Cuando cumplieron 18 años, Carlos y María decidieron que ya no podían seguir viviendo así. Decidieron escapar del pueblo, irse a un lugar donde nadie los conociera, y empezar una nueva vida juntos.
—María, no puedo seguir viviendo sin ti —dijo Carlos un día, mientras se reunían a escondidas—. Tenemos que escapar. Tenemos que irnos lejos de aquí, donde nadie nos moleste.
—Yo también quiero eso, Carlos —dijo María—. Pero tengo miedo. ¿Qué pasará si nos descubren?
—No nos descubrirán, María —dijo él—. Tenemos un plan. Nos iremos en la noche, cuando todos estén dormidos. Tomaremos el autobús que va a la ciudad, y desde allí iremos a otro lugar.
María asintió, con miedo pero con esperanza. —Está bien, Carlos. Lo haremos.
Pasaron las semanas preparando todo. Ahorraron dinero, compraron ropa y cosas necesarias, y planearon cada detalle de su escape. Pero el día antes de que se fueran, sus padres lo descubrieron.
Los padres de Carlos encontraron el dinero y la ropa que había guardado, y los padres de María encontraron los mensajes que se habían enviado. Los llamaron a ambos y les hablaron con tono furioso.
—¿Qué es esto? —preguntó el padre de Carlos, mostrándole el dinero y la ropa—. ¿Ibas a escapar con esa chica?
—Sí, papá —dijo Carlos—. Yo la quiero, y no puedo vivir sin ella.
—Pues te equivocas, Carlos —dijo su padre—. No te vamos a permitir que te vayas con ella. Vamos a enviarte a estudiar a otro país, donde no puedas verla nunca más.
Por su parte, los padres de María le dijeron lo mismo. —Te vamos a enviar a estudiar a otro país, María —dijo su madre—. Donde no puedas ver a ese chico nunca más.
Carlos y María se miraron, con lágrimas en los ojos. Sabían que su plan había fallado, y que tendrían que separarse.
Editado: 14.03.2026