Valeria apenas podía creerlo. El hombre que tanto amaba, por el que había llorado y luchado contra viento y marea, por fin era libre. Al ver la silueta de Gael cruzando la puerta de la prisión, el corazón le dio un vuelco. Se llevó las manos a la boca, ahogando un sollozo de pura felicidad, y luego se tocó la cabeza, como si necesitara asegurarse de que no estaba soñando.
En un impulso de infinita gratitud, se giró hacia su padre. Se colgó de su cuello y le plantó un beso lleno de ternura en la mejilla.
—¡Gracias, papi! ¡Gracias, te amo! —exclamó con la voz quebrada por la emoción.
Antes de que Arturo pudiera reaccionar o articular una sola palabra, Valeria ya se había soltado para correr al encuentro de Gael.
El alcaide de la prisión, que observaba la escena con las manos a la espalda, carraspeó para llamar la atención de Valeria, quien ya se encontraba al lado de Gael, sosteniendo con firmeza las empuñaduras de su silla de ruedas.
—Le recomiendo que lo lleve directamente a un centro médico para que pueda continuar con su recuperación —sugirió el alcaide con tono profesional—. Su cuerpo aún está muy débil.
—Claro que sí, de inmediato —respondió Valeria sin apartar los ojos de Gael, cuya mirada cansada pero brillante se lo decía todo.
Valeria empujó la silla con cuidado hacia donde la esperaban Ricardo, Isa y Arturo. Al detenerse, Gael quedó frente a frente con el imponente Arturo Montenegro. El aire pareció volverse denso. Las miradas de ambos hombres se clavaron la una en la otra, y un silencio incómodo, cargado de historia y cuentas pendientes, se instaló entre el grupo.
Gael tragó saliva, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, y rompió el hielo con voz ronca pero firme.
—Gracias, señor Montenegro —dijo mirándolo a los ojos—. Gracias por haber intervenido para liberarme. Sé que no tenía por qué hacerlo.
Arturo lo observó desde su altura, con una expresión severa que no se ablandó ni un milímetro.
—No me tienes que dar las gracias a mí, Gael —sentenció Arturo, con esa voz que solía imponer respeto en cualquier lugar—. Si estás fuera, es únicamente por mi hija. Ella fue quien me convenció, y por ella movería el cielo y la tierra. Pero quiero que recuerdes muy bien lo que te dije hace tiempo: si vuelves a herir a Valeria, o si por tu culpa ella sufre el más mínimo daño, yo mismo me encargaré de enviarte a una prisión donde esta en la que estuviste te va a parecer un castillo. Quedas advertido.
La tensión aumentó exponencialmente. A Gael se le formó un nudo asfixiante en la garganta. La advertencia del magnate no era un juego, pero miró a Valeria y, encontrando el valor en sus ojos, respondió:
—Lo sé, señor Montenegro. Su hija es lo único que tengo en este mundo. Ella es mi vida, y le juro que no la defraudaré... ni a ella, ni a usted.
Gael intentó levantar el brazo para sellar la promesa con un apretón de manos, pero las vendas apretadas y el pesado yeso se lo impidieron, dejándolo a mitad de camino en un gesto frustrado.
Ricardo, notando que la situación se estaba volviendo demasiado densa, decidió intervenir con su habitual ligereza.
—¡Bueno, bueno! Ya basta de caras serias. ¡Vamos por unos helados, yo invito! —exclamó con una sonrisa, rompiendo la rigidez del momento.
—¡Yo quiero uno de chocolate! —secundó Isa de inmediato, captando la señal de su amigo.
—Y yo uno de arequipe —añadió Valeria, regalándole a Gael una sonrisa cómplice mientras comenzaba a empujar la silla de ruedas hacia la salida—. Nos lo hemos ganado.
Al llegar a la heladería, las risas regresaron y, por un momento, el sabor del helado y la brisa de la tarde les hicieron olvidar el sabor amargo del pasado.
Tres semanas después, el panorama era completamente distinto. Valeria caminaba a paso apresurado por los pasillos del hospital. Hoy era un día crucial: a Gael finalmente le daban el alta médica. Sus heridas habían cicatrizado bien y su cuerpo respondía de maravilla al tratamiento.
Valeria e Isa llegaron a la habitación, donde Gael ya las esperaba de pie, con la ropa de calle puesta y una chispa de ilusión en los ojos. Estaba listo para empezar de cero, especialmente ahora que Arturo, en un voto de confianza silencioso, le había ofrecido un puesto como abogado en la inmobiliaria de la familia.
—¿Listo para tu nueva vida, abogado? —le preguntó Valeria, abrazándolo por la cintura.
—Más que listo, mi amor. Solo si es a tu lado —respondió él, besando su frente.
Sin embargo, justo cuando se disponían a cruzar el umbral de la salida, Valeria sintió un repentino vacío en el estómago. Un mareo leve la hizo tambalearse. Se llevó una mano a la sien, tratando de disimular.
—¿Te pasa algo, Vale? —preguntó Isa, notando que perdía el color.
—No, no es nada... solo me levanté muy rápido —mintió Valeria, restándole importancia.
Fue un grave error. En cuanto cruzaron las puertas automáticas que daban a la calle, el dolor en el bajo vientre aumentó de golpe, agudo y punzante. La vista se le nubló por completo y las piernas le fallaron, haciéndola desplomarse sobre el frío suelo antes de que nadie pudiera sostenerla.
—¡Un doctor! ¡Por favor, un doctor! —gritó Gael, desesperado, cayendo de rodillas junto a ella sin importarle el dolor residual de sus propias heridas.
De inmediato, varias enfermeras acudieron al grito de auxilio con una camilla, trasladando a Valeria a toda prisa a una sala de emergencias.
Pasaron los minutos que parecieron horas, hasta que Valeria abrió lentamente los ojos, encontrando el rostro angustiado de Gael y la mirada preocupada de Isa a los pies de la cama.
—Tranquila, ya estás a salvo —le susurró Gael, tomándole la mano.
El médico de turno entró a la habitación revisando una tablilla médica. Al ver que la paciente ya estaba consciente, asintió con suavidad.
—Recomiendo hacerle varios exámenes de sangre de inmediato —indicó el doctor—. Entre ellos, realizaremos una prueba de embarazo para descartar cualquier sospecha y tener un panorama claro.
Tras una larga y tortuosa espera de un par de horas, el médico regresó con los resultados en la mano. Su rostro ya no lucía preocupado, sino que esbozaba una ligera y tranquilizadora sonrisa.
—Señorita Montenegro, ya tengo aquí los resultados. Puede estar tranquila, orgánicamente todo está en perfecto orden —dijo el médico, acomodándose las gafas.
—¿Y entonces por qué se desmayó de esa manera? —preguntó Gael, con el corazón todavía acelerado por el susto.
El médico miró fijamente a Valeria y luego a Gael, disfrutando un poco del misterio antes de dar la gran noticia.
—A ver... el desmayo fue el resultado de una baja de presión combinada con el cansancio físico y el estrés de las últimas semanas. Pero hay algo más que deben saber. Señorita Montenegro, usted... usted está embarazada.
La noticia flotó en el aire durante un segundo de absoluto silencio. Para Gael, fue como si el universo entero se hubiera alineado, como si le hubiese tocado la lotería de la vida. Sus ojos se abrieron de par en par y una sonrisa gigantesca, que no le cabía en el rostro, se dibujó en sus labios.
—¿Embarazada? —susurró, procesando la palabra—. ¡Embarazada! ¡Amor, voy a ser papá! ¡Voy a ser papá!
Sin poder contener la emoción, Gael comenzó a dar pequeños saltos de alegría alrededor de la camilla, con lágrimas de felicidad brillando en sus ojos.
Valeria, con los ojos empañados por la emoción, tampoco pudo ocultar la inmensa dicha que le inundaba el pecho. Miró a Isa, su mejor amiga, quien ya estaba chillando de la emoción. Ambas se fundieron en un abrazo apretado, riendo y llorando de felicidad en medio de aquella habitación de hospital que, de repente, se había llenado de luz y de un futuro brillante.