—Ya, mi amor, ya estamos aquí. No te rindas. Ya falta muy poco y por fin conoceremos a nuestra pequeña niña —susurró Arturo, limpiándole el sudor de la frente a Elena con una mano temblorosa, intentando ocultar su propio miedo.
—El bebé ya viene, señora Elena. ¡Necesito que puje con todas sus fuerzas! ¡Vamos, que ya casi corona! —gritó la enfermera de turno, acomodando las sábanas.
—¡Ahhhh! ¡Ahhhh! ¡No puedo más, Arturo! ¡Me duele mucho! —el grito de dolor de Elena rebotó con fuerza en las frías paredes blancas de la sala de partos.
—Eso es, señora. Lo está haciendo excelente, mantenga el ritmo —animó el obstetra con voz firme.
—Vamos, mi vida. Tú eres la mujer más fuerte que conozco. Puja, mi amor, yo estoy aquí contigo, no te voy a soltar —le rogó Arturo, mientras Elena le apretaba la mano con tanta fuerza que casi podía sentir cómo sus uñas se clavaban en su piel, dejándole marcas rojas.
—¡Vamos! ¡Un último esfuerzo, señora Elena! ¡Solo una vez más y ya tengo la cabecita afuera!
—¡Aggggg! ¡Dios mío, ayúdame! ¡Aggggg! —gimió Elena, entregando el último aliento que le quedaba.
De pronto, un llanto agudo, fuerte y lleno de vida rompió el silencio del cuarto. El llanto de un milagro.
—Ya está aquí... —anunció el doctor con una sonrisa cansada pero satisfecha—. Felicidades. Es una hermosa y sana niña.
Arturo lloró de puro alivio, sintiendo que el pecho se le inflaba de una felicidad indescriptible. Se inclinó y besó con ternura la frente de Elena, que estaba empapada en sudor.
—Mírala, mi amor... lo lograste —susurró él con la voz quebrada—. Es hermosa.
—Valeria... —logró pronunciar Elena con un hilo de voz casi imperceptible, sonriendo con debilidad mientras miraba de reojo a la bebé—. Te llamarás Valeria, mi princesita...
De repente, un silencio sepulcral se apoderó de la sala, interrumpido únicamente por un pitido agudo e intermitente de las máquinas de monitoreo.
—¡Doctor! ¡Se le subió la presión de golpe! —alertó la enfermera, con los ojos abiertos de par en par—. ¡El ritmo cardíaco está bajando drásticamente! ¡Entró en paro cardíaco! ¡Código rojo! ¡Traigan el carro de paros ya!
—¿Qué? ¿Qué está pasando? ¡Elena! ¡Elena, mírame! —gritó Arturo, entrando en pánico al ver cómo los ojos de su esposa comenzaban a ponerse en blanco.
—Señor, tiene que salir de aquí de inmediato. ¡Ahora mismo! —le ordenó el doctor, empujándolo levemente mientras el equipo médico rodeaba la camilla.
—¡No! ¡Déjenme quedar! ¡Elena, amor! ¡No me dejes, por favor! —suplicaba Arturo, siendo arrastrado hacia la salida por el personal médico.
—¡Señor, colabore por favor! ¡Déjenos hacer nuestro trabajo o su esposa no lo va a contar! —le gritó una enfermera antes de cerrarle la puerta en la cara.
***
*20 MINUTOS DESPUÉS*
Arturo caminaba de un lado a otro en el pasillo, con las manos en la cabeza y el corazón latiéndole en la garganta. La puerta finalmente se abrió. El doctor Gregorio Suárez salió lentamente, quitándose los guantes de látex. Tenía los ojos fijos en el suelo y una expresión de cansancio y derrota absoluta.
—Doctor... por favor, dígame algo. ¿Qué pasó con mi esposa? ¿Cómo está Elena? —preguntó Arturo, abalanzándose sobre él con la voz rota.
El doctor tragó saliva, incapaz de sostenerle la mirada durante los primeros segundos.
—Señor Arturo Montenegro... —comenzó el médico con tono pausado y solemne—. Su esposa tuvo complicaciones severas debido a una preeclampsia súbita durante el parto. La niña, afortunadamente, nació sana y salva. En este momento está en el área de obstetricia, donde las enfermeras la están bañando y poniéndole su primera muda de ropa.
Arturo respiró hondo, tratando de aferrarse a esa buena noticia.
—¿Y mi mujer, doctor? ¿Cuándo puedo pasar a verla?
El doctor Suárez suspiró, mostrando una profunda empatía en su mirada.
—Señor Arturo... lo lamento en el alma. Su esposa entró en paro cardiorrespiratorio poco después del nacimiento. Intentamos reanimarla durante más de quince minutos con todos los protocolos posibles, pero su corazón no resistió. Lastimosamente, acaba de fallecer. Hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos. De verdad, lo siento mucho.
—¡¡NOOO!! ¡No, no, no! —el grito de Arturo desgarró el silencio del hospital—. ¡Eso no es verdad! ¡Dígame que es una puta mentira, doctor! ¡Elena no me puede dejar! ¡Elena, mi amor! ¡Nooo!
Arturo cayó de rodillas sobre el frío piso de baldosa, cubriéndose el rostro con las manos mientras su cuerpo entero era sacudido por un llanto incontrolable y desgarrador.
Justo en ese momento, Ricardo dobló la esquina del pasillo con una sonrisa enorme de oreja a oreja, trayendo consigo un gran oso de peluche y globos de helio. Al ver a Arturo arrodillado y devastado en el suelo, su sonrisa se borró de golpe. Soltó los globos, que flotaron hacia el techo, y corrió hacia él.
—¿Arturo? ¿Qué pasa, cuñado? ¿Qué es este drama? ¿Dónde está mi sobrina? Quiero verla... ¿Qué pasó? —preguntó Ricardo, arrodillándose a su lado y tomándolo por los hombros con fuerza.
Arturo apenas podía articular palabra entre los sollozos que lo ahogaban.
—Ricar...do... Elena... mi Elena... —balbuceó con la mirada perdida.
Ricardo sintió que un escalofrío helado le recorría la espina dorsal. Su rostro se puso pálido.
—¿Qué? ¿Qué pasó con mi hermana, Arturo? ¡No juegues conmigo! ¡Háblame de una vez, carajo!
—Se fue... Murió, Ricardo. Elena murió —confesó Arturo, desbordando todo el llanto acumulado y arrojándose a los brazos de su cuñado.
Ricardo se quedó completamente congelado, con los ojos abiertos de par en par y la respiración suspendida. Durante unos segundos no reaccionó; la mente se le quedó en blanco al procesar que su hermana menor, su compañera de vida, ya no estaba. Finalmente, sin decir una sola palabra, apretó a Arturo contra su pecho con una fuerza descomunal, mientras las lágrimas comenzaban a resbalar en silencio por sus mejillas.