Amor Inmarcesible

Capítulo XXV. Efímero

La brisa nocturna acarició la piel de Mirah, arrancándole un leve escalofrío que la despertó de su sueño apacible. Sus pestañas revolotearon al abrir los ojos, y para su sorpresa, encontró a Rayan llevándola en brazos con una suavidad que le llenó el corazón de calor.

—Habibi, puedo caminar… —musitó con un leve rubor en las mejillas, consciente de que apenas la cubría una sábana mientras él lucía impecablemente vestido.

—No quise despertarte. —La calidez en su voz estaba acompañada de un beso tierno en su frente. Sus ojos brillaron con un destello travieso antes de añadir—: Además, he descubierto que encajas perfectamente en mis brazos.

Mirah sintió cómo el rubor se expandía por su rostro mientras escondía su mirada en el cuello de su esposo. El aroma de Rayan era embriagador, una mezcla de notas cálidas; bergamota, pimienta y madera de ámbar.

Al cruzar la puerta, Mirah alzó la vista, sus ojos recorriendo el lugar con asombro.

—Esta… esta no es mi habitación. —Su voz apenas fue un murmullo mientras contemplaba el espacio desconocido.

Rayan la depositó con una gentileza casi reverencial en la cama amplia y mullida, sus movimientos deliberados, como si sostuviera un tesoro.

—Ahora lo es. —Sus palabras eran firmes pero dulces, acariciando la mejilla de Mirah con el dorso de su mano. En sus ojos avellana claro danzaban el amor y la ternura mientras añadía en un susurro—: Eres preciosa.

El rubor invadió el rostro de Mirah mientras desviaba la mirada, perdida en los detalles de la habitación. Era elegante y serena, con sábanas oscuras que contrastaban con las paredes de matices grises y blancos. Una luz tenue bañaba el espacio, creando una atmósfera cálida y casi mágica.

—Yo… —Su voz vaciló, sus manos nerviosas jugueteaban con el borde de la sábana—. Quisiera ducharme… si puedo…

Sin una palabra, Rayan la tomó en brazos una vez más, con una facilidad que la hizo sentir ligera como el aire. Cruzó el umbral del baño con pasos seguros y la depositó con cuidado en la ducha.

Mirah temblaba ligeramente, no solo por la frescura del agua que esperaba, sino por la mezcla de emociones que su cercanía despertaba en ella.

—Tranquila, ya amarí (“mi amor"). —murmuró con una dulzura que la desarmó—. Poco a poco te acostumbrarás a mí. Prometo ser paciente.

Selló sus palabras con un beso casto en sus labios antes de dar media vuelta. Mientras caminaba hacia la puerta, su espalda ancha y bien esculpida quedaba grabada en la memoria de Mirah. La gratitud llenó su corazón; sabía que la delicadeza de Rayan era un regalo invaluable en un momento tan nuevo para ella.

Los músculos de su cuerpo reclamaban descanso, un leve dolor latía en sus piernas y en su esencia más íntima. Se refugió bajo el tibio abrazo del agua, permitiendo que cada gota deslizara la tensión de su piel. Con delicadeza, tomó el gel de Rayan y lo extendió sobre su cuerpo, impregnándose del aroma que tanto la reconfortaba, ese perfume que evocaba su presencia, su calor, su abrazo.

Al terminar, cubrió su desnudez con una bata negra de suave tejido. Con manos temblorosas, recogió la sábana, procurando ocultar la mancha escarlata que testificaba su pureza entregada. Tomó aire antes de salir y avanzó con cautela, como si temiera romper la quietud del momento.

Rayan la esperaba, sosteniendo entre sus manos una taza humeante. Sus ojos la recorrieron con ternura.

—Ven, te he preparado un té caliente —dijo con voz serena, invitándola a su lado.

Mirah vaciló, sujetando con fuerza la tela entre sus dedos.

—Solo déjame llevar esto a la lavandería —murmuró con timidez.

Rayan se acercó, colocó la taza en la mesa y con delicadeza posó su mano sobre la suya, reclamando la tela con dulzura.

—Dámela, yo me encargaré.

—Pero es que...

—Lo sé, Mirah. —Su voz fue un susurro cargado de afecto—. Está manchada, sí, pero no hay nada que debas ocultar. Eres mi esposa, la joya más preciosa que Alá ha puesto en mi vida. No hay pureza más grande que la tuya.

Acunó su rostro entre sus manos, acariciando su mejilla con el pulgar. Mirah cerró los ojos, dejando que el calor de su caricia disipara cualquier vergüenza. Rayan inclinó su rostro y la besó con una devoción que le habló de certezas, de promesas silenciosas.

—Nunca dudes de ello… —murmuró contra sus labios, acariciándolos con la calidez de su aliento—. Mirah, aún tengo cosas pendientes del linaje que debo resolver.

El desconcierto se reflejó en los ojos de su esposa. Rayan suspiró con pesar.

—Te prometí que no volvería a irme por tanto tiempo, y pienso cumplirlo.

—¿Por tanto tiempo? ¿Entonces te irás nuevamente? —su voz se quebró en un hilo de angustia.

—Mi entrenamiento ha terminado, pero ahora debo encargarme de muchos asuntos que quedaron pendientes. —Su boca buscó la de ella, y Mirah se rindió sin resistencia.

—¿Cuánto tiempo más? —susurró contra sus labios, temiendo la respuesta.

—No lo sé, amor, pero haré todo lo que esté en mis manos para resolverlo en el menor tiempo posible.




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