Habían pasado dos días desde la fiesta del sábado.
Era lunes, y Londres había vuelto a su ritmo habitual, como si nada extraordinario hubiera ocurrido. El tráfico, el ruido, las agendas llenas. Todo seguía igual… excepto yo.
—Este lugar tiene una luz increíble —dijo Emily, caminando por el espacio vacío—. Y si tiras esa pared, te queda perfecto para un estudio.
Asentí, girando lentamente sobre mí misma. El local no era grande, pero tenía carácter. Ventanales amplios, paredes claras, una estructura que invitaba a imaginar.
—Aquí podría ir la mesa de trabajo —dije—. Y allá una pequeña sala para recibir clientes.
Era real.
Por primera vez, realmente real.
Mi empresa.
Después de años estudiando, soñando en silencio, diseñando espacios ajenos, estaba dando el paso para crear algo propio. Sin mi padre. Sin la firma Whitmore. Sin deberle nada a nadie.
Y no iba a permitir que nada —ni nadie— me lo quitara.
—¿Ya publicaste el anuncio? —preguntó Emily.
—Sí. Busco una diseñadora con experiencia, alguien que quiera crecer conmigo.
—Me encanta cómo suena eso —sonrió—. Crecer conmigo.
No supe por qué, pero pensé en Cassian.
El reflejo de su mirada.
La forma en que pronunciaba mi nombre.
Sacudí la cabeza.
No.
No iba a dejar que un pasado volviera a desordenar lo que tanto me había costado construir.
Cassian había sido una herida profunda. Una que tardó años en cerrar. Recordé las noches en que lo esperé sin saber si volvería, los silencios que dolían más que cualquier discusión, la forma en que se fue sin mirar atrás… y me dejó recogiendo los restos.
No volvería ahí.
No otra vez.
Esa misma tarde entrevisté a varias chicas. Talentosas, entusiastas. Pero fue con la última con quien algo encajó de inmediato.
—Sasha —dijo, extendiendo la mano—. Encantada.
Rubia, ojos azul suave, algo tímida, pero con una dulzura que se sentía honesta. Tenía experiencia, buen gusto y una sensibilidad especial para los detalles.
—Me gusta cómo piensas los espacios —le dije—. No solo como lugares… sino como refugios.
Sonrió, aliviada.
—Eso es exactamente lo que quiero crear.
Cuando se fue, supe que había tomado la decisión correcta.
Ese éxito —pequeño, silencioso— me sostuvo el resto del día.
Esa noche, Max pasó por mí para cenar.
Dos años.
Dos años juntos no eran poca cosa.
—He estado pensando —dijo mientras manejaba—. Nuestro aniversario se acerca.
—Lo sé —respondí—. Dos años.
—Para mí es importante —continuó—. Siento que nuestra relación ha madurado mucho. Que ya no es solo una etapa.
Miré las luces pasar por la ventana.
—¿A qué te refieres?
—A que es estable —dijo—. Sólida. Después de dos años, creo que estamos construyendo algo serio, Sophia.
Asentí, porque era lo lógico.
Porque después de dos años, debería sentirse exactamente así.
—Quiero hacer algo especial —añadió—. Ya te lo comenté… el hotel.
The Aurelian.
Cassian.
El nombre volvió a tensarme el pecho, pero respiré hondo.
—Me parece… bonito —respondí, cuidando el tono.
Max sonrió, satisfecho. Pero algo en su mirada era distinto. Más atento. Más vigilante.
Esa noche, ya sola, el teléfono vibró.
¿Llegaste bien?
Avísame cuando te acuestes.
¿Con quién estuviste hoy?
Mensajes seguidos. Demasiado seguidos.
No era la primera vez desde el sábado.
Max había cambiado. Se mostraba más pendiente, más presente… pero también más insistente. Llamadas para saber dónde estaba. Comentarios disfrazados de preocupación. Preguntas que antes no hacía.
Quise pensar que era cuidado.
Que era amor.
Me obligué a creerlo.
Cassian debía estar con Alicia ahora. En su hotel. En su mundo. Probablemente no pensaba en mí. Probablemente nunca lo había hecho como yo a él.
Había pasado toda mi adolescencia y parte de mi vida adulta enamorada del mejor amigo de mi hermano. Viviendo a una cuadra de distancia. Construyendo una historia silenciosa que nunca terminó de cerrarse.
Y aun así, yo había seguido adelante.
Había sobrevivido a su ausencia.
Había aprendido a reconstruirme sin él.
No iba a permitir que su regreso me hiciera olvidar eso.
Seguía viendo a los padres de Cassian una vez al mes. Los domingos. Comidas largas, conversaciones tranquilas, recuerdos compartidos. Nunca dejé de ir. Nunca dejé de quererlos.
Max no lo sabía.
Nunca le conté que Cassian no había sido solo “un amigo de la familia”.
A la mañana siguiente fui a casa de mis padres.
—Te noto distraída —dijo mi madre mientras servía té.
Zara Linton siempre veía más de lo que uno decía.
—Solo cansada —respondí.
Me observó por encima de la taza.
—Cassian volvió a Londres.
No fue una pregunta.
—Sí.
—Siempre me gustó ese chico —continuó—. No porque fuera perfecto… sino porque te miraba como si el mundo se acomodara cuando estabas cerca.
—Mamá…
—No —me interrumpió—. También vi cuánto sufriste cuando se fue. Y eso… eso no se lo perdono tan fácilmente.
Bajé la mirada.
—Las cosas cambian.
—Algunas —dijo con suavidad—. Otras no. Solo prométeme algo, Sophia.
La miré.
—No te conformes con una vida que solo sea correcta. Busca una que te haga sentir viva.
Sus palabras se quedaron conmigo el resto del día.
Pero aun así, me repetí lo que necesitaba creer:
No iba a caer de nuevo.
No iba a romantizar a alguien que un día decidió irse.
No iba a permitir que un recuerdo pusiera en riesgo todo lo que había logrado.
Max estaba aquí.
Max me elegía.
Max representaba estabilidad.
Aunque a veces su presencia pesara más de lo que debería.
Porque en el fondo lo sabía.
💔 No dudaba porque llevara poco tiempo con Max.
🔥 Dudaba porque llevaba dos años… y aun así algo faltaba.
⚡ Y el pasado acababa de recordármelo.
Pero esta vez, me juré no dejar que ganara.