El otoño en Copenhague se sentía más frío sin Christian, cuya ausencia pesaba como una sombra en el Palacio de Frederiksborg. Astrid Møller, en las últimas semanas de su embarazo de gemelas, lidiaba con un cansancio que iba más allá de lo físico, mientras Oscar Frederik Christian Valdemar, de seis años, preguntaba cada noche por su padre, su voz llena de anhelo. Los paparazzi seguían acechando cada salida al colegio, y aunque Astrid había encontrado algo de alivio en los últimos días, la presión mediática seguía afectando a su hijo, que se encogía ante los flashes con una incomodidad que partía el corazón.
En Noruega, Christian Valdemar cumplía con un agotador viaje diplomático, atrapado entre reuniones, recepciones y discursos. Cada noche, sin falta, llamaba a Astrid, su voz un bálsamo a pesar de la distancia.
—¿Cómo está nuestro pequeño guardián? —preguntó una noche, sentado en su hotel, mirando una foto de Oscar en su teléfono.
Astrid, acurrucada en el sofá con Oscar dormitando a su lado, sonrió débilmente.
—Extrañándote más que nunca —respondió, su voz suave pero cargada de emoción—. Hoy me preguntó si ya estabas en el avión de regreso.
Christian suspiró, pasándose una mano por el cabello.
—Me mata estar tan lejos —admitió—. ¿Y tú, amor? ¿Cómo te sientes? No me mientas, Astrid.
Ella rió suavemente, aunque el cansancio era evidente en su tono.
—Estoy mejor que hace unos días —dijo, acariciando el cabello de Oscar—. Pero… es mucho. Las gemelas, los paparazzi, Oscar tan sensible… Gracias a Emil y Nikolai, no me siento tan sola.
Christian sonrió, aliviado al saber que su familia estaba apoyando a Astrid.
—Diles que les debo una —dijo—. Y a Oscar… dile que papá estará pronto para construir castillos con él.
Astrid asintió, aunque él no podía verla.
—Se lo diré, amor —prometió—. Solo vuelve pronto.
En Copenhague, la presencia de Emil y Nikolai había traído un respiro a la rutina de Astrid. Ambos hermanos, al notar el desgaste físico de su hermana y la incomodidad de Oscar ante los medios, decidieron intervenir sin esperar a que ella pidiera ayuda. Esa mañana, Emil llegó al palacio con una bandeja de desayunos, mientras Nikolai, más presente de lo habitual tras su distanciamiento, ayudaba a organizar los juguetes de Oscar en el jardín.
—Te ves como si no hubieras dormido en un mes —dijo Nikolai, colocando una bandeja de croissants y jugo en la mesa del comedor privado.
Astrid, sentada con una mano en su vientre, rió débilmente.
—Probablemente porque no lo he hecho —bromeó, aunque sus ojos apagados y su postura cansada no mentían—. Pero estoy mejor hoy. Tenerlos aquí ayuda mucho.
Emil, que entraba con Freja y una caja de galletas caseras, sonrió, dándole un codazo juguetón a Nikolai.
—Claro, porque yo soy el hermano favorito —dijo, guiñando un ojo—. ¿Verdad, Oscar?
Oscar, que jugaba con un tren de madera en la alfombra, levantó la mirada, riendo.
—¡Tío Emil es un oso gruñón! —gritó, recordando una broma anterior.
Freja rió, sentándose junto a Astrid y ofreciéndole una galleta.
—Oso gruñón o no, está haciendo un gran trabajo llevando a Oscar al colegio —dijo, su tono cálido—. ¿Cómo está el pequeño guardián con los paparazzi?
Astrid suspiró, mirando a Oscar, que ahora apilaba bloques con Nikolai.
—No le gusta nada —admitió—. Ayer se cubrió los ojos cuando los flashes empezaron. Es demasiado para él.
Nikolai, que estaba ayudando a Oscar a construir un castillo, frunció el ceño.
—Es solo un niño —dijo, su voz más suave de lo habitual—. No debería tener que lidiar con eso. ¿Han pensado en reducir sus apariciones públicas?
Astrid asintió, agradecida por su preocupación.
—Christian ya habló con el equipo de prensa —respondió—. Vamos a limitar la exposición de Oscar. Pero… no es solo eso. Siento que algo no está bien, aunque no puedo precisarlo.
Emil, que estaba sirviendo jugo, se acercó, su expresión seria.
—¿Sigues con esa sensación? —preguntó, sentándose junto a ella—. Astrid, si tu instinto te dice algo, no lo ignores.
Freja tomó la mano de Astrid, su mirada llena de empatía.
—Eres madre, y estás agotada —dijo—. Pero también eres fuerte. Si necesitas ayuda, solo dilo. Estamos aquí.
Astrid sonrió, sintiendo una calma renovada al estar rodeada de sus hermanos.
—Gracias —susurró—. No sé qué haría sin ustedes.
Esa tarde, mientras Astrid descansaba en el jardín bajo el rosal favorito de Margrethe, una figura familiar apareció por el portón: Liv Johansen, su antigua mentora de Noruega. Con su cabello plateado y su voz pausada, Liv era una presencia serena, una mezcla de mentora, madre postiza y confidente que había guiado a Astrid durante sus años en Oslo.
—¡Astrid! —llamó Liv, su sonrisa cálida iluminando el jardín.
Astrid parpadeó, desconcertada, antes de levantarse con cuidado, una mano en su vientre.
—¡Liv! — exclamó, su voz temblando de emoción—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Liv se acercó, abrazándola con suavidad para no presionar su abdomen.
—Vine por trabajo, pero cuando vi los titulares sobre tu embarazo, no pude resistirme —dijo, su tono lleno de cariño—. Pensé que podrías necesitar un poco de ayuda… y tal vez un poco de silencio noruego.
Astrid rió, sus ojos brillando con lágrimas de alegría.
—Llegas en el momento perfecto —admitió, su voz quebrándose—. Estoy tan cansada, Liv.
Liv la guió hacia el banco, sentándose a su lado.
—A veces, el mundo te empuja tanto que olvidas que puedes pedir ayuda —dijo, su voz pausada pero firme—. Pero no estás sola, Astrid. Nunca lo has estado.
Oscar, que jugaba cerca con un ramillete de flores, corrió hacia ellas, curioso.
—¿Quién eres? —preguntó, mirando a Liv con sus grandes ojos grises.
Liv sonrió, arrodillándose a su altura.
—Soy una vieja amiga de tu mamá —respondió, ofreciéndole una flor de su bolso—. Me llamo Liv, y he oído que eres el mejor guardián del mundo.