Amor, Poder Y Obsesión: Nivel 1 Vol 1

CAPÍTULO OCHO

CAPÍTULO OCHO

 

23 de septiembre del 2014

Kathleen

El viernes a la madrugada, la muchacha que decidió acabar con su vida una noche de agosto, me visita en mis sueños. Me tiende una mano en medio del vacío, uno tan oscuro que podría considerarse como el hoyo en el que estoy inmersa sin poder moverme desde hace años.

Mi corazón palpita como loco cuando abro los ojos desesperada, al mirar en todas las direcciones posibles creyendo aún por el efecto del sueño, que esa joven chica estaría por algún rincón de mi cuarto, la angustia se apodera de todo lo que soy.

Y la dura pregunta de Ethan, toca mi conciencia:

<< ¿Cómo es que alguien se odiaría tanto a sí mismo para pensar en dejar este mundo? >>

Es un mártir para mi conciencia, que me escoce en la parte baja de mi cuello, justo en mi nuca, se siente como fuego, un fuego que se va extendiendo hacia mi cabeza y a mis pies, abarcándome por completo.

Es tanta la culpa que me está consumiendo desde adentro hacia fuera. Me consume integra.

Y la realidad debe caerme como un baldazo de agua helada sobre mi cara, porque son preguntas que quizás podría cuestionármelas a mí misma, pero no las hago, porque son esos límites, o más bien barreras que no cruzo. Temo atravesarlas, y cuando él u otro me las cuestiona en mi propia cara, enseguida un interruptor se enciende e infinitas veces van cayendo esas preguntas, esas cuestiones, esas dudas, recaen todas sobre mí.

<< ¿Realmente me odio a mí misma? >>

<<¿Me odio a mí? O… ¿Detesto mi vida tanto,  que me llevo hasta este punto de cuestionarme mi propia existencia?>>

Calzándome mis pantuflas de garras de oso, bajo a la planta baja, en busca de un vaso de agua. La casa está sumida en un mortífero silencio, la calefacción debe estar funcionando mal de nuevo, porque el frio de afuera está impregnado en cada centímetro de la casa. Froto mis brazos, mientras descuelgo una de mis camperas del perchero de entrada y me la pongo.

Hoy solo soy yo en casa, otra vez.

Muchas personas detestan el hecho de estar solas, y por eso mismo tienen infinidades de amistades, porque de ese modo jamás se sienten desamparados, o del modo en que me siento ahora al estar parada en medio de la sala, de una casa que pareciera estar abandonada. Aunque hay otras personas, que tan solo se acostumbran a estar solas, porque no se preocupan en cambiar la situación, en tomar el poder de ella y darle una vuelta de 180°.

Capaz soy de esas personas que se resignan a lo que tienen delante de sus ojos.

Yo abro los ojos, y me choco con la dura realidad de mi día a día, una vida vacía.

Una persona solitaria con un alma perdida.

Trato de buscar el origen, el día exacto en que mi alma perdió su camino, en que me hice a un lado del camino de la vida y quede varada en el mismo punto hasta que decida revertirlo, pero… ¿Si es que en realidad no quiero cambiar nada?

¿Será que solo me quiero entregar a la merced del destino?

Abro la alacena, y tomando el vaso de cristal, lo pongo debajo del grifo y lo lleno hasta el tope con agua de la canilla.

De nuevo, la voz de Ethan se repite como un eco dentro de mi consciencia, volviendo a tener ese efecto tan poderoso, que es capaz de hacerme pensar en algo que no haría sino, fuera porque llego a tocar a mi alma, vio más allá de mis ojos: me vio a mí.

<< ¿Cómo es que alguien se odiaría tanto a sí mismo para pensar en dejar este mundo?>> continúo cuestionándome a mi misma.

Me preocupo al pensar con la sencillez en que pondría fin a todo, en cuestión de minutos, y lo difícil que se me hace de caminar hacia donde podría tomar un frasco de medicación entera, y tragarme todo el frasco, o lo cansador que me resulta caminar hasta el cuarto de Brad, y tomar el arma de fuego que tiene guardada debajo del colchón por seguridad.

Estoy tan cansada de caminar en la misma baldosa con el mismo destino, cada día, cada semana, hasta cada año, que me he aburrido de vivir de esa manera.

Pero, realmente, tengo que preguntarme una vez más lo que Ethan me dijo ayer:

¿Cómo es que alguien se odiaría tanto a sí mismo para pensar en dejar este mundo?

¿Me odio suficiente para matarme?

Entonces los ojos negros con una mirada oscura, llena de escasa variedad de emociones, a excepción de la tristeza, que es lo que más abunda en esa mirada, con la que esa muchacha miraba a todos lados, incluyéndome a mí, se aparece en mis recuerdos. Volviendo a perturbarme.




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