Unos días después, los padres de Carlos lo llevaron al aeropuerto. Lo iban a enviar a estudiar a Estados Unidos, a una universidad lejana de su pueblo.
—Adiós, Carlos —dijo su padre, con tono frío—. Espero que aprendas la lección y que te olvides de esa chica.
Carlos no respondió. Se subió al avión, con el corazón roto. Miró por la ventana, viendo cómo su pueblo se alejaba, y pensó en María. Sabía que la extrañaría mucho, y que no sabía si volvería a verla.
Por su parte, los padres de María la llevaron al aeropuerto al día siguiente. La iban a enviar a estudiar a España, a una universidad lejana de su pueblo.
—Adiós, María —dijo su madre, con tono frío—. Espero que aprendas la lección y que te olvides de ese chico.
María no respondió. Se subió al avión, con el corazón roto. Miró por la ventana, viendo cómo su pueblo se alejaba, y pensó en Carlos. Sabía que lo extrañaría mucho, y que no sabía si volvería a verlo.
Durante los primeros meses, Carlos y María trataron de mantenerse en contacto. Se enviaban mensajes, se llamaban, se escribían cartas. Pero con el tiempo, los padres de ambos se dieron cuenta y les prohibieron seguir hablando. Les quitaron los teléfonos, les bloquearon las cuentas de redes sociales, y les hicieron imposible mantenerse en contacto.
Así, poco a poco, perdieron el contacto. Carlos se dedicó a estudiar, tratando de olvidar a María. María también se dedicó a estudiar, tratando de olvidar a Carlos. Pero ninguno de los dos pudo olvidar al otro. Su amor era demasiado fuerte, y seguía vivo en sus corazones.
Editado: 14.03.2026