Amor real entre tradiciones

Capítulo 36: Latidos al límite

La noche cayó sobre el Palacio de Frederiksborg con una tranquilidad engañosa, la brisa otoñal colándose por las ventanas abiertas. Oscar, de seis años, dormía en su cuarto, abrazando su peluche favorito, mientras Astrid Møller intentaba descansar en la sala privada, con un libro abierto sobre su regazo. Liv Johansen, su mentora noruega, leía en un sillón cercano, y Emil Møller, su hermano mayor, revisaba correos en su móvil, lanzando miradas ocasionales a Astrid, preocupado por su palidez.

De repente, Astrid sintió un calambre agudo, diferente a los dolores habituales del embarazo. Su rostro se tensó, y un mareo la obligó a cerrar los ojos. Peor aún, una humedad cálida entre sus piernas la hizo jadear. Miró hacia abajo y vio sangre, más de la que esperaba. El pánico la envolvió.

—¿Astrid? —preguntó Liv, dejando caer su libro al notar su expresión—. ¿Qué pasa?

Astrid intentó responder, pero otro calambre la hizo encogerse, su mano apretando el brazo del sofá.

—Liv… algo no está bien —logró decir, su voz temblorosa—. Hay sangre… mucha sangre.

Emil dejó caer su móvil y corrió hacia ella, su rostro pálido.

—¡Llama a alguien, ahora! —gritó a Liv, arrodillándose frente a Astrid—. Respira, hermana, respira. Vamos a arreglar esto.

Liv, con una calma que ocultaba su propia preocupación, marcó el número del médico mientras sostenía la mano de Astrid.

—Mattias, es Astrid —dijo al teléfono, su voz firme pero urgente—. Está sangrando y con dolor. Ven ahora mismo.

Mattias Bækgaard, el médico materno-fetal de confianza de Astrid y viejo amigo de la academia diplomática, respondió de inmediato.

—Estaré ahí en quince minutos —dijo, su tono profesional pero tenso—. Manténganla tranquila y acostada. No la muevan.

Emil ayudó a Astrid a recostarse en el sofá, colocando almohadas bajo sus pies, mientras Liv traía una manta para cubrirla.

—Todo va a estar bien, Astrid —dijo Emil, aunque su voz temblaba—. Mattias está en camino, y tú eres fuerte. Las niñas también.

Astrid, con lágrimas en los ojos, apretó la mano de su hermano.

—No quiero perderlas, Emil —susurró, su voz quebrada por el miedo—. Victoria y Isabelle … no puedo perderlas.

Liv, sentada a su lado, acarició su cabello con suavidad.

—No las vas a perder —dijo, su voz serena pero firme—. Estás en buenas manos, y tus niñas son Valdemar. Son luchadoras, como tú.

Mattias llegó al palacio con su equipo portátil de monitoreo, su expresión seria pero controlada. Mientras colocaba los sensores en el vientre de Astrid, el sonido de los latidos de las gemelas llenó la sala, pero uno de ellos era notablemente más débil.

—¿Qué está pasando, Mattias? —preguntó Astrid, su voz temblando mientras miraba el monitor.

Mattias frunció el ceño, ajustando los sensores con manos firmes.

—Uno de los bebés tiene el ritmo cardíaco más bajo de lo normal —explicó, su tono profesional pero cálido—. Puede ser una compresión del cordón o una complicación con la placenta. Y el sangrado… podría indicar un desprendimiento parcial. Necesitamos llevarte al hospital ahora.

Emil, que no se había separado de Astrid, apretó su mano.

—¿Es grave? —preguntó, su voz baja pero urgente.

Mattias lo miró, su expresión seria.

—Es serio, pero manejable si actuamos rápido —respondió—. Vamos a estabilizarla en el hospital. Astrid, respira hondo y confía en mí, ¿sí?

Astrid asintió, aunque el miedo la consumía. Mientras la trasladaban al coche, Liv se quedó atrás para asegurarse de que Oscar estuviera bien cuidado por la abuela paterna, Jens Møller, que había llegado al palacio tras la llamada de Emil.

—No dejes que Oscar se entere todavía —susurró Astrid a Liv antes de subir al coche, su voz quebrada—. No quiero que se asuste.

Liv asintió, apretando su mano.

—No te preocupes, pequeña —dijo—. Oscar estará bien. Tú concéntrate en esas niñas.

A más de mil kilómetros, en Noruega, Christian Valdemar estaba en una cena diplomática con políticos suecos cuando su teléfono vibró. Ignoró la primera llamada de Emil, pensando que podía esperar, pero cuando sonó por tercera vez, su corazón se aceleró. Se excusó rápidamente y salió al pasillo.

—¿Qué pasa? —preguntó, su voz tensa.

—Es Astrid —respondió Emil, su tono grave—. Está teniendo una complicación. Sangrado intenso y problemas con uno de los bebés. La llevamos al hospital con Mattias.

Christian sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies.

—¿Sangrado? —repitió, su voz temblando—. Emil, ¿está bien? ¿Y las niñas?

—Mattias está con ella —respondió Emil, intentando mantener la calma—. Están haciendo todo lo posible. Pero necesitas venir ahora.

—Estoy volando esta noche —dijo Christian, ya caminando hacia su equipo de seguridad—. Asegúrate de que Oscar esté con mamá o papá. Y dile a Mattias que llegaré lo antes posible.

En el hospital real, la madrugada teñía los pasillos de un gris frío. Astrid yacía en una habitación privada, conectada a un monitor fetal que emitía los latidos de las gemelas. Mattias, con su bata blanca y su expresión concentrada, no se apartaba de su lado, ajustando los monitores y hablando con las enfermeras.

—¿Cuánto falta para que llegue Christian? —susurró Astrid, su voz débil mientras apretaba la sábana.

—Está en camino, Astrid —respondió Mattias, tomando su mano con suavidad—. Ya aterrizó en Copenhague. Estará aquí pronto. Pero por ahora, me tienes a mí. Una de las niñas está respondiendo bien al tratamiento. La otra… está luchando, pero es fuerte, como tú.

Astrid cerró los ojos, las lágrimas cayendo por sus mejillas.

—No puedo perderla, Mattias —susurró—. No puedo perder a ninguna de ellas.

Mattias apretó su mano, su voz firme pero cálida.

—No las vas a perder —dijo—. Estamos monitoreando cada segundo. El sangrado se está estabilizando, pero necesitamos mantenerte en reposo absoluto. Nada de estrés, nada de prensa. Solo tú y esas niñas.



#6736 en Novela romántica

En el texto hay: amor, realeza

Editado: 31.01.2026

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