SOPHIA….
El baile terminó sin un final claro.
No hubo aplausos ni risas espontáneas, solo cuerpos separándose con sonrisas educadas y respiraciones que tardaban en encontrar su ritmo.
Max no me soltó enseguida.
Su mano seguía firme en mi cintura, demasiado firme, como si necesitara recordarme algo. Cuando finalmente se apartó, no sonreía. Sus ojos me recorrieron con una atención incómoda, evaluadora.
—¿Qué fue eso? —preguntó.
—¿Eso qué? —respondí, buscando aire.
—No juegues conmigo —dijo en voz baja—. Te tensaste. Te perdiste. Y no fue por la música.
Negué con la cabeza.
—Estás imaginando cosas.
Max dio un paso más cerca, invadiendo mi espacio sin pedir permiso.
—Te conozco —insistió—. Sé exactamente cómo te mueves cuando algo te afecta.
Su mirada se deslizó por encima de mi hombro, directa, sin disimulo.
—¿Fue él?
—No —respondí de inmediato.
—¿Seguro? —apretó la mandíbula—. Porque no me gustó cómo te miraba. Ni cómo tú dejaste que te mirara.
Sentí un nudo seco en el estómago.
—No pasó nada —repetí—. Estás exagerando.
—No me gusta que me mientas —dijo, más serio—. Y menos delante de todo el mundo.
—No te estoy mintiendo.
—Sophia —su voz bajó aún más—, estás conmigo. Y eso significa que no me voy a quedar mirando mientras otro tipo intenta meterse donde no le corresponde.
—Cassian no intenta nada —respondí—. Y yo tampoco.
Max me sostuvo la mirada con una intensidad que rozaba la advertencia.
—No quiero sorpresas —dijo—. No quiero escenas. Y no quiero que nadie piense que puede tocar lo que es mío.
—No soy una cosa —respondí, firme.
—No dije eso —replicó—. Pero no olvides dónde estás parada.
El silencio cayó pesado.
—No pasó nada —dije de nuevo, más despacio—. Nada. ¿Está claro?
Max buscó una grieta que no le di. Finalmente, asintió.
—Bien. Entonces vuelve a sonreír. Vamos con los demás.
Regresamos al grupo.
Cassian estaba allí, junto a Alicia, Emily y Andrew. Todo parecía normal. Demasiado normal. Pero la tensión seguía flotando, invisible y cargada.
Alicia continuaba aferrada a su brazo, altiva, segura, como si su presencia necesitara ser constantemente reafirmada. Cassian, en cambio, tenía la mirada perdida simulando tranquilidad , pero su energía estaba lejos de serlo.
—Bueno… —dijo Emily, rompiendo el silencio con una sonrisa demasiado curiosa—, tengo que preguntar.
La miré.
Sabía que no se detendría.
—En Estados Unidos te vinculaban con mujeres espectaculares —le dijo directamente a Cassian—. Actrices, modelos, herederas… ¿algún nombre que debamos recordar?
Alicia alzó una ceja, divertida.
Cassian ladeó la cabeza apenas.
—La prensa necesita historias.
—Vamos —insistió Emily—. No me digas que todas eran exageraciones.
—La mayoría —respondió con calma.
Andrew rió.
—Eso explica por qué te llaman el soltero más codiciado del sector hotelero —dijo—. Si vas a quedarte en Londres, al menos preséntanos a alguna modelo.
—Andrew —advertí.
—¿Qué? —respondió—. Solo digo.
—No colecciono personas —dijo Cassian con una media sonrisa—. Y no todo lo que se escribe es verdad.
Alicia dio un sorbo a su copa.
—Aunque admitamos que no le faltaron opciones —añadió—. Nunca le faltan.
Fue entonces cuando Max habló.
—Parece —dijo, mirando a Andrew— que tú y el señor Cassian se conocen desde hace mucho tiempo.
La frase cayó con peso. No era curiosidad. Era un aviso.
Andrew arqueó una ceja y sonrió, relajado.
—Desde niños, en realidad —respondió—. Prácticamente nos criamos juntos.
Sentí el cambio inmediato.
Max giró despacio hacia mí. Su expresión ya no era celosa. Era dura.
—Qué raro —dijo—. Nunca me lo mencionaste.
—No es algo importante —respondí rápido—. Éramos parte del mismo círculo. Eso es todo.
Cassian levantó la copa, observándome por encima del borde de cristal.
—Éramos algo más que conocidos —añadió con calma—. Compartimos mucho tiempo.
No dijo más.
No hizo falta.
El silencio se tensó como una cuerda a punto de romperse.
Max apretó la mandíbula.
—¿Ah, sí? —dijo—. Suena… intenso.
Cassian sonrió apenas y bebió de su copa, tranquilo. Demasiado.
—Lo fue —respondió—. Hay cosas que no se olvidan, por más años que pasen.
Mi corazón golpeó fuerte.
—Cassian —intervine—, no exageres.
—No lo hago —replicó sin mirarme—. Solo digo que hubo algo real.
Max se tensó a mi lado.
Fue Emily quien reaccionó primero.
—Bueno —dijo, forzando una risa—, creo que todos necesitamos otra copa, ¿no?
Andrew asintió de inmediato.
—Sí —añadió—. Antes de que esta conversación se vuelva más profunda de lo necesario.
Alicia se acercó aún más a Cassian, marcando territorio.
—Ven —le dijo—. Me prometiste algo de beber.
Cassian la siguió sin protestar, pero antes de irse me lanzó una última mirada.
Lenta.
Consciente.
Max no dijo nada.
Pero su mano volvió a mi espalda, esta vez no como compañía… sino como control.
—Voy al baño —dije de pronto—. Ahora vuelvo.
No esperé respuesta.
Caminé por el pasillo iluminado con luces tenues. El mármol frío bajo mis manos me ayudó a respirar mejor. Me miré al espejo un segundo… y entonces lo sentí.
No me giré enseguida.
—Sigues creyendo que huir resuelve algo —dijo Cassian detrás de mí.
Me giré despacio.
—No actúes como si yo hubiera huido —respondí—. Porque no fui yo.
Cassian frunció el ceño.
—¿No?
—No. Yo me quedé. En Londres. En la misma ciudad. En la misma vida. Fuiste tú el que se fue.
—Me fui porque era lo que tenía que hacer.
—Te fuiste porque fue más fácil —dije con calma—. Para ti.
Cassian dio un paso hacia mí. No invadiendo. Midiendo.
—No sabes de qué hablas.
—Claro que lo sé —respondí—. Siempre fue así. Cuando las cosas se volvían reales… alguien más decidía desaparecer.
Sus ojos bajaron entonces.
No a mis manos.
No a mi cuello.
A mis labios.
Sentí esa mirada detenerse ahí, pesada, peligrosa. Como si por un segundo olvidara dónde estaba. Como si quisiera borrar la distancia de golpe.
Mi respiración se volvió consciente.
Cassian apretó la mandíbula.
Por un instante, su cuerpo pareció inclinarse hacia mí.
Luego se recompuso.
Levantó la vista.
—Eso quedó atrás, Sophia —dijo—. Lo nuestro no fue tan profundo como crees.
—Tienes razón —respondí—. Dos años no son nada.
Dos años viviendo a una cuadra.
Dos años de silencios compartidos.
Dos años que nos marcaron.
—No significaron nada —añadí—. Yo ya lo olvidé.
Cassian soltó una risa breve, seca.
—Yo tampoco te extrañé —dijo—. No tuvo importancia.
Demasiado rápido.
Demasiado ensayado.
—Entonces no entiendo esta conversación —dije—. No entiendo las miradas. Ni el baile. Ni nada de esto.
—Porque no hay nada que entender —respondió—. Tú tienes tu vida. Yo la mía.
—Exacto.
El silencio volvió a caer entre nosotros.
Más denso.
Más íntimo.
—Me alegra que estés bien —dijo finalmente.
—Y a mí que tú lo estés —respondí—. Aunque ya no sea asunto mío.
Sus ojos se quedaron en los míos un segundo largo.
Demasiado honesto para alguien que acababa de decir que no importó.
—No lo es —dijo al fin.
Entonces Alicia apareció en la entrada.
—Cariño —dijo, rodeando el brazo de Cassian—. Te estaba buscando.
Me miró de arriba abajo, satisfecha.
—¿Interrumpí algo?
—No —respondí—. Ya me iba.
Cassian no dijo nada.
Pero cuando se alejó con ella, lo entendí con una claridad cruel:
💔 No habíamos hablado para cerrar.
🔥 Habíamos hablado para medir fuerzas.
⚡ Y ambos fallamos en fingir que ya no importaba.
Porque cuando alguien te mira los labios así…
no es pasado.
Es peligro presente.