CASSIAN
No estaba preparado para verla así.
Cinco años eran suficientes para que Sophia siguiera adelante.
Para que tuviera una vida estable, un hombre correcto, una versión más madura de sí misma. Lo había supuesto desde el momento en que decidí volver a Londres.
Lo que no anticipé fue cuánto me afectaría comprobarlo.
Sophia estaba distinta.
No solo más serena o más segura.
Estaba peligrosamente hermosa.
Llevaba un vestido de gala que parecía hecho para recordarme todo lo que había perdido. Negro, de caída líquida, ceñido a su cuerpo con una elegancia casi insolente. El escote era profundo, pero limpio, sin exceso; dejaba al descubierto una piel que recordaba demasiado bien. La espalda, abierta hasta la mitad, trazaba una línea perfecta entre sus hombros y la curva firme de su cintura. Cada paso hacía que la tela se moviera como si obedeciera solo a ella.
No era vulgar.
Era preciso.
Como Sophia.
Su cabello caía suelto, ligeramente ondulado, rozándole los hombros. No necesitaba joyas exageradas; apenas un collar fino y unos pendientes discretos que acentuaban su cuello largo, su clavícula, esa zona exacta donde solía perder el control con solo acercarme.
No era solo su cuerpo —aunque seguía siendo imposible ignorarlo—, era la manera en que lo habitaba. Cómo se movía sin pedir permiso, cómo hablaba sin justificarse, cómo sostenía la mirada sin bajar la cabeza.
Sophia Whitmore ya no era la mujer que vivía a una cuadra de mi casa y me esperaba con silencios compartidos. Era alguien que había aprendido a estar completa sin mí.
Y tenía novio.
Eso no me sorprendió.
Lo que sí me descolocó fue el impacto físico, casi violento, al ver cómo él la besaba, cómo la tocaba con una familiaridad que me resultó… torpe. Max no tenía gracia. No tenía profundidad. Era correcto, sí. Predecible. El tipo de hombre que ocupaba espacio sin dejar huella.
No entendía su cuerpo.
No la leía.
Solo la poseía desde la superficie.
Sentí la mandíbula tensarse antes de poder controlarlo.
No dije nada.
No hice nada.
Pero lo sentí todo.
Cuando regresé del baño, acomodando la expresión para que pareciera intacta, pasé el brazo alrededor de Alicia con una naturalidad calculada. Ella se acercó de inmediato, como si entendiera el juego. Deslicé los dedos por su espalda, la atraje con más cercanía de la necesaria, apoyé la mano en su cintura.
Si Sophia iba a mirar, iba a ver.
Sophia llegó tras nosotros y ocupó su lugar junto a Max, como si no acabáramos de mentirnos en voz baja en un pasillo silencioso.
La conversación continuó.
—Entonces —dijo Andrew, alzando la copa—, ¿te quedas en Londres o vuelves a desaparecer?
—Me quedo —respondí—. Al menos unos meses.
Sophia no me miró, pero percibí el cambio en su postura.
Atenta.
A la defensiva.
—¿Dónde te estás quedando? —preguntó Andrew—. No me digas que en cualquier hotel.
—En The Aurelian London —respondí—. Es nuestro hotel insignia aquí.
—¿El que está frente al río? —preguntó Emily, con entusiasmo inmediato—. El que salió en todas las revistas de arquitectura.
—Ese —asentí.
—Dicen que es uno de los más lujosos de Europa —añadió—. Minimalista, elegante, muy… tú.
Alicia sonrió y se pegó un poco más a mí. Incliné el rostro hacia ella, rozando su sien con mis labios en un gesto suave, deliberado.
—Y con las mejores vistas de la ciudad —dijo—. Estamos en el último piso.
Hizo una pausa mínima. Calculada.
—Compartiendo la suite, claro.
El silencio fue breve.
Pero lo sentí.
Sophia bajó la mirada apenas un segundo.
Suficiente.
—Suena impresionante —dijo Max entonces, con una sonrisa que no alcanzó a ser cordial—. Justo estaba pensando en ese hotel.
Levanté la vista.
—¿Ah, sí?
—Sí —continuó—. Se acerca nuestro aniversario y tenía pensado llevar a Sophia allí. Alquilar la suite. Dicen que es una experiencia inolvidable.
La imagen se formó en mi mente antes de que pudiera detenerla.
Sophia.
En mi hotel.
En una suite que conocía al detalle.
Con él.
Sentí el golpe seco en el estómago.
Alicia se tensó contra mí. Pasé el pulgar lentamente por su brazo, tranquilizándola… o marcando territorio.
—Excelente elección —dijo ella, demasiado rápido—. Es el mejor lugar para… celebraciones íntimas.
Sus dedos se cerraron un poco más sobre mi antebrazo.
—Aunque conseguir la suite no siempre es fácil —añadió—. Está muy solicitada.
—Veremos —respondió Max—. Siempre hay formas.
Lo miré.
No vi desafío.
Vi esfuerzo.
Sophia permaneció en silencio.
—¿Te gusta el diseño de interiores, Sophia? —preguntó Emily de pronto—. Porque si alguien aprecia esos detalles, deberías ser tú.
—Sí —respondió ella—. Es parte de lo que hago.
—Entonces será perfecto —insistió Emily—. Una diseñadora en uno de los hoteles más exclusivos… suena muy romántico.
Apreté la copa con un poco más de fuerza de la necesaria.
—The Aurelian fue pensado para eso —dije—. Para que cada espacio se sienta… personal.
Mis ojos se encontraron con los de Sophia.
Un segundo.
Nada más.
—Me alegra que te vaya tan bien —dijo ella entonces, con una calma que me desarmó—. De verdad.
—Gracias —respondí—. Me alegra ver que tú también estás bien.
Incliné el rostro y besé el cabello de Alicia, lento, visible. Ella sonrió, satisfecha, y apoyó la cabeza en mi hombro.
—Lo estamos —dijo, por los dos.
Emily carraspeó.
—Bueno… —dijo—. Esta noche está siendo mucho más interesante de lo que esperaba.
Andrew rió.
—Siempre lo es cuando el pasado y el presente se cruzan —comentó, sin medir el peso de sus palabras.
Sophia se movió apenas, acercándose más a Max.
Él pasó un brazo por sus hombros, rígido.
Yo no aparté la mirada.
Y entendí algo con una claridad incómoda:
💔 No era verla con otro lo que dolía.
🔥 Era saber que él nunca la miraría como yo la estaba mirando ahora.
⚡ Y aceptar que, aun así, no tenía derecho a reclamar nada.
Alicia se inclinó hacia mí.
—¿Nos vamos? —susurró—. Creo que ya marqué suficiente territorio.
Asentí.
Pero antes de irme, volví a mirar a Sophia.
Ella no bajó la mirada.
Y supe que este reencuentro…
no iba a quedarse en una sola noche.