Gael regresó a su celda, ese espacio oscuro y lúgubre que actuaba como un constante recordatorio de su propia desgracia. El pasado lo había condenado a la reclusión, despojado de su libertad y confinado tras unos barrotes de acero frío que parecían absorber la poca calidez de su alma. La culpa lo carcomía por dentro; sentía un nudo asfixiante en la garganta que no lo dejaba respirar. Sus crímenes, sus muertos y todo el daño irreparable que había causado a lo largo de los años ahora se le cobraban allí, en la más absoluta soledad.
De pronto, una rabia sorda y feroz —la más destructiva que un ser humano puede experimentar— se apoderó de él. Pero no era rabia contra la prisión, sino contra sí mismo, por no haber elegido un camino diferente. Se preguntaba con amargura qué habría pasado si a los dieciséis años no se hubiera dejado convencer por aquel amigo. Su historia sería otra, muy lejos de este rincón escalofriante.
Sin embargo, una pequeña luz de esperanza aún brillaba en sus ojos apagados. Pensar en Valeria, en su sincero «te creo» y en aquel beso cargado de promesas, le devolvía las fuerzas para aferrarse a la vida. Gael no era un recluso común; había sido uno de los temidos jefes de los Tiburones. Desgraciadamente, la prisión también albergaba a miembros de su antigua pandilla rival, los Cuervos. Al enterarse de que el «Carnicero» estaba recluido a solo unas celdas de distancia, no tardaron en hacerle llegar un mensaje claro: la penumbra del calabozo no sería, ni de cerca, lo peor que le iba a pasar. Querían venganza. Querían ver muerto al hombre que había destruido a su banda, a sus amigos y a sus familias.
Gael no buscaba más problemas; solo quería cumplir su condena en paz. Pero los Cuervos no se lo pondrían fácil. A través de constantes amenazas, provocaciones y sutiles represalias en los pasillos comunes, se encargaban de recordarle que ahora estaba completamente solo y desprotegido.
Mientras tanto, Valeria intentaba por todos los medios mover sus influencias para reducir la pena de Gael, quien todavía esperaba una sentencia definitiva. A pesar de sus buenas intenciones, carecía del peso político y social necesario para lograr un cambio real. A cada puerta que llamaba en busca de ayuda, recibía un portazo en la cara. Nadie estaba dispuesto a mover un solo dedo por un asesino. Por más que ella insistía con desesperación en que Gael era un hombre renovado, alguien que intentaba ser «normal» y que ya no representaba un peligro para nadie, el peso del pasado de su amado parecía sepultar cualquier intento de redención.
Un mediodía, mientras Gael intentaba tomar un poco de sol en el patio de la prisión, la banda de los Cuervos lo cercó en un parpadeo. Lo sujetaron con violencia de los brazos y las piernas, anulando cualquier posibilidad de defensa. Sin piedad, le propinaron una paliza descomunal, dejándolo tirado, inconsciente y ensangrentado sobre el frío pavimento del patio.
Para cuando los guardias reaccionaron e intervinieron, el cuerpo de Gael ya estaba cubierto de heridas profundas y contusiones severas. La sangre brotaba sin control de su cabeza, cuello, brazos y piernas. De inmediato, se dio la alarma médica. Al llegar al lugar y evaluar la gravedad de la situación, el médico de la prisión se llevó las manos a la cabeza y ordenó el traslado de urgencia.
—¡Aquí no podemos atenderlo! —exclamó el doctor, visiblemente alterado—. No tengo el instrumental quirúrgico ni los insumos necesarios para estabilizarlo. ¡Hay que trasladarlo de inmediato a un hospital de alta complejidad o este hombre morirá en mis manos!
Con la poca humanidad que les quedaba a los guardias y al alcaide, se autorizó el traslado de emergencia en ambulancia.
En el abismo de su semiinconsciencia, agotado del dolor y del sufrimiento mental, Gael pensó que lo mejor sería dejarse ir. Tal vez morir era el precio justo que debía pagar por sus errores de juventud. Intentaba hablar, pedir ayuda, pero la voz no le salía de la garganta. Intentaba mover los dedos, pero su cuerpo parecía de piedra, desconectado de su voluntad. Poco a poco, una intensa y pacífica luz blanca comenzó a vislumbrarse al final de un largo túnel.
Valeria, ajena a la tragedia, ya había recorrido el mapa de la ciudad buscando una solución. Había ido a los lugares más remotos e improbables, pero todo había resultado en un fracaso absoluto. Solo le quedaba una última opción, una alternativa que le aterraba pero que representaba su única esperanza: rogarle ayuda al hombre más rico y poderoso de la ciudad, su propio padre, Arturo Montenegro.
Mientras ella conducía con el estómago hecho un nudo por el pesado tráfico del centro, el sonido estridente de una sirena cortó el aire.
—¡Despejen la vía, por favor! ¡Tenemos un paciente en estado crítico entre la vida y la muerte! —gritaba el paramédico por el megáfono de la ambulancia.
Valeria escuchó la advertencia con claridad y, con el corazón encogido de empatía, orilló su vehículo para ceder el paso a la unidad médica. No tenía idea de que, en la camilla trasera de ese vehículo que acababa de rebasarla, Gael se debatía entre la vida y la muerte.
—Pobre chico —susurró Valeria para sí misma, mirando cómo se alejaba la ambulancia—. Ojalá logre salvarse.
Valeria retomó la marcha, acelerando lo más que el tráfico le permitía. Sabía perfectamente que convencer a su padre de que la ayudara a ella y a un convicto no sería una tarea sencilla. Intentaba ensayar mentalmente las palabras correctas, el tono preciso que lograra ablandar el frío corazón de Arturo Montenegro, pero cada discurso que formulaba terminaba chocando contra la realidad de un previsible rechazo.
—Tengo que intentarlo. Vamos, Valeria, sé fuerte —se autoanimó, apretando el volante—. El destino del amor de tu vida está en tus manos y en lo que seas capaz de decir hoy.
Al llegar a las oficinas de la inmobiliaria familiar, Valeria aparcó su coche. Al bajar, sintió que las piernas le flaqueaban; cada paso hacia la entrada era una tortura física, como si sus tacones pesaran veinte kilos cada uno. La tensión acumulada le oprimía el pecho, dificultándole la respiración. Pero no podía dar marcha atrás. Había llegado el momento de confrontar a su padre y revelarle toda la verdad, con la esperanza de que, al ver su desesperación sincera, él no se negara a tenderles una mano.
Mientras tanto, en la ambulancia, cada segundo que transcurría acercaba más a Gael a la muerte. El vehículo derrapó al llegar a la rampa de emergencias del hospital, donde los paramédicos bajaron la camilla a toda velocidad, gritando instrucciones.
—¡Una camilla de inmediato! ¡Código rojo! —exclamó uno de los paramédicos mientras empujaba el soporte metálico.
—¿Qué tenemos aquí? —preguntó el cirujano de turno, saliendo a su encuentro en el pasillo de urgencias.
—Varón joven, víctima de una agresión severa —respondió el paramédico sin disminuir el paso—. Múltiples traumatismos en el pecho, abdomen, pelvis y rostro. Presenta fracturas óseas evidentes y signos de hemorragia interna.
—¡Directo a la sala de trauma! —ordenó el médico—. Hay que intervenir de inmediato antes de que entre en choque hipovolémico.
El grupo de médicos y enfermeros corrió a toda prisa por el pasillo del hospital. Era una carrera contra el reloj donde la muerte parecía llevar la delantera.
Paralelamente, Valeria entraba en la recepción de la inmobiliaria. La tensión en su rostro era evidente. Se acercó rápidamente al escritorio de la secretaria de confianza de su padre.
—Carmenza, por favor, dime que mi padre está libre. ¿Dónde está? —preguntó Valeria con la voz entrecortada.
—Señorita Valeria, buenas tardes —respondió Carmenza, sorprendida por su agitación—. En este momento su padre se encuentra en su oficina con el joven Diego Castellanos. Si gusta, puedo anunciarla para que pase.
Valeria hizo una mueca de profundo desagrado.
—¿Diego? ¿Otra vez? ¿Hasta cuándo va a seguir mi padre insistiendo con ese tipo? Sí, Carmenza, por favor. Dile que estoy aquí, que necesito hablar con él y que es un asunto de extrema urgencia.
Carmenza asintió y se comunicó por el intercomunicador privado de la oficina presidencial.
—Señor Arturo, disculpe la interrupción. Su hija Valeria está aquí abajo y solicita verlo de inmediato. Insiste en que es algo muy urgente.
La voz de Arturo Montenegro sonó firme a través del aparato:
—Claro, Carmenza. Dile que suba de inmediato a mi oficina.
La secretaria miró a Valeria con una sonrisa amable.
—Señorita Valeria, puede subir cuando guste. El señor Arturo la está esperando.
—Gracias, Carmenza —respondió Valeria de forma mecánica.
Tensa y con los músculos rígidos por el pánico, Valeria subió las escaleras paso a paso. No tenía un guion preparado, no sabía qué argumentos usar ni cómo reaccionaría su padre ante semejante confesión. Estaba tan absorta en sus propios temores que, de repente, se descubrió parada frente a la imponente puerta de madera de la oficina de Arturo. Inspiró hondo, tratando de llenar sus pulmones de aire y valor.
«Es ahora o nunca, Valeria», se dijo a sí misma.
Dio tres golpes suaves sobre la madera. *Toc, toc.*
—¿Eres tú, cariño? —se escuchó la voz de Arturo desde el interior.
—Sí, papá, soy yo —respondió ella, tratando de mantener la voz firme.
—Pasa, mi amor, adelante.
Valeria empujó la puerta con una energía desmedida, traicionada por la inyección de adrenalina que recorría su cuerpo, provocando que la puerta se abriera de par en par con un golpe seco contra el tope de la pared.
—¿Estás bien, hija? —preguntó Arturo, arqueando una ceja ante el intempestivo ingreso.
Valeria levantó la cabeza para evaluar la situación. Al fondo del elegante despacho, su padre y Diego compartían una copa de un whisky de reserva exclusivo.
—Sí, estoy bien... —respondió Valeria, barriendo a Diego con una mirada de desprecio—. Ya veo que están celebrando algo importante, considerando que esa botella no la abres para cualquiera.
—Ay, cariño, no seas tan severa. ¿Qué va a pensar Diego de tus modales? —comentó Arturo con una risa condescendiente—. Y por supuesto que este licor no es para cualquiera; por eso lo estoy compartiendo con este joven tan brillante y simpático. ¿No te parece que es un muchacho muy apuesto?
Valeria contuvo una mueca de fastidio y dio un paso al frente, clavando la mirada en su padre.
—Papá, necesito hablar contigo a solas. Ahora mismo —sentenció. Su tono, firme y gélido, sonó más como una exigencia innegociable que como una petición.
Mientras tanto, en el quirófano del hospital, la situación de Gael era crítica. Las alarmas de las máquinas no paraban de pitar de forma intermitente.
—¡Doctor, los signos vitales están cayendo drásticamente! —gritó la enfermera de anestesia—. ¡Entró en paro respiratorio! ¡Código rojo!
—¡Traigan el carro de paro ya! —ordenó el cirujano, posicionándose sobre el pecho de Gael para iniciar las compresiones—. ¡Carguen a doscientos julios! ¡Fuera todos!
Se escuchó el golpe de la descarga sobre el pecho inmóvil de Gael. El monitor seguía mostrando una línea plana y un pitido continuo.
—Nada, doctor. Sin respuesta —informó la enfermera con urgencia.
—¡Suban a doscientos cincuenta julios! ¡Fuera! —repitió el médico, aplicando de nuevo las paletas.
El cuerpo de Gael se sacudió por el impacto eléctrico, pero el monitor cardíaco no reaccionó.
En ese instante de muerte clínica, el alma de Gael pareció desprenderse de la pesadez de su cuerpo herido. Libre de dolor, flotó por unos instantes en la esquina superior del quirófano. Con una profunda paz que jamás había sentido en vida, contempló el caos del personal médico y el esfuerzo desesperado del cirujano por devolverle el pulso.
«Gracias por intentarlo, doctor», pensó Gael con serenidad, sintiéndose listo para cruzar el umbral definitivo y dejar atrás el sufrimiento de su pasado.
—¡Carguen a trescientos julios! —exclamó el cirujano, negándose a darse por vencido—. ¡Vamos, muchacho, no te rindas ahora! ¡Fuera!
El choque eléctrico de trescientos julios, sumado a una dosis masiva de adrenalina que corría por sus venas, hizo que el corazón de Gael diera un vuelco violento. En ese mismo microsegundo, su alma fue arrastrada de vuelta, fundiéndose nuevamente con el dolor y el calor de su cuerpo físico.
El pitido continuo del monitor cesó, dando paso a un ritmo débil pero constante.
—¡Tenemos pulso! ¡Volvió! —anunció la enfermera con alivio evidente en el rostro.
El cirujano exhaló un suspiro profundo y una sonrisa de triunfo se dibujó tras su mascarilla quirúrgica.
—Excelente. No perdamos tiempo, la hemorragia sigue activa. ¡Hay que operar ya!