Amor Que Se Rompe Y Se Reconstruye

REENCUENTROS

SOPHIA:

Londres siempre había sido mi hogar.
La ciudad donde crecí, donde amé por primera vez y donde aprendí a resistir. Nunca me fui. Nunca huí. Mientras algunos necesitaban cruzar océanos para encontrarse, yo me quedé… reconstruyéndome entre las mismas calles que una vez compartimos.
La recepción brillaba con una elegancia calculada. Mármol pulido, luces cálidas, conversaciones suaves deslizándose entre copas de champagne. El tipo de evento donde todo parecía medido, incluso las sonrisas.
—Soph, ven —dijo Max, tocándome apenas el antebrazo—. Quiero presentarte a unos colegas del despacho.
Asentí.
Emily Parker caminaba a mi lado, alta y segura, con ese porte natural que no pedía permiso. Medía cerca de un metro setenta y cinco; su cuerpo, perfectamente proporcionado, se movía con elegancia sin esfuerzo. Sus ojos color miel observaban todo con atención profesional y su cabello castaño claro caía suavemente sobre sus hombros. Abogada brillante. Mi mejor amiga desde hacía dos años. La persona que conocía mis silencios… aunque no todos mis secretos.
Max comenzó a hablar de casos, de clientes, de la firma. Él trabajaba con mi padre; era abogado, como siempre había sido su plan. Alto, rubio, ojos azules fríos, cuerpo ligeramente musculoso bajo el traje impecable. Max encajaba. Siempre encajaba. Yo sonreía, asentía, cumplía el papel esperado.
Y entonces lo sentí.
No fue un recuerdo.
No fue un pensamiento.
Fue una descarga.
Una electricidad lenta y precisa me recorrió la espalda, como si alguien hubiera deslizado los dedos por mi columna sin tocarme. Se me tensó la nuca. El pulso cambió. Sentí calor donde no debía sentir nada.
—¿Todo bien? —susurró Emily sin dejar de sonreír.
—Sí… —mentí.
Pero mi cuerpo estaba alerta. Despierto. Incómodo.
Y entonces lo supe con una certeza inquietante:
Alguien me estaba mirando.
No una mirada casual.
Una que pesaba.
Una que atravesaba.
Busqué el origen con disimulo, recorriendo el salón. Trajes oscuros. Vestidos largos. Conversaciones triviales.
Y lo vi.
Al otro lado, entre un grupo de personas, copa en mano.
Alto. Demasiado alto para pasar desapercibido. Cerca del metro noventa y cinco. Espalda ancha, hombros firmes, cuerpo trabajado con disciplina. Mandíbula marcada. Cabello oscuro. Ojos grises.
Cassian Sterling.
El hombre que durante años vivió a solo una cuadra de mi casa, en los mismos condominios. El hombre con el que compartí mañanas, silencios, miradas robadas. Mi mejor amigo. El amor que nunca tuvo permiso… pero sí memoria.
Cinco años.
Cinco años desde que se fue a Estados Unidos, desde que eligió su ambición, su empresa hotelera, su mundo lejos de aquí. Cinco años desde que dejó atrás una vida que yo seguí habitando.
Treinta y siete años ahora.
Yo, con veintiocho, sentí cómo todo lo que había construido se estremecía en silencio.
Cassian no vino hacia mí.
Hablaba con otros. Reía apenas. Escuchaba con aparente desinterés. Fingía normalidad.
Pero su mirada volvía. Siempre volvía.
Como si quisiera demostrar que no me había extrañado…
y fallara miserablemente.
—Cassian Sterling es impresionante —comentó Emily sin saber lo que provocaba—. En el mundo legal se habla mucho de él. Cinco hoteles de lujo entre Estados Unidos, Londres y Francia. Dicen que es frío.
Frío.
Si supiera.
Sentí la mano de Max posarse en mi espalda.
—Sophia Whitmore —dijo—, quiero que conozcas a alguien.
Antes de que terminara, Cassian se giró… no hacia mí, sino hacia Andrew.
Mi hermano.
Andrew Whitmore, cabello castaño apenas más claro que el mío, ojos verde azulados atentos. Elegante, inteligente. El único que nunca perdió contacto con Cassian… y nunca me lo dijo.
—Andrew —dijo Cassian con calma—. Me alegra verte.
—Igualmente —respondió mi hermano—. Pensé que tardarías más en volver.
Cassian sonrió apenas. Sus ojos, sin embargo, regresaron a mí. Un segundo. Dos.
Suficiente para desarmarme.
—Sophia —dijo Max por fin—, él es Cassian Sterling.
Cassian no dio un paso.
No extendió la mano.
Solo inclinó ligeramente la cabeza, correcto. Distante.
—Whitmore —dijo—. Encantado.
Como si no supiera pronunciar mi nombre.
—Sterling —respondí, sosteniéndole la mirada.
El silencio fue denso. Incómodo. Cargado.
Entonces apareció ella.
Alicia.
Alta, pelirroja, sensual hasta el exceso. Senos firmes, caderas exageradamente marcadas, un cuerpo diseñado para ser observado. Caminaba con una seguridad insolente, sonrisa ladeada, mirada evaluadora.
Se aferró al brazo de Cassian sin pedir permiso.
—¿Ya estás aburrido o todavía fingimos interés? —dijo con una risa suave, claramente calculada.
Luego me miró. De arriba abajo. Sin pudor.
—Oh… —sonrió—. ¿Interrumpí algo?
—Alicia —dijo Cassian sin apartarla—. Ella es Sophia Whitmore.
—Claro que lo es —respondió ella—. Se nota.
—¿Por? —pregunté, tranquila.
—Por la elegancia —dijo—. No es algo que se aprenda… ni se compra.
—En eso estoy de acuerdo… Sophia es perfecta por eso es mi pareja —intervino Max, posesivo.
No pude evitar tensarme ante su comentario.
—Qué alivio —respondió Alicia, alzando su copa—. Odio los malentendidos.
Cassian no dijo nada.
Pero cuando volví a mirarlo, sus ojos grises estaban fijos en mí.
Oscuros. Intensos.
Y en ese instante lo entendí:
💔 No era el reencuentro lo que dolía.
🔥 Era la distancia fingida.
⚡ La forma en que pretendíamos ser extraños… cuando habíamos vivido a una cuadra de distancia y el cuerpo recordaba cada detalle.
Y supe, con una certeza peligrosa, que esto no había terminado.
Apenas estaba comenzando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.