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La llegada del sábado me encontró muy abatido.
Sin deseos de pasar el fin de semana en la hacienda, hice planes para regresar a la capital. ¿Para qué quedarme? Ya no disfrutaba para nada las vacaciones.
Además, notaba cierta actitud en Rosa. Me trataba muy amable, pero no era el mismo trato que al principio de mi llegada. Roby seguía tratándome igual, como si nada sucediera, pero a veces descubría en su mirada preocupación y debo admitirlo, mucha desconfianza también, como si estuviera esperando que lo peor de mí saliese a flote.
Claro que no le daría esa satisfacción. Aby estaba perdida para mí, pero no perdería la amistad de Roby y su familia, por lo que resuelto con mis nuevos planes, les comuniqué mi decisión apenas me levanté. ¡Qué dolor sentí cuando ellos no pudieron ocultar su entusiasmo!
—¡Es lo mejor! —dijo Roby palmeándome el hombro—. Cuando todo esto pase, nos visitarás otra vez y entonces todos disfrutaremos como debe ser.
Eso me dijo, pero ambos sabíamos que no volvería más a su casa. ¡Qué tristeza! De veras estaban ansiosos de verme partir. Luchar por nuestra amistad sería difícil; tal vez no volviera a ser lo que fue.
O quizá me encontraba tan desanimado que estaba siendo exagerado al pensar así. Es posible que ya lejos de esa chica, me olvide de ella y entonces será como nada para mí.
—¿Cuándo piensas irte? —inquirió Rosa con el semblante radiante.
—Pues… ya. Creo que ya.
—Muy bien. Sólo que tenemos un problema —me informó Roby—. Los fines de semana no hay camión a Los Cocos. Mira, hagamos esto. Acompáñanos hoy a la hacienda para que te despidas de mis suegros y el resto de la familia, y mañana a primera hora yo te llevo a la ciudad.
—Pero… —No estaba muy seguro de que debiera despedirme del resto de la familia.
—Sin peros. Sólo hoy.
—No quiero que…
—Mira, déjame exponerlo así. Me siento culpable. Quiero que te vayas, pero no así, como si no fueras deseado aquí.
—Pues eso es precisamente, ya no me siento deseado aquí.
—Por eso, David. No quiero que esto vaya a afectar nuestra amistad de algún modo y siento que si te vas así, podría verse afectada.
—De hecho, ya la siento afectada —fui muy sincero al decir eso—. Así que no tiene caso atrasar mi partida.
Mi tristeza creció, pero debía irme antes de que nuestra amistad de veras colgara de un hilo delgado.
Y quizás porque él tampoco quería que sucediera eso, insistió en su asunto.
—Quédate hoy, David, déjame despedirte como te mereces.
Guardé silencio.
Roby no necesitó decir más para que yo entendiera que, pese a lo que yo pensaba, él no estaba feliz por mi partida. Realmente apreciaba nuestra amistad y no podíamos echarla por la borda de los malos entendidos o el olvido. Acepté quedarme un día más. ¡Qué más daba un día más!
Complací a Roby teniendo por seguro que él buscaba aliviar su conciencia. Por la plática que tuvimos más tarde, ya instalados en la hacienda, supe que la culpa lo acongojaba.
Me invitó a dar un paseo a pie cuando terminamos de almorzar y las mujeres de la familia Díaz se habían lucido en darme uno de los mejores almuerzos al enterarse de mi repentina partida, además se pondrían a trabajar en la cocina para brindarme una esmerada comida.
Roby le había dicho a la familia que tenía que irme por cuestiones de mi trabajo, un problema que surgió de improviso y sólo yo podía arreglarlo.
La familia Díaz se mostró apenada por acortar mis vacaciones, pero lo que más me sorprendió fue que incluso Aby participó en la elaboración del almuerzo y apoyó los planes de la comida, además dejó de verme con dureza. No me dirigió ninguna palabra, pero las contadas miradas que me obsequió fueron neutrales.
—Sabes que no deseo esto, ¿verdad? —me dijo Roby durante el paseo.
—¿A qué te refieres? —me hice el desentendido.
—Estamos hablando de lealtad, David. Me siento entre la espada y la pared. Por un lado, tú eres mi mejor amigo, mi hermano. Por el otro lado está mi cuñada, la hermana de mi esposa, la compañera de mi vida. No quiero que ninguno de los dos sufra.
—Pero Roby, para tú información no sólo sufro yo, ella también.
—Sí, lo sé.
Miré con fijeza a mi amigo.
—¿Qué sabes? ¿Que ella siente algo por mí?
—Sé que ella sufre, pero no porque sienta algo por ti, no te hagas ilusiones.
—¿Por qué sufre entonces? —reclamé sin poder creer en sus palabras. La evidencia estaba de mi lado. Aby sentía algo por mí.
Roby no contestó. Me hizo detener y me mostró los cultivos que gracias a la lluvia crecían de manera adecuada. Quise tomarlo por la solapa y sacudirlo, pero reprimí mi impaciencia. Esperé resignado a que él volviera a hablar, pero lo que me dijo casi me desquició porque estaba fuera del tema.
—Parte de toda esta tierra le pertenece a Rosa. —Con el brazo extendido señaló a lo lejos—. Será la herencia de mis hijos.
—Bien por ellos —dije impaciente.
Él notó mi ansiedad.
—Cuando me hablaste por teléfono aquél día para anunciar que venías, me sentí muy contento. Hacía años que no te veía. Sabes que siempre he valorado nuestra amistad y por eso me pesa tanto que esté sucediendo esto. Nunca imaginé que pudieras enamorarte de Aby y menos que fuera de esta manera tan rápida. Hubiera estado bien si ella fuera libre, pero…
—¡Pero no lo es! —casi grité yo, interrumpiéndolo.
—No, no lo es. Mira, David, no es sólo por lo de su compromiso. Un compromiso se puede deshacer.
—Eso mismo he pensado yo —confesé amargado.
—Por eso es que debo ser franco contigo. No quiero que te vayas pensando que no eres bienvenido. Deseo que entiendas que siempre seré tu amigo, tu hermano, así que estoy en la obligación, ya que te irás, de informarte el hecho que envuelve este asunto. Como te dije, un compromiso se puede deshacer, pero esto va más allá.
—¿Qué quieres decir? —Lo miré no solamente ansioso, sino también muy intrigado.
Editado: 13.09.2026