Cuando cumplieron 15 años, la amistad entre Carlos y María se transformó en algo más profundo. Un día, mientras caminaban por el bosque, Carlos se detuvo y miró a María a los ojos.
—María, tengo algo que decirte —dijo él, con la voz temblorosa.
María lo miró, con el corazón acelerado. —¿Qué pasa, Carlos?
—Te quiero, María —dijo él, tomándola de la mano—. No solo como amigo, sino como algo más. Desde hace tiempo, siento algo por ti que no puedo explicar.
María se quedó sin palabras. Ella también sentía lo mismo, pero no se atrevía a decírselo. —Yo también te quiero, Carlos —dijo ella, con lágrimas en los ojos—. Yo también siento lo mismo.
En ese momento, se abrazaron y se besaron por primera vez. Fue un beso tierno y dulce, lleno de amor y promesas. Sabían que su amor era prohibido, pero no podían evitarlo.
Desde ese día, se vieron a escondidas. Se reunían en el bosque, en el arroyo, en cualquier lugar donde nadie los viera. Hablaban de su amor, de sus sueños, de su futuro juntos. Pero sabían que sus padres nunca aprobarían su relación, y que tendrían que luchar por ella.
Un día, mientras se reunían en el bosque, escucharon voces. Se escondieron detrás de un árbol y vieron a los primos de María pasar por el sendero.
—¿Has visto a María? —preguntó uno de ellos—. Mi madre dice que se junta con ese Carlos, y que no le gusta nada.
—Sí, yo también lo he visto —respondió el otro—. Mis padres también dicen que no es bueno que se junten. Los padres de María y los de Carlos no se llevan bien, y no quieren que ellos tengan nada que ver.
Carlos y María se miraron, con miedo en los ojos. Sabían que su secreto estaba a punto de ser descubierto, y que tendrían que enfrentar las consecuencias.
Editado: 14.03.2026