Amor Que Se Rompe Y Se Reconstruye

El PESO DEL RECUERDO

Cassian
El silencio del hotel era distinto al de la fiesta.
Más honesto.
Más peligroso.
La suite de The Aurelian London estaba impecable, demasiado ordenada para el caos que llevaba dentro. Ventanales de piso a techo, luces tenues, la ciudad extendiéndose abajo como si nada hubiera cambiado.
Pero yo sí.
Me aflojé la corbata con un gesto brusco. Ver a Sophia había hecho algo que no esperaba: me había descolocado. Más de lo que estaba dispuesto a admitir. Más de lo que Alicia debería haber notado.
—¿Te sirvo algo? —preguntó ella desde el baño.
—Luego —respondí sin mirarla.
El sonido del agua cesó. Segundos después, Alicia apareció.
Llevaba un camisón de seda, corto, ceñido lo justo para llamar la atención sin pedir permiso. El cabello aún húmedo, la piel perfumada. Caminaba con esa seguridad ensayada que normalmente funcionaba. La conocía bien.
Esta noche no.
Se acercó despacio, sin hablar, deslizando los dedos por mi brazo como si reclamara algo que daba por hecho. Su cuerpo buscó el mío. Su boca rozó mi mandíbula, bajohasta mi cuello.
No la detuve de inmediato.
Cerré los ojos un segundo.
Demasiado breve.
Sus labios encontraron los míos. Insistentes. Cálidos. Alicia besaba como si quisiera borrar algo. Como si pudiera competir con un recuerdo.
Respondí.
Un instante.
Por inercia más que por deseo.
Pero entonces ocurrió.
El vestido negro.
La espalda descubierta.
La forma exacta en que Sophia sostenía la mirada.
Abrí los ojos.
Y la aparté.
—No —dije, separándome—. No esta noche.
Alicia retrocedió un paso, sorprendida. Luego frunció el ceño.
—¿No?
—No.
Su expresión cambió. Ya no era seducción. Era contención.
—¿Es por ella? —preguntó, con la voz más firme de lo que esperaba.
—No es por nadie —respondí—. Es porque no me apetece.
Mentí.
Mal.
Alicia soltó una risa corta, cargada de ironía.
—Curioso —dijo—. En la fiesta no parecías tan indiferente.
—No empieces —advertí.
—¿Qué? —cruzó los brazos—. ¿Pretendes decirme que esa mujer no te afecta?
Sostuve su mirada.
—No es tema tuyo.
Eso fue suficiente.
La rabia apareció en su rostro, contenida pero evidente. Sus labios se tensaron. Sus ojos brillaron con algo más oscuro que celos.
—Perfecto —dijo—. Porque yo tampoco quiero competir con fantasmas.
Tomó una respiración honda, como si se obligara a no decir algo peor.
—Me quedaré en la otra habitación.
Caminó hacia la puerta sin mirarme, la abrió con brusquedad y la cerró de un portazo seco.
El silencio volvió.
Más pesado.
Me quité la chaqueta. Luego la camisa. Me serví un whisky sin hielo y bebí un trago largo, sintiendo el ardor bajar despacio.
Y aun así… no se fue.
La imagen de Sophia.
Su voz.
Sus labios.
Apoyé el vaso sobre la mesa y tomé el teléfono antes de pensarlo demasiado.
Instagram.
Escribí su nombre.
Sophia Whitmore.
Ahí estaba.
Fotos cuidadas, elegantes. Ella sonriendo en espacios luminosos, diseños que reconocí como suyos. Su mundo. Su vida.
Deslicé.
Una foto con Max.
Demasiado cerca.
Demasiado felices.
Otra más.
Un viaje.
Una celebración.
Apreté la mandíbula.
Cinco años.
Cinco años en los que había construido imperios… y no había logrado olvidarla.
Cerré los ojos un segundo.
—No es amor —me dije en voz baja—. Es solo el impacto de verla otra vez.
Me apoyé contra la barra, miré la ciudad extendiéndose bajo mis pies.
—Ya la superé —insistí—. No la amo. No después de todo este tiempo.
Las palabras sonaron huecas incluso para mí.
Porque si fuera verdad…
no habría apartado a Alicia.
No estaría aquí, mirando su nombre en una pantalla.
No sentiría este vacío incómodo justo debajo del pecho.
—Es solo el pasado regresando —murmuré—. Nada más.
Pero sabía que no era cierto.
No era verla con otro lo que dolía.
Era reconocer que, a pesar de todo, seguía siendo ella.
Y que esta vez…
huir no iba a ser una opción.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.