Amor real entre tradiciones

Capítulo 34: Luces, ausencia y consuelo

El sol de la mañana se filtraba por las calles de Copenhague, pero los destellos de los flashes de los paparazzi opacaban su calidez. Oscar de seis años, sentado en el coche con cristales polarizados, miraba con incomodidad la creciente multitud de reporteros frente al Colegio Internacional de Copenhague. Sus ojos grises, normalmente llenos de curiosidad, se entrecerraban ante cada destello. Astrid Møller, en las últimas semanas de su embarazo de gemelas, sentía el peso no solo de su vientre, sino también de la presión constante de los medios.

—Mamá, no me gusta cuando brillan —dijo Oscar, su voz bajita mientras señalaba las cámaras—. Me hacen doler los ojos.

Astrid, más pálida de lo habitual y con movimientos lentos, se giró hacia él, forzando una sonrisa para tranquilizarlo.

—Lo sé, mi pequeño guardián —respondió, acariciando su mejilla—. A veces a mamá también le duelen los ojos con tantas luces. Pero pronto estaremos dentro, y podrás jugar con tus amigos, ¿sí?

Oscar asintió, aunque su expresión seguía tensa. Astrid sintió un nudo en el pecho, no solo por el cansancio físico que la había estado consumiendo, sino por la incomodidad evidente de su hijo. Cada día, los paparazzi parecían más invasivos, y Oscar, con su sensibilidad infantil, lo sentía profundamente.

Christian Valdemar, que había regresado la noche anterior de un viaje diplomático obligatorio, estaba en el palacio, organizando su agenda para quedarse con Astrid y Oscar. Antes de partir, había intentado posponer el viaje, preocupado por el estado de Astrid, pero su padre, el rey, había sido claro: la misión era esencial para la corona.

En una llamada desde el palacio, Christian notó la tensión en la voz de Astrid mientras ella llevaba a Oscar al colegio.

—¿Cómo estás, amor? —preguntó, su tono lleno de preocupación—. Y Oscar, ¿está bien con los fotógrafos?

Astrid suspiró, mirando a Oscar, que ahora jugaba con un pequeño coche de juguete en el asiento trasero.

—Estoy mejor hoy, Christian —respondió, su voz más ligera que en días anteriores—. Las gemelas me están dando un respiro, pero… Oscar está muy incómodo. No le gusta la atención, y no sé cómo ayudarlo más.

Christian frunció el ceño, su preocupación creciendo.

—Es demasiado para él —dijo, su voz firme—. Es solo un niño. Cuando llegues a casa, vamos a hablar con él juntos. Necesita saber que no tiene que enfrentar esto solo.

Astrid sonrió, aliviada por el apoyo de Christian.

—Gracias, amor —dijo—. Saber que estás aquí me hace sentir mejor. Y Oscar… él solo necesita sentir que tiene un refugio.

En el colegio, mientras Astrid y Oscar cruzaban la entrada, los flashes estallaron sin previo aviso. Oscar se sobresaltó, cerrando los ojos con fuerza y aferrándose al abrigo de Astrid. Ella lo abrazó, ignorando su propio cansancio, y lo guió rápidamente hacia el interior.

—Shhh, ya pasó, pequeño —susurró, su voz suave mientras lo abrazaba—. Ya estamos dentro, mi guardián.

Una de las maestras, la señora Larsen, los recibió con una sonrisa cálida, notando la tensión en el rostro de Oscar.

—Ha estado más sensible esta semana —comentó Astrid, bajando la voz mientras entregaba la mochila de Oscar—. Los flashes lo están afectando mucho.

La señora Larsen asintió, arrodillándose frente a Oscar.

—No te preocupes, pequeño príncipe —dijo, ofreciéndole un dibujo de un sol brillante—. Aquí dentro no hay cámaras. ¿Quieres ayudarme a colgar esto en el salón?

Oscar, todavía un poco inseguro, tomó el dibujo y asintió, siguiendo a la maestra hacia el patio. Astrid lo observó, su corazón dividido entre el alivio de verlo más tranquilo y la culpa de no poder protegerlo completamente de la presión mediática.

Esa tarde, en el palacio, la familia se reunió en la sala privada para una merienda. Emil y Freja llegaron con una bandeja de galletas recién horneadas, mientras Ingrid y Sofía jugaban con Oscar en la alfombra, construyendo un castillo de bloques. Jens Møller, el padre de Astrid, estaba sentado junto a Felix, que leía un libro de Margrethe con una expresión nostálgica.

—Oscar, mira esto —dijo Sofía, levantando un bloque azul con entusiasmo—. ¡Vamos a hacer un castillo para Freja y Alma!

Oscar rió, corriendo hacia ella y apilando bloques con torpeza.

—¡Grande como el palacio! —gritó, haciendo que todos sonrieran.

Ingrid, sentada junto a ellos, miró a Astrid, que parecía más relajada que en días anteriores.

—Te ves mejor hoy, hermana —dijo, sonriendo—. ¿Las gemelas te están dando un respiro?

Astrid asintió, sintiendo una calma inesperada al estar rodeada de su familia.

—Hoy estoy mejor —respondió, su voz suave—. No sé si es el reposo o estar aquí con ustedes, pero… me siento más ligera.

Emil, que estaba sirviendo té, se acercó, sentándose junto a ella.

—Era hora —dijo, dándole un codazo juguetón—. Nos tenías preocupados, Astrid. Pero en serio, ¿cómo está Oscar? Christian mencionó que los fotógrafos lo están afectando.

Astrid suspiró, mirando a Oscar, que ahora jugaba con Sofía.

—No le gusta la atención —admitió—. Hoy en el colegio, se cubrió los ojos cuando los flashes empezaron. Es demasiado para un niño tan pequeño.

Freja, sentada junto a Emil, tomó la mano de Astrid.

—Pobrecito —dijo, su tono lleno de empatía—. Pero es fuerte, como tú. Solo necesita saber que tiene a su familia para protegerlo.

Jens, desde el otro lado de la sala, se acercó, su expresión seria.

—Nadie va a molestar a mi nieto —dijo, su tono protector—. Podemos hablar con el equipo de prensa, limitar su exposición. Es solo un niño.

Christian, que había entrado en la sala con una bandeja de frutas, asintió.

—Ya hablé con el equipo de seguridad —dijo, sentándose junto a Astrid—. Vamos a reducir las apariciones públicas de Oscar. No quiero que crezca sintiendo que está en un escenario.

Oscar, que había estado escuchando, corrió hacia Christian, subiéndose a su regazo.



#6736 en Novela romántica

En el texto hay: amor, realeza

Editado: 31.01.2026

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