Amor Obsesivo

CAPITULO 1

ISABELA

El teléfono sonó con un timbre agudo que cortó la tranquilidad del domingo por la tarde. Estaba organizando cajas cuando estiré la mano y lo contesté con la costumbre de quien ha pasado tardes enteras atendiendo pedidos.

—Pizzería La Bella , ¿Que desea? —dije con tranquilidad

Una voz pequeñita, nerviosa, tartamudeó al otro lado:

—Q-quisiera pedir una pizza… de pepperoni.

Anoté el pedido, esperando el nombre. En cambio, la niña dio una dirección clara...
Antes de que pudiera preguntar algo más, colgó. Me quedé con la dirección escrita, sin nombre, sin número de contacto.

—Un pedido lejísimo —comenté al mostrárselo a la encargada

__Laura ve tú en la moto–le ordenó a mi compañera

—Ni lo sueñes, yo no voy hasta allá —se cruzó de brazos.

—Entonces voy yo —decidí, tomando la caja con la pizza en cuanto salió del horno.

—Eso es lejos casi afueras de la ciudad, en tu bicicleta tardarás mucho... Porque no vas en moto?–me dijo Laura

—No gracias prefiero mi bici–dije y me fui

Tres horas y media después, con las piernas ardiendo por el pedaleo, llegué a la dirección. Frente a mí se alzaba una mansión de dos pisos, rodeada de árboles y guardias armados que vigilaban el perímetro. Me temblaron las manos al sujetar la caja de pizza.

—E-entrega… pizza de pepperoni —anuncié al guardia de la puerta.

Tras un crujido de radio, me dejaron pasar. Un hombre me guío por pasillos interminables hasta llegar a una oficina.

Allí estaba él: un hombre de mirada fría, tiene el pelo negro, su presencia imponía respeto aunque se ve joven.

—¿Quién te mandó aquí? —preguntó, sin rodeos.

—¿Perdon? me dieron el pedido en la pizzería—respondí.

Él se inclinó sobre la mesa, mirándome con sospecha.

—Aquí nadie hace pedidos así. ¿Eres una infiltrada? ¿Para quién trabajas?¿Crees que es fácil engañar al jefe de la mafia más grande de la ciudad?

¿Infiltrada? ¿Para quien trabajo? ¿Mafia? Ay mi madre donde me vine a meter

—¡No! Yo… yo solo entrego pizzas — siento cómo el corazón me golpea.

Entonces, de un movimiento brusco, sacó una pistola de su cinturón y me apuntó directamente al rostro. Mis piernas se debilitaron, mis ojos se abrieron como platos, y las lágrimas casi al salir.

—Aquí los infiltrados mueren rápido —dijo con una calma aterradora.

—¡De donde saca eso! ¿Que infiltrados? ¡Se lo juro, yo no sé nada! ¡Solo vine por el encargo¡—grité con la voz quebrada.

—¿Así?, entonces que nombre te dieron__sonrie macabramente–porque aquí nadie sabe el nombre de nadie y para eso se necesita un nombre

__¡No se...solo me dieron la dirección!

Él se río.

Tengo demasiado miedo.
Me va a matar.
No voy a terminar la preparatoria.
Moriré con 16 años.
Soyy muy joven.
No viviré mi historia de amor de Disney.
Nadie me pondrá un apodo cariño.
Moriré virgen.

Todo por una entregaaa

Yo cerré los ojos porque el iba a apretar el gatillo.

No quiero ver esto.

Justo en ese instante, la puerta se abre de golpe abro los ojos y veo una niñita inmóvil al ver la escena.

—¡Hermano! ¡Ella dice la verdad! —exclamó con la urgencia de un secreto descubierto—. Yo pedí la pizza.

El silencio cayó como un bloque. El hombre gira lentamente el rostro en dirección a la pequeña, sin bajar el arma.

—¿Tú hiciste eso? —su voz se endureció aún más.

La niña asintió con miedo, pero firme.

—Tenía hambre y no quería que te enojaras… lo hice escondida.

Él apretó la mandíbula, exhaló fuerte...

—Te dije que jamás pidas nada a domicilio, cuando quieras algo yo mando a cualquiera a comprarlo, salgan necesito pensar —me mira— y tú no te muevas.

Salí con la niña al pasillo. Con las manos temblando y los ojos rojos. La niña me observaba con curiosidad.

—Hola… —murmuré, con la voz quebrada—. ¿Cómo te llamas?

—Luna ¿Cómo te llamas tú?

—Isabela —respondí, esforzándome por sonreír—. Como la de Encanto.

Los ojos de la niña brillaron.

—¡Me encanta Disney! ¿Cuál es tu princesa favorita?

—Rapunzel —contesté, más segura esta vez, pero aun con lágrimas en mis ojos—. ¿Y la tuya?

—Elsa —dice orgullosa—. Porque tiene poderes de hielo.

Su risa contagiosa me alivió un poco. El instante se sintió tan humano, tan cálido, que dolía pensar que minutos antes había estado a punto de morir.

Entonces él volvió a aparecer en el umbral, la sombra de su figura llenando el pasillo.

—Vete a tu cuarto —ordenó a la niña, que obedeció con un puchero.

Se acercó a mí, y su voz fue una sentencia.

—Tienes dos opciones princesa. Morir o ser la niñera de mi hermana. No saldrás de esta casa, no usarás teléfonos. Tendrás un cuarto pequeño, nada más. Decide.

Las lágrimas se me agolparon de nuevo.

Se acerca a mi peligrosamente.

—Decide ahora–me apunta con un cuchillo al rostro.

—A-aceptaré… —balbuceé, incapaz de sostener su mirada.

Era eso o morir

Asintió, con un gesto rápido, llamó a uno de sus hombres por radio.
El hombre llegó casi corriendo.

—Llévala a su cuarto–Me miró raro–dame tú teléfono.

__P-Pero...

__Pero nada dame tu teléfono ahora.

Le di mi teléfono sin ningún remedio.
Lo cogió y entró a su oficina cerrando de un portazo.

El hombre me condujo hasta una habitación diminuta: una cama, un armario, un escritorio. Frente a la puerta, un baño aún más pequeño. El guardia, antes de irse, me lanzó una mirada y me dijo:

—No intentes escapar. Aquí no perdonan nada

Cuando la puerta se cerró, me dejé caer en la cama y rompí a llorar. Todo me parecía irreal. La pizza, la niña, el arma, la amenaza. Estaba atrapada.

Y lo peor de todo era que, en alguna habitación una niñita inocente esperaba que yo fuera su nueva niñera.




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