Amor por conveniencia

Dulce Confusión.

Nicholas.

Observo a Venecia mientras, de forma desmedida, toma trago tras trago. Si no la conociera, pensaría que intenta ahogar un desamor.

Pero no... la realidad es mucho más simple.

Está tranquila.

Porque cree que, pase lo que pase esta noche, yo estaré ahí para cuidar de ella.

—Come algo, Vene. Estás tomando demasiado vino y no has probado un solo bocado.

Levanta la cabeza con una sonrisa torpe, de esas que solo aparecen cuando el alcohol ya hizo estragos.

—¿Sí me quieres, verdad? Yo quiero que me quieras.

Suelto una risa baja.

—Claro que te quiero.

Ella niega con el dedo, como si acabara de decir la mayor mentira del mundo.

—No... así no.

Frunzo el ceño.

—¿Entonces cómo?

Venecia deja la copa sobre la mesa con demasiada fuerza. El cristal resuena y varias personas giran la cabeza hacia nosotros. A ella parece no importarle.

Se inclina sobre la mesa hasta quedar peligrosamente cerca de mí.

—Como se quiere a una esposa, si quisieras quererme así.

El aire abandona mis pulmones.

Mierda.

La observo esperando que rompa a reír, que diga que está bromeando... pero no ocurre.

Sus ojos están vidriosos por el alcohol, aunque la sinceridad que reflejan es imposible de fingir.

—Venecia...

—Somos esposos. —Se ríe bajito—. ¿Sabes qué es lo más divertido? Que nadie lo sabe, es nuestro secreto.

Aprieto la mandíbula.

—Hablas demasiado cuando bebes.

—Porque el vino me hace valiente, o torpe.

Se acomoda un mechón detrás de la oreja y continúa hablando como si estuviera confesando el secreto más insignificante del mundo.

—Aceptaste casarte conmigo para que tu padre te entregara la herencia en vida... y yo acepté porque me prometiste que me ayudarías a demostrar que mi hermana me tendió una trampa.

Baja la mirada.

—Todos creen que fui yo la estafadora... incluso hubo días en los que pensé que jamás podría limpiar mi nombre.

Sus dedos juegan con la copa.

—Pero apareciste tú.

Mi pecho se comprime.

Porque recuerda exactamente el motivo por el que nos casamos.

Porque jamás le mentí.

La iba a ayudar.

Y lo sigo haciendo.

Solo que, en algún momento del camino, dejé de verlo como un simple acuerdo.

—¿Sabes qué es lo peor? —susurra.

—¿Qué?

Levanta los ojos lentamente.

—Que rompí la única regla.

No respondo.

Ni siquiera sé si quiero escuchar lo que viene.

—Me enamoré de ti.

El mundo entero parece detenerse, ante tal confesión.

La música desaparece.

Las conversaciones alrededor dejan de existir.

Solo quedan sus palabras repitiéndose una y otra vez dentro de mi cabeza.

"Me enamoré de ti."

Ella sonríe con tristeza.

—Qué ridículo, ¿no? Tú nunca quisiste una esposa de verdad. Solo necesitabas una firma... y yo terminé enamorándome del hombre que prometió salvarme.

No...

No digas eso.

No porque no sea cierto.

Sino porque lo es demasiado.

Siento un peso insoportable en el pecho.

Porque quiero decirle que también me pasa.

Que desde hace semanas no puedo dormir sin preguntarme si ya cenó.

Que odio verla llorar.

Que cada vez que alguien la mira más de la cuenta siento unas ganas irracionales de romperle la cara.

Que la palabra "esposa" dejó de sonar como un contrato hace mucho tiempo.

Pero no puedo.

No debo.

Amar nunca ha sido una opción para mí.

Las personas que quiero terminan pagando por mis decisiones.

Mi familia.

Todos.

¿Y ahora ella?

No.

Venecia merece una vida tranquila.

No un hombre como yo.

Ella estira una mano y acaricia mi mejilla con una ternura que me desarma por completo.

—Te amo, Nicholas.

Lo dice con una facilidad que duele.

Como si llevara demasiado tiempo guardándoselo.

Cierro los ojos un segundo.

Solo uno.

Porque si la miro mucho más, voy a cometer el peor error de mi vida.

Voy a responderle.

Y si respondo...

Ya no habrá forma de protegerla de mí.

Así que tomo aire, sujeto con delicadeza su mano y beso sus nudillos.

—Estás borracha, Venecia.

Es la mentira más cobarde que he dicho en toda mi vida.

Porque sé perfectamente que el alcohol solo le dio el valor para confesar algo que lleva sintiendo desde hace mucho.

Y lo peor...

Es que mi corazón respondió antes que mi cabeza.

Porque hace demasiado tiempo que también la amo.

La sujeté antes de que perdiera el equilibrio.

—Vamos a casa.

Ella protestó con un pequeño puchero, pero apenas dio dos pasos antes de aferrarse a mi brazo.

—No quiero irme...

—Lo sé.

—Quiero quedarme contigo.

Sentí un nudo en la garganta.

—Ya estás conmigo.

No volvió a decir nada.

Solo apoyó la cabeza sobre mi hombro mientras caminábamos hacia el auto.

El trayecto fue silencioso.

Venecia se quedó dormida a los pocos minutos, abrazada a mi brazo como si fuera la almohada más cómoda del mundo.

De vez en cuando murmuraba palabras inentendibles.

Hasta que una consiguió atravesarme el pecho.

—Mi esposo...

Apreté con fuerza el volante.

No volvió a hablar.

Al llegar al departamento, la cargué entre mis brazos.

Ni siquiera abrió los ojos.

La acosté con cuidado sobre la cama, le quité los zapatos y cubrí su cuerpo con la manta.

Estaba por marcharme cuando sentí unos dedos sujetando mi muñeca.

Abrí los ojos de golpe.

Ella seguía dormida.

Ni siquiera era consciente de lo que hacía.

—No te vayas... —murmuró.

Me incliné lentamente.

—Aquí estoy.

Entonces sonrió.

Una sonrisa pequeña, tranquila.

Como si con eso le bastara.

Con una delicadeza que jamás había tenido con nadie, aparté un mechón de cabello de su rostro.




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