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Cuando me digné salir del cuarto para dirigirme a la cocina, noté avergonzado que todos me esperaban ya para partir a la hacienda. Los niños estaban impacientes y me lanzaron una mirada de enfado.
—Ya me contaron los niños que te han invitado a venir con nosotros —fue el saludo de Roby—. También me contaron que volvieron a hacerla, te despertaron otra vez.
—Sí, bueno, están deseando partir para la hacienda —fue lo único que se me ocurrió decir al respecto.
—¿Qué dices? ¿Quieres venir con nosotros? Estaríamos allí hoy y mañana en la tarde nos regresamos.
No pude decirle que no. No sería yo quien estropeara su costumbre familiar. Sabía a ciencia cierta que si yo me negaba a ir, Roby no se divertiría por dejarme solo, así que me escuché aceptar.
—¡Claro que sí!
No entendí de dónde me salió el júbilo en la voz. Lo que menos sentía en ese momento era alegría.
Así pues, sin más que lo necesario para pasar el fin de semana en la hacienda, nos trepamos todos a la camioneta y nos fuimos. Como el día anterior, también hoy amaneció nublado, sin embargo, las nubes se disiparon más tarde.
La propiedad de los Díaz estaba a unos quince kilómetros de Arcobello, por lo que llegamos pronto. Los padres de Rosa ya nos esperaban. Ellos se llamaban Rodolfo y Flor. Al estar desayunando, llegaron las otras hijas del matrimonio Díaz, cuatro de ellas, todas casadas. Estaban en compañía de sus respectivos esposos. Dos de ellas, Saira con su esposo Iginio y Carla con su esposo Rico, apenas recién casadas, por lo que no tenían hijos aún. Las otras dos, Melissa, con su esposo Omar y Daniela, con su esposo Ricardo, tenían dos y tres hijos respectivamente.
No terminaba de saludarlas cuando llegaron los tres hijos. A Juan el menor ya lo conocía, pero supe de él que aun vivía con sus padres porque seguía soltero. Fernando y Ramón eran los hermanos mayores. Estos también estaban casados e iban acompañados de sus esposas, Margarita e Irene, respectivamente; también sus hijos, tres por pareja.
Después de escuchar tantos nombres y ver tantos rostros, me sentí desorientado y a la vez me sentí admirado.
Noté que era una enorme familia y que se querían mucho; desde el más pequeño hasta el más grande. Percibí de súbito que mi vida era triste, sola y aburrida.
Me di cuenta que mi familia —la que constaba de un tío por parte de mi padre y yo— era pequeña y desunida. Mi tío se la pasaba viajando y no había entre nosotros ese lazo de amor que veía unir a esa estupenda familia.
Ver que todos me daban la bienvenida, hizo que un ridículo nudo en la garganta enronqueciera mi voz. Me hicieron sentir parte de la familia y eso hizo que un agradable calorcillo invadiera mi ser. Si en ese momento alguien me hubiera dicho que tal recibimiento cambiaría más adelante, lo hubiese repudiado de inmediato, porque ahí, en medio de todos ellos me sentí aceptado y querido.
Aunque después, el agradable y cálido sentimiento que me envolvía se enfrió bastante cuando alguien, una de las hermanas, creo que Daniela, hizo una pregunta que a todos nos interesó.
—¿Y qué pasa con Aby? ¡No ha llegado!
Se hizo el silencio.
Todos querían saber dónde estaba Abigail, la menor de las hermanas y por qué no había llegado. Estoy seguro que ninguno de ellos estaba más ansioso que yo por saberlo.
La señora Díaz tomó la palabra.
—Es verdad, se me olvidó decirles que este fin de semana no vendrá. Surgieron problemas con lo de su vestido de novia. La modista perdió las medidas y Rubén la llevó muy de mañana a los Cocos para que la vuelvan a medir. Allá pasarán el fin de semana.
A todos les pareció muy bien esa información.
A mí, no.
No podía imaginarme a Aby pasando el fin de semana con alguien. No, no era sólo con alguien, sino que era con ese tipo que comenzaba a detestar.
La idea de que estaban compartiendo la misma habitación en algún hotel en la ciudad me llenó de una irracional cólera, la que creció cuando me los imaginé compartiendo la misma cama. Luego la imagen fue remplazada por su vestido de novia y ella dentro de él. Apreté furioso las dos manos tratando de serenarme.
¿Por qué esas imágenes me perturbaban de ese modo?
No me di cuenta que mi irritación era evidente hasta que escuché a Roby decirme.
—David, contrólate. ¿A quién quieres estrangular?
Me turbé. Me esforcé por ocultar mis sentimientos. Esas ridículas emociones que habían llegado de un día para otro. ¿Es que eso era posible?
—¿Hum? ¿De qué hablas? —le pregunté a Roby fingiendo sorpresa.
—No sé, tú dímelo. ¿Qué sucede?
—Nada. —Me encogí de hombros aparentando así despreocupación y repetí con más fuerza—. ¡No pasa nada!
Pero Dios Santo, ¡sí estaba pasando algo extraño conmigo!
—¿Seguro?
Moví la cabeza afirmativamente.
Roberto me miró con ojos penetrantes, como tratando de llegar al fondo de mi mente y saber qué había allí, como si quisiera ver uno a uno mis pensamientos, incluso mis sentimientos. ¿Pero qué podía ver él? ¡Ni yo mismo podía entender qué me estaba sucediendo!
Editado: 13.09.2026