Amor oscuro

Capítulo 5 confrontando el pasado

VALERIA EN EL COCHE
Valeria manejaba descalza. Sus manos temblaban tanto sobre el volante que apenas podía mantener el auto en su carril. La lluvia golpeaba el parabrisas con violencia, pero el verdadero caos estaba dentro de su cabeza, donde una sola pregunta martillaba sin piedad:
—*¿Quién es este hombre en realidad?* —susurró, con la voz quebrada—. *Me le acabo de entregar en cuerpo y alma... y aún no sé absolutamente nada de él. Y ahora me saca de su casa de esta manera, huyendo como si lo persiguiera el mismo diablo. Ni siquiera alcancé a ponerme los zapatos.*
Esta vez no se trataba de simple curiosidad o de la típica intriga romántica. Lo que sentía en el pecho era un miedo helado, primitivo. Sabía que detrás de la mirada enigmática de Gael Di'Angelo se escondía un abismo oscuro.
Sin embargo, el amor que sentía por él era igual de real y devastador. Estaba aterrorizada, pero profundamente enamorada. Con la dolorosa ingenuidad de sus veintidós años, Valeria creía firmemente que el amor tenía el poder absoluto de redimir cualquier pasado, por más negro que fuera.
Lo que ella no sabía era que el pasado de Gael no solo era oscuro; era sangriento.
## LA CASA DE GAEL
El chirrido de las patrullas de policía rompió el silencio de la zona residencial. Ricardo y Arturo bajaron antes de que los vehículos se detuvieran por completo. Junto a los oficiales de la ley, avanzaron hacia la entrada y, tras un par de advertencias obligatorias, derribaron la puerta principal.
La casa los recibió con un silencio sepulcral. Estaba completamente vacía.
—¡No hay nadie aquí! —gritó uno de los oficiales tras registrar la planta baja.
Arturo caminó por la sala, con la respiración agitada, hasta que sus ojos se toparon con un detalle en el suelo: los zapatos de Valeria, tirados cerca del umbral. Aquellos que no tuvo tiempo de ponerse.
—¡Maldita sea! —rugió Arturo, pateando un mueble con desesperación—. ¡Aquí estuvo con mi hija! ¡Ese hijo de puta la tenía aquí! ¡Juro que si le toca un solo pelo lo voy a matar con mis propias manos!
Ricardo, abrumado por la culpa y el desconcierto, intentó calmar a su hermano:
—Arturo, por favor, detente un segundo. Aún no sabemos qué pasó realmente. ¿Por qué tienes tanto odio contra el hombre que Valeria eligió? Ella ya es una mujer adulta, tal vez solo está enamorada.
Arturo se dio la vuelta y se le fue encima a Ricardo, tomándolo del cuello de la camisa con una furia ciega.
—¡Cállate la boca, idiota! ¡Todo esto está pasando por tu maldita culpa! ¡Por tus alcahuetadas y tus silencios cómplices! ¡Ahora mi hija está desaparecida por completo! ¡¿Y sabes con quién está?! ¡Está con un maldito asesino!
Ricardo se quedó helado, tratando de zafarse del agarre de su hermano.
—¿Un asesino? Arturo, estás exagerando. Gael es un abogado respetable de la ciudad...
—¡¿Respetable?! —escupió Arturo, su rostro desfigurado por la ira—. ¡Allá en Costa Norte le decían **"El Carnicero"**! Y no precisamente porque tuviera un maldito negocio de carnes. Destripaba, mataba, secuestraba y torturaba a cualquiera que se cruzara en su camino. Hacía las peores atrocidades solo por orgullo y poder. ¡El tipo es un monstruo despiadado! ¡Y ahora tiene a mi hija a su merced! ¡Todo por tu maldita culpa, Ricardo!
El silencio que siguió fue asfixiante. Ricardo sintió que el aire le faltaba. Por años, su papel en la familia había sido el de encubrir las rebeldías de Valeria, creyendo que solo la ayudaba a vivir su juventud. Pero esta vez, el juego había ido demasiado lejos. Valeria estaba en un peligro de muerte real, y él había facilitado el camino.
—¿Y tú... cómo sabes todo eso? —preguntó Ricardo con un hilo de voz.
—Porque no soy un estúpido —respondió Arturo, soltándolo bruscamente—. Contraté a Teodoro, mi investigador privado. Lo mandé a Costa Norte para que rastreara cada maldito paso de ese sujeto. Y allá desenterró toda la verdad. Ese infeliz de Gael Di'Angelo era el jefe absoluto de la banda **"Los Tiburones"**. No conocía la piedad. Hace cinco años huyó de allá y vino a esta ciudad para intentar rehacer su vida. Se vistió de traje, compró un título y ahora se hace pasar por un distinguido abogado. ¡Pero es una maldita mentira! Es un asesino profesional disfrazado de caballero.
Los policías terminaron de inspeccionar el lugar. Al no encontrar más pistas ni rastros de violencia reciente, desalojaron la propiedad. Ricardo y Arturo salieron detrás de ellos, con el peso de una verdad insoportable sobre los hombros.
## LA LLAMADA
Dentro del auto de Arturo, el silencio era ensordecedor. De repente, el teléfono de Arturo vibró. En la pantalla aparecía el nombre de Valeria. Contestó de inmediato, poniendo el altavoz.
—¿Aló? ¿Papá...? —la voz de Valeria sonaba temblorosa, agotada.
—¡Hija! ¡¿Dónde estás?! ¡Dime dónde estás ahora mismo! —exigió Arturo, tratando de controlar el pánico en su voz.
—Voy camino a la inmobiliaria, papá. Necesito... necesito pensar.
—¿Estás sola? ¿Él está contigo? ¿Dónde está Di'Angelo?
—No, papá. Voy sola. Completamente sola —mintió ella, queriendo proteger a Gael a pesar de sus propias dudas.
Arturo soltó un largo suspiro, sintiendo un alivio momentáneo en el pecho. Al menos, en ese instante, el monstruo no la tenía bajo su control físico.
—Perfecto. Quédate ahí. Nos vemos en la inmobiliaria en diez minutos. No te muevas.
## LA CONFRONTACIÓN
Cuando Arturo y Ricardo entraron a las oficinas de la inmobiliaria, se encontraron con una escena desoladora. Valeria estaba sentada en una de las sillas de recepción, con los pies descalzos y sucios, la mirada perdida en el suelo y los ojos hinchados de tanto llorar.
Arturo se acercó lentamente, plantándose frente a ella. Quería buscar en su mirada un rastro de honestidad, una señal de que su niña seguía siendo la misma.
—¿Dónde están tus zapatos, Valeria? —preguntó, con una calma fingida que resultaba aterradora.
Valeria tragó saliva, incapaz de sostenerle la mirada.
—Se me... se me quedaron en la casa de una amiga. Se me olvidó ponérmelos al salir.
Arturo apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su rostro se tensaron.
—Mentira —sentenció con severidad—. Mentira, Valeria. Ya fui a la casa de ese tipo. Ya lo sé todo. ¿Cómo pudiste ocultarme algo así? ¿Cómo pudiste caer tan bajo como para meterte en la cama de un asesino? No pareces hija mía.
La palabra "asesino" golpeó a Valeria como un balde de agua helada. Se levantó de la silla, indignada y dolida.
—¿Un asesino? ¡¿De qué estás hablando, papá?! Gael no es ningún asesino. Es un hombre increíble, un profesional. ¿Quién te ha llenado la cabeza de esas basuras?
—¡Yo mismo lo averigüé! —gritó Arturo, perdiendo la compostura—. Mi investigador privado viajó a Costa Norte. ¿Y sabes qué encontró? Un pueblo que aún tiembla al escuchar su nombre. La policía lo busca por crímenes atroces que ni te imaginas. Mataba por placer, Valeria. Secuestraba y torturaba a sangre fría.
Arturo se acercó más a ella, obligándola a escucharlo.
—Hace cinco años llegó aquí, a Villasol, pretendiendo enterrar su pasado bajo un traje elegante. Se convirtió en abogado para limpiar su nombre, pero sigue siendo el mismo monstruo de siempre. ¿Quieres saber cómo lo llamaban allá? **"El Carnicero"**. Era el líder de una organización criminal llamada **"Los Tiburones"**. ¿Te suena tierno ese nombre? Ese es el hombre al que le entregaste tu vida.
Valeria sintió que el suelo se abría bajo sus pies descalzos. La verdad la golpeó con la fuerza de un huracán. En su pecho, el amor apasionado que sentía por Gael chocó de frente con el horror más absoluto. Sus piernas dejaron de responderle y cayó de rodillas al suelo de la inmobiliaria, llorando desconsoladamente.
En medio de su shock, recordó las crípticas palabras que Gael le había susurrado en su último encuentro: *«Tú no sabes quién soy yo...»*
Ahora lo sabía. Y deseaba con toda su alma poder borrar ese conocimiento de su mente. Pero al mismo tiempo, el sentimiento no se desvanecía. Él había sido su primer hombre, el único que había despertado en ella una entrega absoluta. Estaba perdida de amor por él, y esa contradicción la estaba desgarrando por dentro.
—¿Por qué...? —sollozó Valeria, abrazándose a sí misma—. ¿Por qué me pasa esto a mí?
Arturo, lejos de apiadarse de su dolor, continuó descargando su frustración:
—¡No puedo creer que me hayas ocultado un secreto de este tamaño! ¡A mí, que te he protegido desde el día en que naciste! ¡Yo que te he dado todo lo que has querido! ¡Eres mi única hija, Valeria! ¡Mi princesa! Todo lo que hacía era para cuidarte del mundo, ¿y cómo me pagas? ¡Te descuidas un segundo y terminas en los brazos del jefe de una banda de sicarios!
—¡Ya basta, Arturo! —intervino Ricardo, interponiéndose entre su hermano y su sobrina—. ¡Ella no lo sabía! ¡Ninguno de nosotros lo sabía! Y sí, asumo mi responsabilidad, es mi culpa haber facilitado sus encuentros. Pero ese muchacho se presentaba ante todos como un profesional respetable. Nadie hubiera sospechado de él. Así como nadie sospecharía de ti, yo no vi maldad en ese chico. Parecía alguien que solo buscaba salir adelante en Villasol. No lo vi venir. Te pido perdón, hermano.
—¡¿Y tú crees que con un maldito perdón vas a regresar el tiempo?! —rugió Arturo, empujando a Ricardo—. ¡No, Ricardo! ¡Estás muy equivocado si crees que esto se soluciona así!
Valeria seguía en el suelo, completamente disociada de la discusión. Su mente viajó por un segundo a aquella tarde lluviosa en la que vio una película de mafiosos junto a Gael en su apartamento. Recordó la risa de él, su calidez... y luego pensó en la realidad actual.
—*Esto realmente se fue a la mierda...* —susurró para sí misma.
En ese instante de máxima tensión, la puerta lateral de la oficina se abrió y Marta, la leal empleada de confianza de la inmobiliaria, entró con el rostro lleno de preocupación.
—¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué se gritan de esa manera? Van a espantar a los clientes del edificio —dijo Marta, mirando alternativamente a Arturo y a Valeria en el suelo.
—Marta, sal de aquí inmediatamente —ordenó Arturo, sin mirarla—. Esto es un asunto familiar y privado. No te incumbe.
—Señor Arturo, con todo respeto, solo quiero saber por qué le grita así a la niña. Mírela cómo está, hecha un mar de lágrimas en el suelo.
—¡Te he dicho que te vayas! ¡No es tu maldito problema! —bramó Arturo, señalando la salida.
Marta dio un paso al frente, con la barbilla en alto y la mirada firme, demostrando una valentía inquebrantable.
—Pues qué pena con usted, señor Arturo, pero si se trata de Valeria, sí es asunto mío. Para mí, esta niña es como la hija que nunca tuve. Todo lo que le pase a ella me duele a mí. Si ella llora, yo lloro con ella. Puede que no compartamos la misma sangre, pero siento su dolor en el pecho. Así que no me voy a ir a ninguna parte.
Valeria, conmovida por las palabras de Marta, reunió las pocas fuerzas que le quedaban para levantarse del suelo y se refugió en sus brazos, llorando sobre su hombro. Quería gritarle la verdad, advertirle del peligro, pero el nudo en su garganta era demasiado grueso.
Arturo soltó una carcajada amarga y miró a Marta con desprecio.
—¿Tanto te importa? Muy bien, entonces entérate de una vez de la clase de porquería en la que tu "hija" nos ha metido a todos. Hace unos días, un tipo llamado Gael Di'Angelo vino a comprar una de nuestras propiedades más costosas. Pagó quinientos mil dólares en efectivo, de golpe. Algo que jamás había pasado en este negocio.
Arturo comenzó a caminar de un lado a otro de la oficina, gesticulando con rabia.
—Me pareció sumamente sospechoso. Revisé su expediente y su documentación personal. ¿Y sabes qué encontré? Nada. Solo un nombre y un apellido. Era como si el tipo hubiera nacido ayer, como si no tuviera pasado en esta ciudad. Por eso contraté a Teodoro. Quería saber quién era el nuevo novio de mi hija.
Marta escuchaba con atención, sintiendo cómo una extraña opresión comenzaba a formarse en su propio pecho.
—Mi investigador viajó hasta Costa Norte —continuó Arturo, con voz tétrica—. Y allá descubrió el monstruo que se oculta detrás de la fachada de abogado distinguido. Ese tipo es un asesino desalmado, Marta. El jefe de una organización criminal llamada **"Los Tiburones"**. Y su alias de guerra es... **"El Carnicero"**.
Al escuchar el nombre de la banda, Marta se quedó completamente paralizada. El color abandonó su rostro de golpe y sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. El pasado, ese monstruo que creía haber enterrado hacía años, regresó para golpearla en el rostro.
*«Los Tiburones...»* pensó Marta, con el corazón latiéndole desbocado. Aquella era la misma banda criminal que había acribillado a Samir, su esposo, en una fría noche de muelle.
*¿Había sido Gael Di'Angelo el hombre que ordenó la muerte de su esposo? ¿Había sido "El Carnicero" quien le arrebató la felicidad de su vida?*
Marta se llevó las manos a la boca, rota por la revelación, y comenzó a llorar junto a Valeria, compartiendo un dolor que ahora las unía de una forma aún más trágica.
—Mi niña... —susurró Marta, acariciando el cabello de Valeria con manos temblorosas—. Dime que no es verdad. Dime que tú no sabías nada de esto. Por favor, dímelo...
Valeria, con la mirada empañada en lágrimas, la miró fijamente.
—Te lo juro por mi vida, Marta... No tenía idea. Pensé que era un hombre normal. Alguien bueno, como mi papá, como mi tío... como tú. Fui una estúpida...
En ese preciso instante, la pesada puerta de vidrio de la inmobiliaria se hizo añicos.
Tres hombres corpulentos, vestidos completamente de negro y con gorras que ocultaban sus rostros, irrumpieron en el vestíbulo. El que iba a la vanguardia sacó un arma con silenciador y la apuntó directamente al grupo.
—¡¿Quién de ustedes es Arturo Montenegro?! —preguntó con una voz helada e impersonal.
Nadie se atrevió a respirar. El silencio en la oficina era absoluto, roto únicamente por los sollozos contenidos de Valeria.
—Pregunté por última vez... ¡¿Quién carajos es Arturo?! —volvió a gritar el sicario, perdiendo la paciencia y cortando cartucho.
Nadie respondió. El miedo los tenía completamente congelados.
El líder del grupo sonrió con malicia bajo la visera de su gorra.
—Ya que ninguno tiene la decencia de hablar... nos llevaremos a esta vieja. Díganle a Arturo que si quiere volver a verla viva, más vale que esté atento al teléfono.
Antes de que Ricardo o Arturo pudieran reaccionar para interponerse, dos de los sujetos sujetaron a Marta violentamente por los brazos. Ella intentó resistirse, forcejeando y gritando, pero la arrastraron sin piedad hacia la salida.
La puerta trasera de la furgoneta se cerró con un golpe seco. El motor rugió y el vehículo se alejó a toda velocidad, dejando en el suelo de la inmobiliaria un rastro de vidrios rotos y el eco desgarrador de los gritos de auxilio de Marta.
Arturo se quedó de pie, paralizado por la incredulidad. Ricardo apenas podía respirar, apoyado contra el escritorio, mientras Valeria gritaba el nombre de Marta una y otra vez, hasta que su voz se apagó por completo y quedó reducida a un susurro de pura desesperación.
El pasado de Costa Norte finalmente los había alcanzado. Y no venía solo por Gael. Venía por todos ellos.
## LA DESESPERACIÓN Y LA ESPERA
Pasaron horas de una agonía indescriptible. La tarde dio paso a una noche cerrada y tormentosa, y el teléfono de la oficina seguía sin sonar. La tensión acumulada amenazaba con hacer estallar a cualquiera de los presentes.
Arturo caminaba de un extremo a otro del salón, como un animal enjaulado, destrozándose los nudillos contra las paredes. Ricardo revisaba obsesivamente las grabaciones de las cámaras de seguridad del edificio, buscando algún detalle, una matrícula, cualquier pista que ayudara a la policía de Villasol, que ya patrullaba la zona de manera discreta. En una esquina, Valeria permanecía hecha un ovillo, sumida en una profunda depresión.
Al ver que la policía no avanzaba, Arturo comenzó a hacer llamadas telefónicas desesperadas. Marcó a viejos conocidos, a contactos de dudosa reputación del bajo mundo a los que había jurado no volver a recurrir en su vida.
—¿Alguien ha visto algo? ¿Saben de alguna furgoneta negra merodeando la zona? ¡Pago lo que sea por información sobre Marta! —suplicaba Arturo al teléfono.
Pero la respuesta siempre era la misma: nadie sabía nada. Marta se había esfumado de la faz de la tierra.
En un último recurso, llamó a su investigador privado.
—¡Teodoro! Necesito que regreses a Costa Norte ahora mismo —ordenó Arturo, al borde del colapso—. Registra cada muelle, cada bodega abandonada, cada rincón de mala muerte. Si la gente de "Los Cuervos" la tiene, tiene que estar en su territorio. ¡Encuéntrala!
Teodoro cumplió la orden de inmediato. Durante catorce horas seguidas, el investigador peinó la peligrosa zona portuaria de Costa Norte. Sobornó a informantes, interrogó a pandilleros locales y vigiló los puntos de encuentro habituales de las bandas criminales. Pero todo fue en vano.
Llamó a Arturo de madrugada con malas noticias:
—Señor Montenegro, lo lamento, pero Marta no está en Costa Norte. Tampoco hay registros de ella en los hospitales de la zona, ni en las morgues de Villasol. Quienquiera que se la haya llevado, sabe cómo ocultar un cuerpo o un rehén. Marta simplemente desapareció.
Arturo, enfurecido, estrelló el teléfono contra la pared de la oficina, haciéndolo mil pedazos.
—¡¿Dónde carajos te tienen, Marta?! —gritó al techo, con los ojos inyectados en sangre.
## LA LLAMADA DE LAS 11:47 PM
Faltaban pocos minutos para la medianoche cuando el teléfono personal de Arturo comenzó a vibrar en su bolsillo. La pantalla mostraba "Número Oculto".
Arturo contestó de inmediato, sintiendo que el corazón se le salía del pecho.
—¿Aló? —dijo, intentando mantener una voz firme y dominante—. ¿Quién habla?
Al otro lado de la línea se escuchó una risa áspera y burlona, cargada de estática.
—¿Arturo Montenegro? Hablas con **Alias Fulanito**, el nuevo líder de **"Los Cuervos"**. ¿Cómo va esa noche, señor Arturo? Espero que no esté perdiendo el sueño por nosotros.
A Arturo se le heló la sangre en las venas. Los Cuervos eran la banda rival más encarnizada de Los Tiburones en Costa Norte.
—¡¿Ustedes tienen a Marta?! —escupió Arturo, apretando el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos—. ¡Dime si ella está bien, infeliz!
—Tranquilo, viejo, no corra tanto que se puede tropezar —respondió Fulanito con tono de burla—. Sí, nosotros tenemos a la señora. Y no se preocupe, todavía respira. No le va a pasar nada malo... de momento. Pero eso depende única y exclusivamente de usted.
—¿Qué es lo que quieren? —preguntó Arturo, sintiendo una gota de sudor frío recorrer su espalda—. Les daré el dinero que pidan. Millones si es necesario. Solo déjenla ir.
—No nos interesa su maldito dinero, Montenegro —siseó Fulanito, cambiando el tono a uno mucho más sombrío—. Resulta que ustedes tienen bajo su protección algo que nos pertenece. Algo que hemos estado buscando durante más de cinco años para cobrar una vieja deuda de sangre. El trato es muy sencillo:
**Ustedes nos entregan al "Carnicero"... y nosotros les devolvemos a su empleada.**
Fulanito hizo una pausa dramática para asegurarse de que el mensaje quedara claro.
—Tienen exactamente **dos días** para poner a Gael Di'Angelo en nuestras manos. Si en cuarenta y ocho horas no tenemos al Carnicero, la próxima vez que vea a la señora Marta será a tres metros bajo tierra. ¿Entendido?
—¡Espere! ¡Yo no sé dónde está ese tipo! ¡Él no trabaja para mí...!
*¡Clic!*
La llamada se cortó.
Arturo se quedó mirando la pantalla apagada del teléfono, temblando de rabia y frustración. Ni siquiera había tenido la oportunidad de explicarle que Gael había huido. El ultimátum estaba dado.
Dos días. Tenían solo dos días para cazar a uno de los hombres más peligrosos del país si querían salvar la vida de Marta.
Arturo corrió hacia Ricardo y le gritó:
—¡Llama a Teodoro otra vez! ¡Dile que use todos sus recursos! ¡Que ofrezca una recompensa millonaria en las calles! ¡Tenemos que encontrar a Gael Di'Angelo antes de que se agote el tiempo!
## VALERIA ESCUCHÓ TODO
Valeria, que había estado escuchando toda la conversación desde el marco de la puerta de la oficina contigua, entró al vestíbulo con el rostro completamente pálido y desencajado.
—¿Papá...? ¿Es verdad? ¿Marta está viva? ¿Qué te dijeron? —preguntó con un hilo de voz.
—No lo sé con certeza, Valeria —respondió Arturo, sin mirarla directamente—. Solo sé que quieren hacer un intercambio. La vida de Marta por la del Carnicero.
El mundo de Valeria se derrumbó por completo en ese instante.
—¿Tú sabes dónde se esconde tu novio, Valeria? —le preguntó Arturo, tomándola de los hombros con desesperación—. ¡Dímelo! ¡Es la única forma de salvar a Marta!
—¡Él no es mi novio, papá! —gritó Valeria, estallando en llanto mientras se zafaba de su agarre—. ¡Y no tengo la menor idea de dónde está! ¡Si lo supiera, te juro que te lo diría!
Sintiéndose abrumada por la culpa, el miedo y la terrible certeza de que todo esto ocurría por sus decisiones, Valeria corrió hacia el baño de la oficina. Se encerró y vomitó en el inodoro, vaciando su estómago mientras las lágrimas le empapaban el rostro.
*«Es mi culpa...»* pensaba, apoyando la cabeza contra la fría cerámica del baño. *«Por mi maldita culpa se llevaron a Marta. Por haberme enamorado de ese monstruo... van a matarla.»*
## GAEL: EN UN HOTEL APARTADO
Mientras tanto, a unos cuarenta kilómetros de los límites de Villasol.
Gael Di'Angelo se encontraba sentado en el suelo de una deteriorada habitación de un hotel de carretera. El cuarto estaba a oscuras, iluminado únicamente por la tenue luz de una vela que se consumía lentamente sobre la mesa de noche, junto a una botella vacía de whisky.
Durante cinco largos años, Gael había logrado lo imposible: mantenerse oculto del radar de sus enemigos. Había trabajado duro, estudiado derecho de noche y construido una fachada de hombre de bien. Había enterrado profundamente al despiadado "Carnicero" que una vez fue.
Pero el pasado siempre encuentra la forma de cobrarse sus deudas.
El líder de Los Cuervos lo había localizado, y ahora la violencia amenazaba con devorar a las pocas personas inocentes que le importaban en este mundo.
Gael cerró los ojos y en su mente aparecieron las imágenes de Valeria sonriendo, de Marta sirviéndole café en la inmobiliaria y de Arturo defendiendo con orgullo su negocio.
*«Si no intervengo ahora, todos van a morir por mi causa. Y yo ya he derramado demasiada sangre en esta vida.»*
Tomó su teléfono celular desechable, aquel que no tenía tarjeta SIM registrada, y escribió una breve frase en una servilleta de papel: *«Tengo que entregarme»*.
Sin embargo, su instinto de supervivencia, forjado en mil batallas callejeras, le susurró al oído: *«Si te entregas de rodillas, te matarán a ti y luego irán por ellos. Los monstruos no cumplen promesas.»*
No tenía una opción fácil. Tenía que pelear.
Gael se levantó, se lavó la cara con agua helada en el lavamanos y se colocó su chaqueta de cuero negra.
—Es hora de confrontar al pasado de frente —susurró, con la mirada fría y decidida.
Salió de la habitación y se adentró en la lluviosa noche, conduciendo su auto de regreso a Villasol. Directo hacia su propio juicio final.
## VALERIA: "ME MENTISTE"
De vuelta en la inmobiliaria, Valeria tomó su teléfono móvil con manos temblorosas. Marcó el número personal de Gael. Una, dos, diez, veinte veces consecutivas.
El teléfono solo daba tono antes de enviar la llamada directamente al buzón de voz.
Valeria insistió con desesperación, sintiendo cómo el pecho se le oprimía cada vez más. Finalmente, tras el enésimo intento, decidió dejar un mensaje de voz, con el llanto ahogándole la garganta:
> —Me mentiste, Gael... Me mentiste de la peor manera posible. Yo de verdad te amaba con todo mi corazón. Me enamoré de ti como nunca pensé que me enamoraría de nadie. ¿Por qué no me dijiste la verdad? ¿Por qué me ocultaste ese pasado tan horroroso? Si me hubieras dicho quién eras en realidad, me habría apartado a tiempo... Ahora mi tía Marta está secuestrada y su vida pende de un hilo por tu culpa. Eres un maldito desgraciado, Gael. ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¿Cómo pudiste...?
>
Colgó el teléfono y lo dejó caer sobre el suelo de la oficina, abrazándose las rodillas mientras se sumía en un llanto amargo.
## GAEL: EL REGRESO DE "EL CARNICERO"
Gael conducía bajo la tormenta con destino a Villasol. El limpiaparabrisas apenas daba abasto con el torrente de agua que golpeaba el cristal.
Llegó a su casa deshabitada. Entró con sigilo y se dirigió al sótano. Retiró una sección del suelo de madera flotante, revelando un compartimento oculto en el concreto. De su interior extrajo una caja metálica que contenía su vieja arma de combate, la misma pistola con la que había arrebatado tantas vidas cinco años atrás. También sacó un par de cargadores llenos de munición pesada.
Se guardó el arma en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Si el pasado quiere volver a sangrar —susurró para sí mismo—, entonces sangraremos todos. Malditos Cuervos de mierda.
Antes de salir, encendió su teléfono celular de uso diario. En la pantalla apareció una notificación de buzón de voz de Valeria. Le dio reproducir y escuchó en silencio cada una de sus palabras de dolor, sus reproches y ese desgarrador "te amaba" pronunciado entre sollozos.
Gael sintió que un puñal le atravesaba el pecho. Quiso marcarle de vuelta, quiso explicarle que todo lo que hizo fue por amor, para ser digno de ella, pero no le salieron las palabras. ¿Cómo se le pide perdón a la mujer que amas por haber sido un carnicero humano?
Guardó el teléfono en silencio, subió a su auto y tomó la carretera con rumbo a la zona portuaria de Costa Norte. Pero antes de llegar a su destino, tenía que hacer una última llamada.
## LA CONVERSACIÓN: GAEL VS ARTURO
El teléfono de Arturo Montenegro sonó en medio de la madrugada. Al ver un número que reconoció al instante, contestó al primer timbre.
—¡¿Aló?! ¡¿Quién es?! —gritó Arturo, con la voz cargada de una furia incontenible.
—Hablas con Gael Di'Angelo, señor Montenegro —respondió Gael, con una calma glacial que contrastaba con la tormenta exterior.
—¡Maldito hijo de puta! —rugió Arturo, levantándose de su silla—. ¡¿Dónde carajos te estás escondiendo, cobarde?! ¡Hay una mujer inocente secuestrada en un almacén de mala muerte por tu maldita culpa! ¡Da la cara!
—Señor Montenegro, escúcheme bien —dijo Gael, con tono pausado—. No involucre a su familia en mis asuntos. No meta a Valeria en esto. Este es mi pasado, son mis deudas de sangre y yo me encargaré de pagarlas. A ustedes no les corresponde sufrir por mis errores.
—¡¿Que no nos corresponde?! —gritó Arturo, fuera de sí—. ¡Se llevaron a mi empleada más leal del interior de mi propio negocio! ¡Claro que me incumbe, maldito infeliz!
—En este preciso momento me dirijo a solucionar esa situación —respondió Gael, y por primera vez su voz flaqueó levemente—. Le pido mis más sinceras disculpas por haberlos arrastrado a este infierno. Mi intención nunca fue causarles daño. Desde que llegué a esta ciudad, me dediqué en cuerpo y alma a ser una persona de bien. Estudié, trabajé de sol a sol y traté de olvidar quién fui una vez. Todo iba perfecto... hasta que conocí a Valeria.
Gael hizo una pausa, tragando saliva para contener la emoción.
—Su hija es una mujer extraordinaria, inteligente y pura. Al principio intenté alejarme por su propio bien, pero terminé rindiéndome al amor que sentía por ella. Porque sí, señor Montenegro... yo amo a su hija con toda mi alma. Intenté buscar el momento adecuado para confesarle mi verdad, pero el destino nunca me dio tregua. Ahora sé que es demasiado tarde para pedir perdón.
Arturo apretaba los dientes con tanta fuerza que le dolía la mandíbula, pero permaneció en silencio, escuchando la confesión del hombre al que odiaba.
—Pero no se preocupe por Marta —concluyó Gael, recuperando su tono frío y letal—. Esta misma noche, ella estará de regreso en su hogar, durmiendo bajo sus propias cobijas. Yo mismo me encargaré de que así sea. Tiene mi palabra.
*¡Clic!*
La llamada se cortó, dejando a Arturo con un torbellino de emociones encontradas: odio, temor y una pequeña pero innegable chispa de esperanza.
## EL ENCUENTRO EN EL MUELLE DE COSTA NORTE
Gael llegó a los viejos muelles abandonados de Costa Norte a las 2:13 de la madrugada. El escenario era idéntico al de sus peores pesadillas de hace años: la niebla densa, el olor a salitre y brea, y la lluvia incesante cayendo sobre el asfalto agrietado.
Estacionó su auto a unos metros del muelle principal, apagó las luces y descendió. Con movimientos lentos pero decididos, se quitó la chaqueta y la camisa húmedas, arrojándolas al suelo. Bajo la pálida luz de las farolas del puerto, quedaron al descubierto las marcas de su antigua vida: cicatrices de balas y navajas, y el imponente tatuaje de un tiburón blanco que cubría toda su espalda, el símbolo de su antigua organización.
Alzó la mirada hacia el cielo encapotado y gritó con una voz que resonó con la fuerza de un trueno en todo el puerto:
—¡Aquí estoy, malditos Cuervos! ¡El Carnicero ha regresado a reclamar lo que es suyo! ¡¿Querían que el pasado volviera?! ¡Pues salgan de sus escondites y hablemos de frente! ¡Entréguenme a Marta ahora mismo! ¡Ella es una mujer inocente que no tiene nada que ver con nuestras guerras! ¡El único culpable de sus desgracias soy yo! ¡Salgan a dar la cara, cobardes de mierda!
Tras unos segundos de un silencio tenso, una voz áspera y burlona emergió de entre la densa niebla:
—Te estábamos esperando con ansias, maldito Carnicero. Sabíamos que tu debilidad te traería de vuelta al redil.
De las sombras del almacén número cuatro salieron seis hombres fuertemente armados, con los rostros cubiertos por pasamontañas. En medio de ellos, arrastrada por los cabellos, venía Marta. Tenía las manos atadas a la espalda, un trozo de cinta industrial cubriéndole la boca y visibles hematomas en el rostro que delataban el maltrato recibido.
—Como somos hombres de palabra —dijo Alias Fulanito, el líder del grupo, dando un paso al frente mientras sostenía una pistola de grueso calibre—, te entregamos a tu mercancía. Ya no nos sirve de nada.
Fulanito le propinó una violenta patada a Marta en la espalda, empujándola hacia el frente. Marta tropezó y cayó sobre el asfalto mojado.
Gael corrió hacia ella, la levantó con cuidado y la rodeó con sus brazos, protegiéndola con su propio cuerpo mientras la desataba de sus ataduras.
—Tranquila, Marta... ya estás a salvo —le susurró al oído con suavidad—. Te prometí que esta noche dormirías en tu cama de Villasol, y voy a cumplirlo. No tengas miedo.
Marta temblaba de frío y pánico, llorando desconsoladamente. Al mirar a su alrededor, se dio cuenta de que se encontraba exactamente en el mismo muelle de carga donde, años atrás, los sicarios de Los Tiburones habían acribillado a su esposo Samir. El círculo de violencia parecía no tener fin.
—¿Por qué me pasa esto a mí otra vez...? —sollozó Marta, aferrándose al torso desnudo de Gael.
Gael se incorporó lentamente, colocándose frente a Marta para cubrirla de las armas de los delincuentes.
—Ya me tienen aquí —gritó Gael, mirando fijamente a Fulanito—. Cumplí con mi parte del trato. Ahora dejen que ella se vaya en mi auto. Lo que tengan que hacer conmigo, háganlo de una vez. No les tengo miedo.
Fulanito soltó una carcajada estridente y malévola que resonó en el muelle.
—¿De verdad te crees en posición de ponernos condiciones, Carnicero? Aquí el único que dicta las reglas soy yo.
Fulanito se acercó a Gael y le escupió directamente en el rostro. Gael apretó los puños, pero contuvo sus impulsos para no poner en riesgo la vida de Marta.
—Pero tienes razón en algo... —añadió Fulanito con una sonrisa de puro sadismo—. Esa vieja ya no nos sirve para nada en esta negociación. La verdadera joya de la corona... ya viene en camino desde el otro lado.
Gael sintió que un frío glacial le recorría la espina dorsal. Su corazón pareció detenerse por completo.
—¿De qué... de qué estás hablando? —preguntó, con la voz apenas audible.
## VILLASOL: EL ATAQUE A LA INMOBILIARIA
En ese mismo instante, en las oficinas de la inmobiliaria en Villasol.
Arturo Montenegro acababa de colgar la llamada telefónica con Gael. Una extraña sensación de alivio y esperanza comenzaba a disipar el pánico en su pecho.
—Gael va a traer de vuelta a Marta... —le dijo a Ricardo, tratando de convencerse a sí mismo de que todo terminaría bien.
*¡BOOOOM!*
Una violenta explosión destrozó por completo la fachada de vidrio de la oficina. Una granada de fragmentación, lanzada desde el exterior, sembró el caos absoluto en cuestión de segundos.
El aire se llenó de humo denso, polvo de yeso, gritos y astillas de vidrio templado que volaban en todas direcciones. Arturo fue arrojado al suelo por la onda expansiva, mientras Ricardo gritaba de dolor al ser alcanzado por los escombros.
En medio del humo y la confusión, cuatro hombres armados con fusiles de asalto irrumpieron en la oficina. Uno de ellos localizó a Valeria, que intentaba huir hacia la parte trasera, y la tomó del cabello con violencia, inmovilizándola en el acto.
—¡Déjenla en paz! ¡Suelten a mi hija, malditos bastardos! —rugió Arturo, intentando levantarse del suelo cubierto de escombros.
El líder del grupo de asalto se plantó frente a Arturo, le colocó la boca del cañón de su arma directamente en la frente y sentenció con frialdad:
—Muévete un solo milímetro y le vuelo los sesos a ella primero. A partir de este momento, la niña nos pertenece.
En menos de treinta segundos, el comando armado abandonó las oficinas a toda velocidad, arrastrando a Valeria mientras ella gritaba desesperadamente el nombre de su padre.
La oficina quedó reducida a ruinas, envuelta en humo gris, con Ricardo herido y Arturo de rodillas en el suelo, gritando de impotencia. Entre los escombros, una nota escrita con sangre destacaba sobre el escritorio destrozado:
> *"Gracias por facilitarnos el camino hacia el Carnicero. Ahora nos cobramos el premio gordo. Atentamente: Los Cuervos."*
>
## LA TRAMPA PERFECTA
De vuelta en el muelle de Costa Norte.
Una camioneta pickup negra de doble cabina entró al muelle a toda velocidad, deteniéndose derrapando sobre el asfalto mojado. De su interior descendieron cuatro sujetos armados, obligando a bajar a Valeria, quien venía con las manos atadas y los ojos vendados.
Gael contempló la escena y lo comprendió todo al instante: había sido una trampa perfectamente coordinada. Los Cuervos habían utilizado a Marta como un señuelo para obligarlo a salir de su escondite y, al mismo tiempo, habían aprovechado su distracción para capturar a Valeria en su propio territorio.
Fulanito se acercó a Gael con paso lento y triunfal.
—¿Lo ves, Carnicero? Así es como se hace un verdadero negocio con el diablo —le susurró al oído, mientras le colocaba la pistola directamente en el lateral de la cabeza.
—¡No les va a servir de nada...! —alcanzó a decir Gael.
*¡PUM!*
El disparo resonó con fuerza en el muelle de carga. Fulanito jaló el gatillo con frialdad, pero Gael, en un acto de puro reflejo de combate, logró mover la cabeza hacia un lado en el último milisegundo. La bala le rozó el hombro derecho, desgarrándole la carne y el músculo, provocando un chorro de sangre caliente.
Gael cayó al suelo sobre la rodilla izquierda, apretándose la herida con la mano izquierda mientras el dolor le nublaba la vista.
—¡Llévense a la chica! ¡Nos vemos en el infierno, Carnicero! —ordenó Fulanito a sus hombres mientras subían a las camionetas con Valeria.
Las camionetas arrancaron a toda velocidad, dejando tras de sí una estela de humo y neumáticos quemados.
Gael intentó ponerse de pie de inmediato, haciendo caso omiso del intenso dolor en su hombro. Corrió con todas sus fuerzas detrás de los vehículos, desgarrándose los pulmones en el proceso, pero fue inútil; las luces traseras de las furgonetas se perdieron rápidamente en la densa niebla de la carretera que conducía a las colinas de Costa Norte.
—¡Malditos hijos de puta! —gritó Gael, cayendo de rodillas sobre el barro y golpeando el suelo con el puño cerrado por la rabia.
## CON MARTA: EL PESO DE LA VERDAD
Gael regresó arrastrando los pies hacia donde se encontraba Marta, quien permanecía sentada en el suelo del muelle, temblando incontrolablemente debido al frío de la tormenta y al shock del secuestro. Estaba libre, pero destrozada psicológicamente.
—¿Marta... estás bien? —le preguntó Gael con voz quebrada, arrodillándose a su lado y ofreciéndole su mano.
Marta lo miró directamente a los ojos. En su mirada ya no había solo miedo; había un profundo resentimiento y una inmensa tristeza.
—¿Por qué, Gael? —escupió Marta con amargura—. ¿Por qué nos mentiste de esa manera tan cruel? ¿Por qué arrastraste a mi niña inocente a este pozo de inmundicia? ¡Dime por qué!
Con las pocas fuerzas que le quedaban, Marta levantó la mano derecha y le asestó una sonora cachetada en el rostro. El impacto movió la cabeza de Gael hacia un lado, pero él no hizo el menor intento por defenderse o reclamar. Sabía perfectamente que merecía ese castigo y mucho más.
—Perdón, Marta... De verdad lo siento mucho —susurró Gael con la mirada baja.
Marta se cubrió el rostro con ambas manos y rompió a llorar de manera desconsolada.
—No la vi crecer para perderla de esta manera, Gael... No quiero perder a mi niña por culpa de tus malditas deudas del pasado.
## CON VALERIA: EN EL CAUTIVERIO
En el interior de la furgoneta negra que avanzaba a toda velocidad por las sinuosas carreteras de Costa Norte.
Valeria se encontraba en el piso del vehículo, amordazada con cinta adhesiva y atada de pies y manos con gruesas cuerdas plásticas. La venda en sus ojos le impedía ver su entorno, pero sus oídos captaban cada palabra que pronunciaban sus captores en la parte delantera:
—Con esta mocosa nos ganamos la lotería, muchachos —comentó uno de los secuestradores, soltando una carcajada de satisfacción—. Su padre es uno de los empresarios inmobiliarios más acaudalados de todo Villasol.
—Y si de verdad la quiere tanto como dicen —añadió el segundo—, va a tener que entregarnos hasta el último centavo de sus cuentas bancarias si quiere volver a verla con vida.
—Al fin y al cabo, dicen que los hijos son lo único valioso que le queda a la gente decente, ¿no? —concluyó Alias Fulanito desde el asiento del copiloto—. Pronto descubriremos si el viejo Montenegro está dispuesto a quedar en la ruina por ella.
Valeria apretó los dientes bajo la mordaza, intentando ahogar sus sollozos.
*«Papá... por favor no pagues nada»*, suplicaba mentalmente. *«Gael... ¿dónde estás? Por favor, sálvame...»*
Cada kilómetro que recorría la camioneta la alejaba más de su hogar, de su familia y de la vida que alguna vez conoció.
## GAEL: LA CACERÍA COMIENZA
Gael se puso de pie con dificultad, ignorando la sangre que corría por su brazo herido. Miró a Marta con determinación en sus ojos oscuros, donde el pacífico abogado había desaparecido por completo, dejando únicamente al implacable "Carnicero".
—Marta, sube a mi auto y conduce de regreso a Villasol —le ordenó con tono autoritario—. Busca a la policía, dile a Arturo que estás a salvo y prepárense para lo que viene.
—¿Y tú qué vas a hacer, Gael? —preguntó Marta, mirándolo con preocupación a pesar de su enojo.
Gael se agachó para recoger del suelo su arma reglamentaria, la cual se le había caído durante el forcejeo con Fulanito. Limpió el lodo del cañón con su pantalón, introdujo el cargador y cortó cartucho con un sonido seco y letal.
—Yo voy a ir por ella —sentenció Gael, con una mirada fría que prometía violencia—. Y no me detendré hasta haber eliminado a cada miembro de "Los Cuervos" que se interponga en mi camino.
Se subió a su auto, encendió el motor y aceleró a fondo, siguiendo el rastro de las llantas de los secuestradores bajo la lluvia torrencial.
La cacería había comenzado. Gael Di'Angelo regresaba a su antiguo territorio, dispuesto a desatar el infierno sobre Costa Norte para recuperar a la única mujer que le había devuelto la humanidad.




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