Amor Platónico

Capítulo 4 La promesa que nadie conocía

Hay promesas que nacen del amor y otras que nacen del miedo. Algunas mantienen viva la esperanza, mientras que otras se convierten, con el paso de los años, en cadenas invisibles. Pero existe una verdad que el corazón tarda en comprender: ninguna promesa debería impedirle al alma descubrir el camino que Dios todavía tiene reservado para ella.

La biblioteca conservaba el mismo silencio de siempre.

Era un silencio particular, hecho de páginas que descansaban en los estantes, de pasos que procuraban no interrumpir los pensamientos ajenos y de esa luz tibia que, al atravesar los ventanales, parecía detenerse unos instantes sobre las mesas de madera antes de continuar su viaje hacia el suelo.

Gabriel conocía aquel lugar desde hacía muchos años. Había acudido allí cuando necesitaba encontrar respuestas en los libros, cuando las preocupaciones le impedían dormir y cuando el mundo exterior parecía demasiado ruidoso para escuchar su propia conciencia. También había regresado en los días en que no buscaba respuestas, sino simplemente un refugio donde pudiera permanecer consigo mismo sin sentirse obligado a explicar sus tristezas.

Sin embargo, aquella tarde la biblioteca tenía un significado diferente.

Elena estaba frente a él.

Había pasado un año desde la última vez que la había visto. Un año durante el cual Gabriel había aprendido a convivir con su ausencia, a reconocer las diferencias entre recordar y esperar, y a comprender que una persona podía dejar una huella profunda en la vida de otra sin necesidad de permanecer a su lado.

Durante aquellos meses, había escrito muchas cartas que nunca envió. Algunas contenían agradecimientos. Otras eran confesiones que no se había atrevido a formular en voz alta. En ciertas páginas había hablado de la nostalgia; en otras, de las pequeñas transformaciones que la amistad de Elena había provocado en su manera de mirar el mundo.

Pero, con el tiempo, las cartas habían dejado de ser una forma de llamar a alguien que estaba lejos. Se habían convertido en un diálogo consigo mismo.

Gabriel había descubierto que, en ocasiones, el corazón necesitaba poner en palabras lo que la realidad no estaba preparada para recibir.

Por eso llevaba una carta en el bolsillo interior de su abrigo aquella tarde.

No sabía si se la entregaría.

La había escrito unos días antes, cuando supo que Elena había regresado a la ciudad y que participaría en una actividad cultural organizada por la biblioteca. Al enterarse, había sentido una emoción tan intensa que durante unos segundos todos los aprendizajes de aquel año parecieron tambalearse.

No había sido una alegría sencilla.

Había sido una mezcla de sorpresa, esperanza, temor y una nostalgia que, lejos de desaparecer, parecía haber permanecido en un rincón silencioso de su alma, esperando el momento de volver a respirar.

La primera reacción de Gabriel había sido imaginar cómo sería el encuentro. Se preguntó si Elena conservaría la misma sonrisa, si sus ojos tendrían la misma expresión serena, si al verlo sentiría la misma cercanía que había existido entre ambos antes de su partida.

Después se reprendió suavemente.

Había aprendido que el amor no debía construirse sobre escenas imaginadas, porque las escenas imaginadas pertenecían a quien las creaba, no necesariamente a la persona que aparecía en ellas.

Elena no tenía la obligación de regresar convertida en la mujer que él recordaba.

Podía haber cambiado. Podía haber atravesado experiencias que la hubieran transformado. Podía tener nuevas prioridades, nuevas heridas, nuevas alegrías y una vida que ya no tuviera espacio para las conversaciones que antes compartían.

Y él debía estar preparado para conocer a la Elena verdadera, no solamente a la Elena que había conservado en su memoria.

Aquella era una de las lecciones más difíciles que había aprendido: amar profundamente a alguien también significaba permitirle ser diferente de la persona que uno había imaginado.

Cuando Elena pronunció su nombre, Gabriel sintió que algo antiguo y delicado se despertaba en su interior.

—Gabriel…

Él levantó la mirada.

Durante un instante no encontró palabras. No porque hubiera olvidado cómo hablar, sino porque había imaginado tantas veces aquel momento que la realidad parecía demasiado sencilla para contener todo lo que había sentido.

Elena sonrió con una mezcla de afecto y nerviosismo.

—Ha pasado mucho tiempo.

—Sí —respondió él—. Ha pasado mucho tiempo.

Ambos sonrieron, conscientes de que aquellas palabras apenas rozaban la superficie de todo lo que había quedado sin decir.

No se abrazaron. Tampoco intentaron recuperar de inmediato la intimidad de otros días. Se limitaron a permanecer uno frente al otro, con la prudencia de quienes saben que los vínculos verdaderos no siempre pueden reanudarse exactamente en el punto donde fueron interrumpidos.

Había una historia entre ellos.

Una historia hecha de conversaciones, silencios, libros prestados, preguntas profundas y una despedida que nunca había recibido todas las explicaciones necesarias.

Pero también existía una distancia nueva.

No era una distancia física. Elena había regresado y estaba allí, a pocos pasos de Gabriel. Era una distancia formada por el tiempo, por las experiencias desconocidas y por todas aquellas cosas que cada uno había tenido que aprender sin la presencia del otro.

—Me alegra verte —dijo Gabriel.

—A mí también me alegra verte.

Elena bajó los ojos por un momento. Sus dedos se entrelazaron sobre el pequeño bolso que llevaba consigo. Parecía buscar el valor para comenzar una conversación que había postergado durante mucho tiempo.

Gabriel reconoció aquella expresión. La había visto en ella cuando intentaba hablar de asuntos dolorosos y no encontraba la manera de hacerlo sin sentirse vulnerable.

—¿Podemos sentarnos? —preguntó ella.




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