—Ya amor, ya estamos aquí. Ya falta poco y conoceremos a nuestra pequeña niña —susurró Arturo, tomándole la frente a Elena con la mano temblorosa.
—El bebé ya viene, señora Elena. ¡Puje! ¡Que ya viene! —gritó la enfermera.
—¡Ahhhh! ¡Ahhhh! ¡Ahhhh! —el grito de Elena rebotó en las paredes blancas.
—Eso, señora. Ya casi lo tenemos —dijo otra voz.
—Vamos, amor. Tú puedes —dijo Arturo mientras Elena le tomaba la mano con tanta fuerza que le dejó las marcas.
—¡Vamos! ¡Última, señora! ¡Que ya tengo la cabeza!
—¡Aggggg! ¡Aggggg! ¡Aggggg!
Un llanto rompió el cuarto.
—Ya está. Es una hermosa niña.
Arturo lloró de alivio y besó la frente de Elena, empapada en sudor.
—Valeria... te llamarás Valeria —dijo Elena con la voz rota, sonriendo.
Silencio.
Un pitido.
—Doctor, ¡se le subió la presión! ¡El ritmo cardiaco está bajando! ¡Entró en paro! ¡Código rojo! Dijo una enfermera.
—Señor, salga de aquí.
—¡¡ELEEENAAA!! ¡Amor, Elena!
—Señor, salga por favor.
...
—¿Qué pasó con Elena? —preguntó Arturo, con la voz rota en la puerta del cuarto dende estaba elena.
—Señor, ya le avisaremos. Por lo pronto vaya a la sala de espera y ya se le dará información sobre su esposa —dijo la enfermera sin mirarlo.
*20 minutos después*
—Señor Arturo Montenegro, soy el doctor Gregorio Suárez —el doctor se quitó los guantes. Tenía los ojos cansados.
—Su esposa tuvo complicaciones a la hora del parto. La niña salió sana y salva. Ahora está en obstetricia, donde la bañan y le ponen su primera muda de ropa.
Arturo volvió a respirar.
—¿Y mi mujer, doctor?
El doctor tragó saliva.
—Señor Arturo... su mujer entró en paro. Intentamos reanimarla, pero lastimosamente no lo logramos. Hicimos todo lo que estaba en nuestras manos. Lo lamento mucho.
—¡¡NOOO!! —Arturo cayó de rodillas al piso frío— ¡Por favor, dígame que es mentira! ¡Nooo! ¡Elena, no! ¡Por favor!
—!Lo siento mucho señor!
Quebrado en llanto, Arturo vio cómo con sonrisa llegaba Ricardo.
Ricardo al verlo la sonrisa se le borro de golpe.
—¿Qué pasa, papá del año? ¿Dónde está mi sobrina? Quiero verla.
Arturo apenas pudo hablar.
—Ricar...do... Elena —dijo con la voz suave y llorosa.
Ricardo se congeló.
—¿Qué? ¿Qué pasó con mi hermana? ¡Dime, Arturo!
—Murió... murió, Ricardo —y lo abrazó, desbordando todo el llanto de un hombre que acababa de perder el amor de su vida.
Ricardo no dijo nada. Solo lo abrazó fuerte mientras las lágrimas le caían en silencio.
La escena mostraba la vulnerabilidad de dos hombres que perdieron a una mujer valiente.
—Señor Arturo —dijo una enfermera acercándose— lamento profundamente la pérdida de su esposa. Pero su hija ya está lista para usted. Cuando pueda y quiera, lo estaremos esperando para que pueda verla.
—¿Cómo fue? ¿Cómo sucedió? —preguntó Ricardo con la voz más calmada, sosteniéndole el hombro a Arturo.
—No sé... yo estaba con ella, dándole fuerzas para que tuviera a nuestra niña. Todo iba bien... hasta que... hasta que nació Valeria. Después Elena entró en paro y murió. Eso fue lo que me dijo el doctor que atendió el parto.
Arturo se limpió la cara con la manga.
—Quiero ir a ver a mi hija.
—Vamos, te acompaño —dijo Ricardo.
—¿Dónde... dónde puedo ver a mi hija?
— Si claro, sígame por aquí, por favor.
Caminaron por los pasillos del hospital en silencio. Hasta llegar al lugar donde estaba Valeria.
—Es ella, señor Arturo. Es una bebé muy linda.
Arturo la tomó en sus brazos y la alzó. Miró su carita chiquita y sonrió entre las lágrimas.
—Eres hermosa... igualita a tu madre. Valeria.
Ricardo también la tomó en sus brazos.
—Yo soy tu tío —le susurró a la bebé— o si quieres decirme "papi 2" —rompió un poco la tensión y la tristeza, sacándole una risa pequeña a Arturo y a las enfermeras.
—Conmigo podrás contar para lo que sea. Aquí me tendrás, mi niña. Para ser tu mejor amigo y tu tío favorito —otra vez, risas entre lágrimas.
— ¿Ya me la puedo llevar a mi casa? —preguntó Arturo.
—Sí. Solo falta llenar unos documentos y ya se pueden ir —respondió la enfermera.
—Gracias, enfermera.
Camino a recepción, Arturo pensaba en cómo iba a criar a Valeria solo.
Ya había hecho todo un futuro con Elena: turnarse en la crianza, las desveladas, la primera escuela.
Pero Elena ya no estaba. Ahora era él con Valeria contra una crianza que no sabía cómo hacer.
Arturo llenó los documentos finales y finalmente podía irse.
—Señor Arturo, espere —dijo el doctor Gregorio.
—Aquí están los papeles de defunción de la señora Elena Pardo de Montenegro. Le recomiendo que se comunique con la funeraria para las exequias de su esposa.