Cuatro años después, San José seguía siendo el mismo pueblo tranquilo, pero Carlos y María habían crecido. Ya no jugaban a los padres, sino que pasaban las tardes caminando por los senderos del bosque cercano, hablando de sus sueños y sus miedos.
—Quiero ser médico cuando sea grande —dijo Carlos un día, mientras se sentaban en una roca junto a un arroyo—. Quiero ayudar a las personas de nuestro pueblo que no tienen acceso a médicos buenos.
María lo miró con admiración. —Es un sueño muy bonito, Carlos. Yo quiero ser maestra. Me gusta enseñar a los niños pequeños, y quiero que todos en el pueblo tengan la oportunidad de aprender.
—Lo lograrás, María —dijo él, mirándola a los ojos—. Eres muy inteligente y muy buena con los niños.
María se sonrojó y miró hacia el arroyo. No sabía explicarlo, pero cada vez que estaba con Carlos, sentía una sensación de calma y alegría que no tenía con nadie más. Sus padres, sin embargo, empezaban a mirarlos con desconfianza.
—María, no te juntes tanto con ese niño —le dijo su madre una noche, mientras la ayudaba a acostarse—. Sus padres son de otra clase, y no queremos problemas.
—Pero mamá, Carlos es mi mejor amigo —respondió María, con lágrimas en los ojos—. No le hace nada malo a nadie.
—No quiero discusiones, María —dijo su madre, con tono firme—. Haz lo que te digo.
Por su parte, los padres de Carlos también le hablaban de la misma manera. —Carlos, no te juntes tanto con María —le dijo su padre—. Sus padres no nos quieren bien, y no queremos que te metas en problemas.
Carlos no entendía por qué sus padres no aprobaban su amistad. Él sabía que María era una buena persona, y que su amistad era lo más importante que tenía. Pero decidió obedecer a sus padres, aunque le doliera en el alma.
Editado: 14.03.2026