Berenice llegó a su departamento con los ojos muy irritados y su estado de ánimo por los suelos.
El lugar donde vivía no era nada despreciable para los amantes de la independencia y el emprendimiento propio. Tenía cuatro piezas acondicionadas en distintas habitaciones. Junto a la entrada principal una gran sala decorada con un juego de sillas azules con gris, una mesa de centro rectangular y justo enfrente un mueble donde reposaban la televisión, un aparato de música y varios adornos de sus distintos viajes. El piso era de una loseta blanca al igual que dos de las paredes, eso ayudaba a generar mucha luz. Las otras dos paredes eran de color miel al igual que las largas y cerradas cortinas que cubrían la ventana. Esta daba a la calle mientras que una más grande daba a los apartamentos vecinos. Sus muebles eran pocos así que hacía rendir el espacio visual de la sala. A la izquierda y oculto por una puerta color negra estaba el baño, un lugar amplio donde estaba perfectamente distribuido el espacio para la tina, regadera, el escusado y junto a la puerta el lavabo. Era una mujer que se preocupaba por el orden y el baño no era la excepción. No había humedad, un mueble con repisas guardaba las toallas y demás utensilios, muy limpio y contaba con un aromatizante constante.
El resto del departamento estaba compuesto por una cocina de mediano tamaño pero con todo lo necesario para cocinar: estufa, refrigerador y una cocina integral. Todo acomodado de forma lineal de extremo a extremo.
Enfrente, una bonita ventana con cortinas de frutas y una alacena donde guardaba la despensa.
El último lugar estaba hasta el fondo y era su cuarto. Este se percibía y se veía más solitario y abandonado que el resto de la casa. Apesar de tener bastante orden en ella, los espacios largos, las paredes sin decorar, la ausencia de luz y sobre todo las noches que había pasado en llanto ahí, hacían de este un lugar con energía baja.
De hecho, cuando llegó, lo primero que hizo fue ir a esta habitación la cual era su refugio directo en la tristeza.
Entró para cerrar las cortinas color cafés que acompañaban las paredes azules.
Se lanzó a la cama como si de una niña se tratara y dejó que su cara se apretara contra sus cojines. Sus manos las dejó libres para apresar una almohada y sus pies quedaron colgando de la cama. Inmediatamente el cojín comenzó a resentir la humedad de las lágrimas que cayeron sobre el, producto de la misma tristeza que llevaba días atormentándola.
No tardó mucho en quedarse dormida después de sacar su frustración a través del llanto. Lo hizo profundamente en la misma posición en la que se había acostado. Sus párpados pesaban, su boca se secaba y todo esto la llevó a conectarse completamente al mundo de los sueños.
Su espíritu cayó lentamente por un túnel negro que no parecía tener fondo, mientras giraba lentamente al caer como si la gravedad fuera más lenta ahí. Cada giro era un riesgo para golpearse en las rocas que la rodeaban, mientras su inmóvil cuerpo no ofrecía resistencia en caer.
Llegó al final del túnel para encontrarse con un campo muy hermoso, esos que describen en relatos sobre el paraíso. Un cielo azul claro con una basta cantidad de nubes blancas y esponjosas, la luz del sol combinándose con este haciéndolo todavía más hermoso.
El viento soplaba muy tranquilo pero con la fuerza suficiente para mover ramas enteras, árboles con sus hojas, haciendo volar algunas en un trayecto largo. Los árboles eran altos, llenos de frutos rojos y verdes. Aves que cantaban desde sus copas mientras se desplazaban de una rama a otra. Eran de distintos tamaños y diversos colores pero todos estaban en armonía.
El pasto era completamente verde y muy corto, solo en algunas secciones la hierba abarcaba gran altura, pero era opacada por las lúcidas flores que emergían de la tierra.
A lo lejos podían verse unas montañas muy grandes que rodeaban el lugar en donde se encontraba. Debajo de una de estas había una ciudad no muy lejana. Supo identificarla como una por el movimiento de personas que había en las calles, todas caminaban en un sentido, se detenían a comprar en lo que parecía un mercado. Algunas más hacían deporte mientras que otras solo caminaban por ahí.
Había muchas casas que en su mayoría estaban construidas de piedra y adobo. Algunas más de menor tamaño eran de madera, estas las utilizaban para guardar mercancía o animales. Pero dentro de todas esas construcciones había una que destacaba por su tamaño y complejidad. Una pirámide en el este muy alta y alejada de lo demás. Cerca de ella podían observarse algunos hombres con pintura en sus rostros y vestimenta algo rara para ella. Eran como batas blancas que acompañaban con muchas piedras y joyería. El resto de personas estaban casi desnudos, los hombres con una tela que les cubría de la cintura para abajo y las mujeres con una un poco más larga y con sus senos completamente descubiertos.
Se acercó para intentar caminar por ese lugar pues sentía que lo había visto antes.
Su caminar se detuvo, una pareja que estaba reposando lejos de todo eso llamó su atención.
Él era un hombre moreno y guapo, mientras que ella era una mujer muy elegante y hermosa. Eran un par de enamorados que disfrutaban de su amor recargados en un árbol. Él la sostenia entre sus piernas.
Fue muy notorio su amor, pues era tan pasional que lo demostraban al besarse y acariciarse como si no hubiera un mañana para ellos. Estaban tan juntos que casi parecía que era un solo ser entregándose al amor.
—Cuando regrese de la batalla podré reclamar tu amor como debe ser, tu padre me lo ha prometido. —Decía él mientras acariciaba el rostro de su amada.
—No desearía tener que esperar tanto tiempo, esas batallas se prolongan demasiado, además… puedes morir ahí.
—Tranquila, yo no perderé la oportunidad de estar contigo siempre. Te llevaré en mi mente todo el tiempo y traeré el honor al pueblo para poder ser digno de ti.