—Listo, señorita Valeria. Entonces así quedamos —dijo Gael, poniéndose de pie con elegancia—. Nos vemos mañana a las ocho de la mañana con mis llaves. Llegue puntual y no me haga esperar mucho.
Y antes de cruzar la puerta, añadió con una media sonrisa:
—Qué gran compra acaba de hacer.
Gael se apartó de la silla y salió de la oficina de Valeria, pero no sin antes cruzar una mirada intensa y evaluadora con Arturo, quien iba llegando para ver cómo le había ido a su pequeña en su debut con su primer cliente.
—Señor Di'Angelo, ¿qué tal? —lo saludó Arturo, tratando de sonar casual—. ¿Y bien? ¿La casa fue de su agrado?
—Sí, por supuesto —respondió Gael con tono seco y seguro—. Ya la compré. Y pagué en efectivo.
—¿Compró en efectivo? —Arturo arqueó una ceja, visiblemente sorprendido por el poder adquisitivo del misterioso joven—. Pues... gracias por confiar en nosotros. Acaba de tomar la mejor decisión de su vida.
Gael le extendió la mano con un gesto firme, Arturo la estrechó despidiéndose con un ligero guiño de ojo, y el joven caminó hacia la salida.
Arturo entró de inmediato a la oficina de su hija, con la curiosidad encendida.
—¿Vendiste la casa, mi amor?
—¡Sí, padre! —exclamó Valeria, con los ojos brillando de la emoción—. El señor Gael compró la casa. Y tal como te dijo, pagó la totalidad en efectivo.
—¿Y qué propiedad compró, cielo?
—Mira, pa. Esta de aquí —dijo Valeria, señalando con orgullo el catálogo sobre su escritorio—. Esta casa vale quinientos mil dólares.
Arturo frunció el ceño, mirando la ficha técnica de la propiedad y luego la puerta por la que acababa de desaparecer el cliente.
—¿De dónde pudo sacar tanta plata un muchacho tan joven? —murmuró Arturo, más para sí mismo que para ella—. Para pagar media millonada en efectivo... ¿Será millonario? ¿Vendrá de una familia acomodada? Es bastante intrigante, ¿verdad?
—Padre, la verdad no lo sé —respondió Valeria, restándole importancia—. Yo solo sé que estoy feliz porque acabo de cerrar mi primera venta en mi primer día. Y mañana a las ocho de la mañana iré a entregarle las llaves de su nuevo hogar.
—Claro que no —sentenció Arturo de inmediato, recuperando su tono autoritario—. Tú no irás sola. Iré yo o mandaré a Ricardo.
—¿Pero padre, por qué tienes que ser así? —protestó Valeria, sintiendo cómo la frustración reemplazaba su alegría—. ¡Yo fui la que vendió la casa! Es mi cliente. Déjame entregarla, te lo pido por favor. Déjame ser la que complete el ciclo de mi primera venta. Necesito hacer esto por mí misma.
—Valeria, te dije que no. Y es una orden —replicó Arturo, cruzándose de brazos.
En ese preciso momento, Ricardo iba entrando al pasillo y escuchó la voz elevada de Arturo dentro de la oficina. Decidió intervenir.
—¿Qué es este alboroto? ¿Qué pasa aquí? —preguntó Ricardo, asomándose con una sonrisa conciliadora.
—Pasa que acabo de vender una casa de medio millón de dólares —explicó Valeria, buscando apoyo en su tío—, y mi padre se niega rotundamente a que mañana vaya a entregarle las llaves al cliente.
—Otra vez con lo mismo, Arturo —suspiró Ricardo, negando con la cabeza—. ¿Por qué no la sueltas un poquito? No le va a pasar nada malo por entregar unas llaves. Valeria ya es toda una mujer, es inteligente y sabe defenderse. Déjala respirar, déjala ser libre y no la asfixies tanto con tus miedos.
Arturo bufó, pero antes de que pudiera replicar, Ricardo continuó:
—Es más, si tanto te preocupa, yo mismo puedo acompañarla mañana. ¿A qué hora quedaste con el cliente, sobrina?
—A las ocho, tío —respondió Valeria, con una chispa de esperanza en los ojos.
—Perfecto. Yo te acompaño y así tu padre duerme tranquilo —concluyó Ricardo con un guiño.
Arturo se quedó callado, alternando la mirada entre Valeria y Ricardo. Sabía que cuando esos dos se aliaban, no había fuerza humana capaz de hacerlos cambiar de opinión.
—Ustedes dos nunca van a cambiar. Son el uno para el otro. Dios mío, qué familia la mía... qué familia —refunfuñó Arturo, dándose por vencido.
Salió de la oficina visiblemente molesto, aunque en el fondo aliviado de que Ricardo fuera a estar allí. Mientras tanto, Valeria y Ricardo compartieron una sonrisa cómplice. Con esa victoria, ya habían perdido la cuenta de cuántas batallas le habían ganado al sobreprotector de Arturo.
Aunque Arturo sabía que Ricardo era un alma libre y un poco desordenada, también le constaba el amor infinito que le tenía a Valeria. Jamás permitiría que un solo cabello de su cabeza fuera tocado; Ricardo era, sin duda, su segundo papá.
Valeria se desahogó con su tío y le contó cada detalle de la transacción. Estaba eufórica. Su primer día de trabajo y ya había asegurado una comisión enorme gracias a una venta de quinientos mil dólares, una cifra que muy pocos podían costear sin pestañear.
—Yo siempre supe que tenías un talento natural para esto —le dijo Ricardo, visiblemente emocionado—. Y ahora que eres la nueva integrante oficial del equipo, nos la vamos a pasar genial, sobrina. Ya lo verás. Por cierto, ¿qué harás más tarde? Te invito a almorzar para celebrar.
—Ay, tío, muchas gracias, de verdad —sonrió Valeria—. Pero ya invité a mi tía Marta a almorzar. Quiero hablar con ella. Me acabo de enterar de que trabaja aquí y nunca me lo había dicho, cuando para mí ella es prácticamente como una madre.
—Bueno, mi amor, tú te lo pierdes. Te vas a perder del mejor almuerzo de tu vida en compañía de tu papi número dos, pero allá tú —bromeó Ricardo entre risas—. Salió igualita de terca al papá esta condenada muchacha.
Las risas de ambos resonaron en la oficina, aliviando la tensión del momento.
DE CAMINO A CASA
El trayecto de regreso fue largo y silencioso para Gael. Conducía con la mirada fija en el asfalto, pero su mente estaba en otra parte. En tan solo cinco años, su realidad había dado un giro de ciento ochenta grados.