Carlos caminaba por la fiesta, con las manos en los bolsillos y una mirada perdida entre los grupos de gente que reía y bailaba. El olor a chicha morada y anticuchos le trajo recuerdos de cuando eran niños, cuando corrían por estas mismas calles sin preocupaciones, sin saber que el destino les guardaba tantas pruebas. Se detuvo frente a un puesto de artesanías, donde una señora vendía pulseras de hilos de colores, y por un momento, imaginó a María allí, tocando cada pieza con esa curiosidad que siempre la caracterizaba.
—¿Te gusta alguna, joven? —le preguntó la señora, sacándolo de sus pensamientos.
—No, gracias —respondió Carlos, con una sonrisa débil, y siguió caminando.
Mientras tanto, María estaba en la zona de los bailes, mirando a las parejas que giraban al ritmo de la marinera. Su madre le había insistido en que se quedara con ella y sus tías, pero ella había pedido permiso para caminar un rato. Cada paso que daba, sentía que su corazón latía más fuerte, como si algo le dijera que él estaba cerca. Se pasó la mano por el cabello, nerviosa, y se detuvo al ver a un grupo de amigos de la infancia que la saludaron con entusiasmo.
—¡María! ¡Cuánto tiempo! —exclamó Juana, una de sus amigas de la escuela—. No te veíamos desde que te fuiste a estudiar. ¿Cómo te fue en España?
—Bien, muy bien —respondió María, tratando de disimular su inquietud—. Terminé la carrera de educación, como quería. Y ustedes, ¿cómo están?
Hablaron unos minutos, pero María no podía concentrarse. Sus ojos recorrían la multitud, buscando una cara que conocía de memoria, aunque sabía que era imposible que él estuviera allí. O al menos, eso creía.
En ese momento, Carlos se acercó a la zona de los bailes, atraído por la música. Se detuvo al ver a un grupo de personas que conocía, y mientras saludaba a uno de sus primos, su mirada se cruzó con la de alguien que estaba a unos metros de distancia.
El tiempo pareció detenerse.
María estaba allí, con un vestido de flores y los ojos llenos de sorpresa. Carlos sintió que se le quedaba el aire, y sus piernas se quedaron inmóviles. No podía creer lo que veía. Había soñado con ese momento tantas veces, durante esos seis años de distancia, que ahora no sabía si estaba soñando o si era real.
María también se quedó paralizada. Su corazón latía tan fuerte que creyó que todos lo escucharían. Allí estaba él, con el mismo cabello oscuro y los mismos ojos que recordaba, pero con una madurez que le daba un aire más serio. No sabía qué hacer, qué decir. Sus padres le habían dicho que él nunca volvería, que se había quedado en Estados Unidos para siempre, pero allí estaba, frente a ella.
Durante unos segundos, solo se miraron, sin decir una palabra. La música, las risas, todo pareció desaparecer a su alrededor. Solo existían ellos dos, en medio de la fiesta, después de seis años de separación.
Fue Carlos quien dio el primer paso, caminando lentamente hacia ella, como si temiera que ella se fuera a desvanecer si se movía demasiado rápido. María no se movió, sus ojos no se apartaron de los de él.
—María —dijo él, cuando estuvo frente a ella, con la voz temblorosa—. No puedo creer que estés aquí.
María sintió que las lágrimas se le acumulaban en los ojos. —Tampoco yo puedo creerlo, Carlos —respondió ella, con la voz rota—. Pensé que nunca volvería a verte.
—Yo también lo pensé —dijo él, y sin poder evitarlo, extendió la mano y tocó su mejilla, suavemente—. Todo este tiempo, no he dejado de pensar en ti.
María cerró los ojos por un momento, disfrutando de ese contacto que había extrañado tanto. —Yo tampoco, Carlos. Cada día, cada noche, pensaba en ti.
En ese momento, escucharon una voz que los hizo separarse de golpe.
—¡María! ¿Qué haces aquí? —era su madre, que se acercaba con una mirada furiosa, seguida de su padre y varios de sus tíos.
Carlos se giró y vio a sus propios padres, que también se acercaban, con expresiones de desaprobación. La magia del momento se rompió, y el miedo volvió a apoderarse de ellos.
—Tú —dijo el padre de María, mirando a Carlos con enojo—. ¿Qué haces hablando con mi hija? Te dijimos que no te acercaras a ella.
—Yo no he hecho nada malo —respondió Carlos, con firmeza, aunque su corazón latía con fuerza—. Solo estaba saludando a una vieja amiga.
—Amiga, no —dijo la madre de Carlos, acercándose a él—. Sabemos muy bien lo que hay entre ustedes dos, y no vamos a permitir que vuelvan a estar juntos.
María se puso al lado de Carlos, mirando a sus padres con valentía. —Mamá, papá, ya no somos niños. Tenemos derecho a hablar, a vernos, si queremos.
—No, no lo tienes —dijo su padre, agarrándola del brazo—. Vente con nosotros ahora mismo.
—Suelta a ella —dijo Carlos, poniéndose entre María y su padre—. No la toques así.
—¿Cómo te atreves a darme órdenes? —gritó el padre de María, levantando la voz.
La gente alrededor empezó a mirar, y los padres de Carlos se acercaron para separarlos. —Carlos, vámonos —dijo su padre, agarrándolo del brazo—. No queremos problemas aquí.
Carlos miró a María, con los ojos llenos de tristeza y determinación. —Nos veremos de nuevo, María —le dijo, en voz alta, para que ella lo escuchara—. No importa lo que digan, nos veremos.
María asintió, con lágrimas en los ojos, mientras su padre la llevaba lejos de allí. Carlos fue llevado por sus padres en la dirección opuesta, pero mientras caminaba, no dejaba de mirar atrás, hasta que perdió de vista a María entre la multitud.
Esa noche, ninguno de los dos pudo dormir. Estuvieron pensando en el encuentro, en la mirada del otro, en las palabras que se habían dicho. Sabían que el amor que sentían no había desaparecido, que seguía vivo, más fuerte que nunca. Y sabían que, a pesar de la oposición de sus familias, tenían que volver a verse, tenían que luchar por lo que sentían.
Así comenzó una nueva etapa en su historia, una etapa en la que tendrían que verse a escondidas, luchar contra las prohibiciones y demostrar que su amor era más fuerte que cualquier obstáculo.
Editado: 14.03.2026