Amor por contrato

01; leyes y estrellas

Alexandra Bennett era una de las herederas de la familia Bennett.
No la primogénita, no la menor.
La del medio.
La que aprendió demasiado pronto a no ser débil y a no destacar más de lo necesario.

Abogada por vocación y por herencia, trabajaba en el prestigioso despacho de su padre, uno de los más influyentes de Nueva York. Sabía moverse entre contratos millonarios, silencios incómodos y decisiones que marcaban destinos ajenos. Su apellido abría puertas… y también imponía obligaciones.

—Señorita, su padre quiere hablar con usted —anunció una mujer al entrar con cautela.

Alexandra no levantó la vista de los documentos que revisaba, como si cada palabra escrita fuera una barrera entre ella y el mundo.

—Dile que iré en unos momentos —respondió con una voz serena, pulida, la voz de alguien que sabía cuándo hablar… y cuándo callar.

—Señorita, el señor Isaac dijo que es urgente —añadió la secretaria, esta vez con un dejo de preocupación.

Alexandra suspiró despacio.

Cerró la carpeta.
Se levantó.

El sonido de sus tacones de punta resonó con precisión sobre el mármol del pasillo mientras caminaba con una elegancia casi automática. No corría. No dudaba. Cada paso estaba medido, como si incluso su forma de andar tuviera que demostrar algo. Sin tocar la puerta, entró al despacho principal.

Su padre la esperaba de pie, junto a la ventana, con las manos cruzadas a la espalda.

—¿Ya lo pensaste? —preguntó sin rodeos.

—¿Pensar qué? —respondió ella, cruzándose de brazos.

Isaac Bennett se giró lentamente hacia ella.

—Tienes veinticinco años, Alexandra. Yo ya estoy grande, tu madre también. Queremos nietos.
Hizo una pausa, calculada.
—Además, tu exnovio te quemó prácticamente. No nos has presentado a nadie en dos años.

Alexandra apretó la mandíbula.

—Eso no es asunto del despacho —dijo con frialdad.

—Es asunto de la familia —corrigió él—. Hija, cúmplenos al menos el sueño de ver un nieto tuyo.

Ella soltó una risa corta, incrédula.

—¿Y Tom o Theo? —replicó—. También son tus hijos.

—Tom es un mujeriego, no creo que siente cabeza. Le encanta viajar, desaparecer, no hacerse cargo —respondió sin titubeos—. Y Theo es apenas un adolescente.

—¿Y yo qué? —preguntó Alexandra, dando un paso al frente—. Yo trabajo. Yo sostengo casos. Yo viajo por el mundo. Yo cumplo.

—Cumples en todo… menos en lo que importa para esta familia.

El silencio se tensó entre ambos.

—¿Por qué no aceptas una cita a ciegas? —propuso Isaac al fin—. El hijo de un amigo. Buena familia. Buena reputación. Buen futuro.

Alexandra negó con la cabeza.

—No soy un proyecto social, papá.

—No es una orden —mintió—. Es una oportunidad.

Ella caminó hacia el escritorio, apoyó las manos sobre la madera pulida y bajó la mirada unos segundos. Pensó en los titulares. En el apellido Bennett. En el escándalo que aún flotaba como una sombra. En lo cansada que estaba de justificar su vida.

—Una cita —dijo finalmente—. Solo una.

Isaac sonrió, satisfecho.

—Eso es todo lo que pido.

Alexandra se enderezó, volvió a colocarse la máscara perfecta y caminó hacia la puerta.

...

Sophia llevaba casi diez minutos mirando a Alexandra como si acabara de confesarle un crimen.

—No —dijo al fin, tajante—. Absolutamente no.

—Phia… —Alexandra se dejó caer en el sofá del departamento con un suspiro calculado.

—No me llames así cuando estás a punto de meterme en problemas legales —replicó Sophia, cruzándose de brazos—. ¿Estás loca? ¿Quieres que vaya a una cita haciéndome pasar por ti?

Alexandra inclinó la cabeza, observándola con calma. Siempre había admirado esa reacción en su mejor amiga: la indignación primero, la lógica después. Sophia —o Phia, como solo Alexandra la llamaba— no venía de un mundo de apellidos pesados ni despachos de cristal. Su familia era de clase media, trabajadora, honesta. Nada de lujos excesivos. Nada de contactos influyentes. Nada de contratos disfrazados de favores.

—No es “hacerte pasar por mí” para siempre —dijo Alexandra con suavidad—. Es solo una cita. Una noche. Nada más.

—Eso es exactamente lo que dijiste cuando me pediste que te cubriera con aquel profesor —bufó Phia—. Y terminó durando un semestre.

Alexandra esbozó una leve sonrisa.

—Y funcionó.

Sophia negó con la cabeza y se sentó frente a ella.

—¿Por qué no vas tú? —preguntó—. Eres adulta. Abogada. Supuestamente poderosa.

Alexandra desvió la mirada hacia la ventana. Nueva York brillaba allá afuera, indiferente.

—Porque no quiero —respondió con honestidad—. Porque sé que no es una cita normal. Porque mi padre no hace nada sin un motivo. Y porque… —hizo una pausa— no estoy lista para sentarme frente a alguien fingiendo algo que ya me exigieron demasiadas veces.

El silencio cayó entre ellas.

—¿Y por qué yo? —preguntó Phia más bajo.

Alexandra la miró entonces, directo a los ojos.

—Porque confío en ti. Porque no perteneces a ese mundo y no te van a reconocer. Porque sabes actuar cuando es necesario.
Sacó un sobre del bolso y lo dejó sobre la mesa.
—Y porque esto te ayudaría.

Sophia frunció el ceño, tomó el sobre y lo abrió. Sus ojos se agrandaron apenas vio la cifra.

—Alex… esto es mucho dinero.

—Para mi familia es insignificante —respondió sin emoción—. Para ti puede significar tranquilidad. Pagar deudas. Ayudar a tu mamá. No tener que aceptar tres turnos seguidos.

Phia cerró el sobre lentamente.

—Esto está mal —susurró.

—Lo sé —admitió Alexandra—. Pero solo será una vez. Nadie saldrá herido.

Sophia la miró largo rato. Vio a su amiga elegante, perfecta, atrapada en una jaula dorada que nunca eligió. Vio también la oportunidad… y el riesgo.

—¿Y si algo sale mal? —preguntó.

—No saldrá —dijo Alexandra con seguridad—. Es solo una cena. Sonrisas. Educación. Luego te vas.




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