El sol de la mañana brillaba sobre Copenhague, pero la calma de las calles se rompía con el destello de los flashes de los paparazzi, que aguardaban ansiosos frente al Colegio Internacional de Copenhague. Dentro del coche con cristales polarizados, Astrid Møller, en las últimas semanas de su embarazo de gemelas, intentaba mantener la compostura mientras observaba a Oscar, su hijo de seis años, sentado en su sillita, mirando con curiosidad a la multitud de reporteros. Sus rizos dorados brillaban bajo la luz, pero sus ojos grises reflejaban una incomodidad creciente.
—Mamá, ¿por qué siempre nos miran tanto? —preguntó Oscar, su voz suave pero cargada de una claridad que sorprendía para su edad.
Astrid suspiró, sintiendo el peso de la pregunta. Miró por el retrovisor, intentando ofrecerle una respuesta que aliviara su confusión.
—Es porque eres muy especial, pequeño —respondió, su tono cálido pero teñido de cansancio—. La gente está emocionada por nuestra familia, especialmente ahora que llegarán tus hermanitas. Los periodistas quieren compartir esa alegría con todos.
Oscar frunció el ceño, cruzando sus pequeños brazos con una expresión que recordaba a la seriedad de su padre, Christian.
—No quiero que me miren —murmuró, bajando la vista hacia sus manos—. Son muy ruidosos.
Astrid tomó su manita, acariciándola con ternura.
—Lo sé, mi guardián —dijo, sonriendo para tranquilizarlo—. A veces es difícil, pero tenemos que ser pacientes. Pronto estaremos en casa con Victoria y Isabella, y todo será más tranquilo.
Christian, sentado al lado de Astrid, notó el malestar en su voz y en la postura tensa de Oscar. Se inclinó hacia su hijo, revolviéndole el cabello con una sonrisa.
—Eres más valiente que yo, pequeño —dijo, guiñándole un ojo—. Yo ya estaría escondiéndome bajo el asiento con tantas cámaras.
Oscar rió débilmente, pero su incomodidad seguía allí, como un peso invisible en sus pequeños hombros. Astrid, a su vez, sintió una nueva oleada de malestar físico, un leve dolor en el pecho que la hizo contener la respiración por un instante. Disimuló, ajustándose en el asiento, pero Christian lo notó de inmediato.
—Amor, ¿estás bien? —preguntó, su voz baja pero llena de preocupación mientras ponía una mano en su brazo.
Astrid forzó una sonrisa, apoyando una mano en su vientre.
—Solo estoy cansada —respondió, intentando no alarmarlo—. Las gemelas están inquietas hoy.
Christian frunció el ceño, claramente no convencido.
—No me gusta cómo te ves —dijo, su tono firme—. Vamos a hablar con el médico cuando lleguemos al palacio. No quiero arriesgar nada.
Antes de que Astrid pudiera protestar, el coche se detuvo frente a la entrada del colegio. Oscar saltó del asiento con energía, ansioso por correr hacia sus amigos, pero los flashes de los paparazzi se intensificaron, capturando cada paso del pequeño príncipe y de Astrid, cuyo vientre ya no podía ocultarse bajo su abrigo azul. Las voces de los reporteros se alzaban, ansiosas por un titular.
—¡Princesa Astrid, una sonrisa para las gemelas! —gritó uno.
—¡Pequeño príncipe, mira aquí! —llamó otro, su cámara disparando sin parar.
Oscar se aferró a la mano de Astrid, su rostro tenso. Ella se agachó con dificultad, ignorando el dolor en su pecho, y lo abrazó.
—Solo quédate conmigo, pequeño —susurró, besando su frente—. Vamos a entrar, y luego podrás jugar con tus amigos, ¿sí?
Oscar asintió, apretando su mano con fuerza mientras entraban al colegio, dejando atrás el torbellino de cámaras.
Dentro, mientras Oscar corría al patio a jugar, Astrid y Christian se reunieron con la directora en una salita privada. La directora, una mujer de mediana edad con una sonrisa cálida, los recibió con entusiasmo.
—Oscar es un rayo de luz —dijo, ajustándose las gafas—. Está tan emocionado por ser hermano mayor. Ayer me dijo que ya tiene nombres para las gemelas.
Astrid sonrió, aunque su respiración seguía siendo dificultosa.
—Habla con ellas todo el tiempo —respondió, su voz suave—. Es su manera de prepararse.
Christian, que no quitaba los ojos de Astrid, intervino.
—Gracias por cuidarlo tan bien —dijo, su tono cortés pero tenso—. Pero Astrid no se siente bien. Necesitamos terminar rápido para llevarla a casa.
La directora asintió, comprendiendo de inmediato.
—Por supuesto, alteza —dijo, señalando un sofá—. Pueden descansar aquí hasta que Oscar termine.
Una vez solos, Christian ayudó a Astrid a sentarse, arrodillándose frente a ella.
—No es solo el embarazo, Astrid —dijo, su voz llena de preocupación—. Estás pálida, y tu respiración… no es normal. Vamos a casa ahora, y el médico te revisará.
Astrid suspiró, sabiendo que no podía seguir ignorando el malestar.
—Tienes razón —admitió, su voz baja—. No me siento bien. Es como un peso en el pecho, y… no sé, Christian, siento que algo no está bien.
Christian tomó su mano, sus ojos brillando con determinación.
—No vamos a arriesgar nada —dijo, sacando su teléfono—. Voy a llamar al médico ahora mismo.
Mientras Christian hacía la llamada, Lena, la sirvienta que había estado cuidando a Oscar, entró con una bandeja de agua y galletas. Sus manos temblaban ligeramente, y Astrid lo notó de inmediato.
—Gracias, Lena —dijo, observándola con atención—. ¿Todo bien con Oscar?
Lena asintió, evitando su mirada.
—Está jugando en el patio, alteza —respondió, su voz tensa—. Es un niño encantador.
Astrid frunció el ceño, su instinto maternal en alerta. Había algo en Lena que la inquietaba, aunque no podía precisarlo. Christian, que colgó el teléfono, también notó la tensión.
—Lena, asegúrate de que Oscar esté listo para irnos en diez minutos —dijo, su tono firme pero educado.
—Por supuesto, alteza —respondió Lena, inclinándose antes de salir rápidamente.
Esa tarde, en el palacio, la familia se reunió en la sala privada para una merienda. Emil y Freja llegaron con una bandeja de pasteles, mientras Ingrid y Sofía jugaban con Oscar en la alfombra, construyendo un castillo de bloques. Jens Møller, el padre de Astrid, estaba sentado junto a Felix, que hojeaba un libro de Margrethe con una expresión melancólica. La atmósfera era cálida, y por primera vez en días, Astrid sintió una calma inesperada al estar rodeada de sus hermanos.