Amor oscuro

Capítulo 2 el peso de la familia Montenegro

Martha Garzón, o "la tía Martha", como Valeria solía decirle con cariño, había llegado a Villa Sol durante un verano sofocante, huyendo de una violencia que le había arrebatado todo en su natal Costanorte.

Acababa de perder a su esposo, Samir González, en un cruento enfrentamiento entre bandas. Aquel día fatídico, Samir había salido a trabajar como cualquier mañana, pero el destino decidió que no regresaría. De camino a casa, cruzó por el lugar equivocado: una balacera entre "los Tiburones" y "los Cuervos" lo dejó tendido en el asfalto, con el pecho atravesado por una bala perdida.

Martha lo esperaba con la cena caliente sobre la mesa, mirando el reloj de la pared con una angustia creciente. Sin embargo, las horas pasaron y la comida comenzó a enfriarse. Samir no llegaba y sus mensajes no obtenían respuesta. El pánico comenzó a instalarse en su pecho hasta que, a las 9:43 de la noche, el celular vibró en su mano.

—¿Aló? ¿Señora Martha Garzón? —preguntó una voz desconocida, distante y profesional.

—Sí... ¿Con quién hablo? ¿Qué pasa? —respondió ella, con un hilo de voz y el corazón latiéndole en la garganta.

—Le hablamos del Hospital de urgencias. ¿Es usted la esposa de Samir González?

—Sí, soy yo. ¡Por Dios, dígame qué pasó! ¿Por qué mi esposo está en ese hospital?

—Señora Martha... —la voz del otro lado hizo una pausa que congeló el aire por completo—. Su esposo ingresó con una herida de bala muy grave en el tórax. Llegó con los signos vitales muy débiles y había perdido demasiada sangre. Hicimos todo lo humanamente posible para reanimarlo, pero lastimosamente acaba de fallecer.

El mundo de Martha se derrumbó en ese instante. El llanto le inundó el pecho, ahogándola en una soledad repentina e insoportable.

Incapaz de seguir viviendo en Costanorte bajo la constante zozobra y los recuerdos de su amado, empacó lo poco que le quedaba y viajó a Villa Sol, decidida a empezar de cero. Fue en esos primeros y difíciles días de búsqueda de empleo que el destino la cruzó con Elena. La joven esposa de Arturo se encontraba sola en su residencia, asustada y en pleno trabajo de parto, ya que Arturo se encontraba fuera de la ciudad por un viaje de negocios impostergable.

Al ver la emergencia, Martha no dudó un segundo en ayudarla. Consiguió trasladarla a tiempo, la tomó de la mano durante el proceso y le brindó el apoyo de una verdadera madre. Desde aquel día, la gratitud y el afecto mutuo fraguaron una amistad tan profunda que Elena, antes de fallecer años después, solía llamarla "hermana".

*CINCO AÑOS DESPUÉS*

Valeria ya tenía once años y estaba a punto de graduarse de la escuela primaria. En la primera fila del auditorio, Arturo, Ricardo y Martha aplaudían con los ojos llorosos y un orgullo inmenso el logro de su pequeña princesa.

Para celebrar, Arturo decidió hacer algo inusual: dejó a un lado su habitual y gigantesca montaña de trabajo en la inmobiliaria y la llevó a un parque de diversiones. Fue un día memorable, un oasis de libertad en la rígida y sobreprotectora rutina que su padre solía imponerle. Entre risas compartidas, algodones de azúcar gigantes y montañas rusas que les robaban el aliento, Valeria experimentó una felicidad plena.

—¡Mira, papá! ¡Ese oso de felpa es gigante! ¿Crees que podamos ganarlo? —preguntaba Valeria, tirando del saco de Arturo.

—Por supuesto que sí, mi amor. Hoy vamos a ganar todo lo que tú quieras —respondía Arturo, sonriendo como no lo hacía en años.

La niña crecía a pasos agigantados y el parecido con su madre era cada vez más evidente: su melena rubia brillaba como el sol bajo el cielo de la tarde y sus ojos reflejaban la misma intensidad azul del océano. Arturo la observaba con una mezcla de adoración y nostalgia. A veces, verla tan grande le oprimía el corazón; intentaba medirla con la mirada, recordando cuando era un bebé indefenso que cabía perfectamente entre sus brazos, pero la realidad era innegable: ya no era una criatura frágil, sino una jovencita que empezaba a descubrir el mundo.

Al llegar a casa esa noche, Valeria cayó rendida en su cama, exhausta pero con una sonrisa dibujada en el rostro. Antes de cerrar los ojos, miró a su padre, quien la cobijaba con ternura.

—Papi, no te vayas todavía... Cuéntame una historia. De esas de tu romance con mamá.

Arturo sonrió con dulzura, se sentó en la orilla de la cama y le relató la vez que Elena y él se habían escapado de sus oficinas para pasar la tarde juntos en el campo, solo para terminar empapados y varados durante horas por una imprevista tormenta eléctrica dentro del auto.

—Mi mamá era una loca aventurera, ¿cierto, papá? —susurró Valeria con una sonrisa cansada.

—Era la más loca... y la mujer más hermosa que he conocido en toda mi vida, Valeria. Te lo aseguro.

—Te amo, papi. Y también te amo, mami... sé que me estás viendo —murmuró la niña, antes de dejarse vencer por el sueño profundo.

Sin embargo, la alegría de la jornada se disipó a la mañana siguiente.

Arturo se levantó muy temprano para ir a la oficina, pero al entrar al cuarto de Valeria para darle el beso de despedida, la encontró retorciéndose en la cama, sudando frío y quejándose entre sueños. Al tocarle la frente, la alta temperatura lo alarmó de inmediato. Estaba hirviendo.

—¡Valeria! ¡Valeria, mi amor, despierta! —la llamó con pánico. Sin perder un segundo, la tomó en brazos, cogió las llaves del auto y condujo a toda velocidad, saltándose varios semáforos, hacia el hospital.

—¡Un doctor, por favor! ¡Necesito un médico de inmediato! ¡Mi hija se está muriendo! —gritó Arturo al cruzar las puertas de urgencias con la niña en brazos.

—¿Qué sucede, señor? Mantenga la calma —preguntó una enfermera de turno, acercándose rápidamente con una camilla—. Colóquela aquí.

—Mi hija... me desperté y la encontré así, ardiendo en fiebre y con un dolor abdominal muy fuerte. No puede ni mantenerse en pie.




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