Amor real entre tradiciones

Capítulo 32: Entre rumores y apuestas

El sol de la mañana bañaba las calles de Copenhague con una luz dorada, pero la calma duraba poco antes de que los flashes de los paparazzi se concentraran en la caravana oficial que se aproximaba al Colegio Internacional de Copenhague. Dentro del coche con cristales polarizados, Astrid Møller, con su embarazo de gemelas en su etapa final, ajustaba su abrigo mientras observaba a Oscar, su hijo de seis años, que miraba por la ventana con curiosidad, sus rizos dorados brillando bajo la luz. Los reporteros ya formaban un semicírculo cerca de la entrada, sus cámaras listas para capturar cada momento.

—Mamá, ¿por qué nos miran tanto? —preguntó Oscar, su voz suave pero con una claridad sorprendente para su edad, sus ojos grises fijos en la multitud.

Astrid sonrió con ternura, mirándolo a través del espejo retrovisor mientras el coche se detenía.

—Es porque están emocionados por las gemelas, pequeño —respondió, su tono cálido pero con un dejo de cansancio—. La gente quiere saber más de nuestra familia, y a veces los periodistas quieren compartir esa felicidad con todos.

Oscar frunció el ceño, cruzando sus pequeños brazos.

—¿Pero no los quieres lejos de nosotros? —preguntó, su tono serio, como si estuviera listo para defenderla.

Astrid suspiró, tomando su manita con suavidad.

—A veces es difícil, mi guardián —dijo, sonriendo—. Pero tenemos que ser pacientes. Pronto todo se calmará, y estaremos con tus hermanitas en casa.

Christian Valdemar, sentado junto a ellos, rió suavemente, revolviendo el cabello de Oscar.

—Eres más valiente que yo, pequeño —dijo, guiñándole un ojo—. Yo ya estaría corriendo de esas cámaras.

Oscar rió, pero su mirada seguía fija en los reporteros, como si intentara entender su mundo. Astrid, sin embargo, sintió un nuevo tirón en el pecho, una dificultad para respirar que la había estado molestando más de lo habitual. Disimuló, ajustándose en el asiento, pero Christian lo notó de inmediato, su expresión cambiando a una de preocupación.

—¿Estás bien, amor? —preguntó, inclinándose hacia ella, su voz baja para no alarmar a Oscar.

Astrid forzó una sonrisa, apoyando una mano en su vientre.

—Solo un poco cansada —respondió, intentando sonar despreocupada—. Las gemelas están pesadas hoy.

Christian frunció el ceño, no convencido, pero antes de que pudiera insistir, el coche se detuvo frente a la entrada del colegio. Oscar saltó del asiento con energía, ansioso por correr hacia sus amigos, mientras Astrid salió con cuidado, su mano apoyada en el brazo de Christian. Los flashes de las cámaras se intensificaron, capturando cada paso de la familia real, especialmente el vientre de Astrid, que ya no podía ocultarse bajo ningún abrigo.

Cerca de la entrada, un grupo de maestras observaba desde un banco, sus voces llenas de curiosidad mientras charlaban entre ellas.

—¿Ves cómo está? —dijo una de ellas, una mujer joven con el cabello recogido, señalando discretamente a Astrid—. Está más grande que la última vez. Definitivamente son gemelas.

—Seguro, son dos niñas —respondió otra, una maestra de mediana edad con una sonrisa traviesa—. Apostaría mi sueldo. Mira cómo brilla, es el instinto materno.

Una tercera, una mujer mayor con gafas de gran tamaño, se acercó, ajustándose el chal con una sonrisa pícara.

—Pues yo apuesto por un niño y una niña —dijo, su tono juguetón—. Las gemelas siempre traen sorpresas. ¿No creen?

Astrid, que alcanzó a escuchar fragmentos de la conversación, se giró ligeramente, ofreciendo una sonrisa tímida que no confirmaba ni desmentía nada. Estaba acostumbrada a los rumores y las apuestas, pero en ese momento, la atención constante la hacía sentir más vulnerable. Su respiración se volvió más pesada, y tuvo que apoyarse en Christian para mantener el equilibrio.

—Respira hondo, amor —susurró Christian, su mano firme en su cintura—. Vamos a entrar, y luego descansas.

Ella asintió, pero el malestar no se disipaba. Mientras seguían hacia la entrada, Oscar corrió hacia sus amigos en el patio, su risa llenando el aire. Astrid lo observó, su corazón dividido entre la alegría de verlo tan feliz y la incomodidad creciente que la envolvía.

Dentro del colegio, mientras Oscar jugaba en el patio, Astrid y Christian se reunieron brevemente con la directora, quien los recibió con una sonrisa cálida.

—Es un placer tener a Oscar aquí —dijo la directora, ajustándose las gafas—. Es un niño tan brillante, y está tan emocionado por ser hermano mayor.

Astrid sonrió, aunque su respiración seguía siendo dificultosa.

—Está obsesionado con sus hermanitas —respondió, su voz suave—. Habla con ellas todo el tiempo.

Christian, que no quitaba los ojos de Astrid, intervino.

—Gracias por cuidarlo tan bien —dijo, su tono cortés pero tenso—. Pero creo que Astrid necesita descansar. ¿Podemos terminar rápido?

La directora asintió, comprendiendo de inmediato.

—Por supuesto, alteza —dijo, guiándolos hacia una salita privada—. Pueden quedarse aquí hasta que Oscar termine su día.

Una vez solos, Christian ayudó a Astrid a sentarse, arrodillándose frente a ella.

—No me gusta esto, Astrid —dijo, su voz llena de preocupación—. No es solo el embarazo. Estás pálida, y tu respiración… no es normal. Quiero que veas al médico hoy mismo.

Astrid suspiró, sabiendo que no podía seguir ignorándolo.

—Tienes razón —admitió, su voz baja—. No me siento bien. Es como… un peso en el pecho. No sé si es el estrés, los paparazzi, o algo más.

Christian tomó su mano, sus ojos brillando con determinación.

—No vamos a arriesgar nada —dijo, sacando su teléfono para llamar al médico—. Vamos a casa ahora mismo, y el equipo médico vendrá al palacio.

Astrid asintió, agradecida pero preocupada. Mientras Christian hacía la llamada, Lena, la sirvienta que había estado cuidando a Oscar desde su tercer mes, entró en la salita con una bandeja de agua y galletas. Su expresión era amable, pero sus manos temblaban ligeramente, algo que Astrid notó de inmediato.



#6736 en Novela romántica

En el texto hay: amor, realeza

Editado: 31.01.2026

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