Amor Mágico

Capítulo 14

 ─Casi no llegas ─murmuró Rachel y me senté a su lado en la clase de cálculo.

 ─Lo sé ─jadeé agotada por mi carrera.

 ─¿Qué paso? ─preguntó con curiosidad.

 ─Mi mamá llegó de viaje y el tiempo voló.

 ─Señoritas ─dijo el profesor llamándonos la atención─, por favor hagan silencio y atiendan a la clase.

 ─Uh, sí, señor ─musité.

 ─Gracias ─sentí la mirada de todos en mí y me encogí en mi puesto─. El día de hoy veremos algoritmos.

El profesor siguió hablando y me concentré en lo que salía de su boca, anoté algunos conceptos y ejemplos de ejercicios algorítmicos. Mi móvil vibró y fruncí el ceño. «¿Quién me escribía en clases?», pensé mirando a todos lados antes de sacarlo de mi bolsillo.

 

Rachel: ¿Le pediste permiso a tu mamá para la cita doble?

 

Me mordí el labio inferior con nervios, no sabía que contestar y tenía temor de que el profesor me viera con el móvil y me llamara la atención de nuevo, con la primera vez bastaba por lo que restaba del año escolar. Coloqué mi teléfono en medio de mi cuaderno de apuntes justo en el momento en que el profesor se giraba hacia nosotros para ver si estábamos poniendo atención, hice que copiaba lo que se encontraba en la pizarra y cuando volvió a darnos la espalda le envié un mensaje rápido y conciso a Rachel.

 

Yo: En el receso te cuento.

 

La clase recién había empezado y mi amiga no era lo suficientemente paciente con respecto a los chismes, y más aún cuando tenía algo que ver con ella. Tenía miedo de que reventara mi móvil a punta de mensajes.

 

Eliot: Hola 😀

 

Abrí mis ojos como platos al leer ese mensaje, no me esperaba que él me escribiera. Agarré mi móvil para deslizarlo en mi bolsillo y no estar tentada de contestarle. Miré a mi amiga, y ella estaba escribiendo en su teléfono sin ningún temor de que el profesor le llamara la atención. Por lo visto Rachel estaba decidida a que ese año fuera su año.

Muchos minutos después entre ejercicios y más ejercicios, la campana sonó y resoplé cansada mientras guardaba mis cosas. El profesor seguía hablando como si la hora no se hubiera acabado.

 ─Deben realizar los ejercicios de las páginas quince y dieciséis del texto básico.

Mis compañeros hicieron una protesta colectiva, pero el profesor no iba a cambiar de opinión por sus quejas. Me levanté de la silla y Rachel entrelazó su brazo con el mío para acarrearme fuera del salón en dirección a nuestros casilleros, apenas era capaz de seguirle los pasos sin enredarme con mis propios pies.

 ─¿Cómo puedes enviar mensajes en plena clases? ─pregunté con curiosidad.

 ─Es fácil ─se encogió de hombros─, ese viejo no se da cuenta de nada.

Me detuve de golpe haciendo que ella se tropezara, la agarré del brazo antes de que su rostro tuviera un encuentro muy cercano y poco amistoso con el piso, principalmente con la sustancia amarilla que había en él, no quería saber que era ni cuál era su origen. Rachel me enfrentó para fulminarme con la mirada.

 ─¿Por qué te detuviste de esa manera? ─gruñó.

 ─¿Qué te sucede Rachel? ─enarqué una ceja.

 ─Nada ─colocó un mechón de cabello detrás de su oreja─. Soy solo yo, Alana.

 ─No lo eres ─agarré su bíceps y nos acercamos a nuestros casilleros─. Tú no te comportas de esta manera y no utilizas ese tipo de adjetivos calificativos para referirte a un profesor. ¡Quiero saber qué te pasa! ─demandé.

 ─No me sucede nada ─bufó.

 ─Sé que algo te sucede.

 ─No. ─La campana sonó─. Tengo clases. Nos vemos en el receso.

Ella intentó escapar rápidamente de mí, pero las personas en el pasillo no la dejaban huir. Suspiré y me mordí el labio inferior con nervios, quería lanzar un conjuro para que ella hablara pero eso sería ir en contra de mis principios y valores, principalmente de no utilizar magia en público.

Por el momento iba a dejar el tema ahí esperando que fuera ella quien quisiera contarme que le estaba sucediendo. Solo rogaba que no fuera nada grave.

Apresuré el paso hacia mi siguiente clase para no llegar tarde. Traje mi mochila al frente y revisé que tuviera el libro de química conmigo, o si no tendría que volver a mi casillero por él y perdería más tiempo del que no poseía. Por suerte, si lo había guardado.

Tomé aire antes de empezar a correr como si un asesino serial estuviera detrás de mí y yo fuera su próxima víctima. Giré en la esquina y visualicé a mi profesor de química, el señor Watson, mirando a cada lado del pasillo para estar seguro de que nadie se quedara afuera.




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