanta debilidad. Apenas comenzaban mis vacaciones, así que tuve que convencerme que eso no estaba sucediendo, que sólo había tenido un mal día. En realidad, ni siquiera podía decir que todo el día había sido malo, sino sólo ese momento; ese donde descubrí que le caía mal a alguien.
Editado: 13.09.2026