El hospital real de Copenhague se había convertido en un refugio silencioso para Astrid Møller, donde el tiempo parecía alargarse entre los pitidos suaves de los monitores fetales y el murmullo de las enfermeras. Habían pasado casi tres semanas desde el susto del sangrado y las contracciones prematuras, y cada día en reposo absoluto era una victoria para las gemelas, Victoria y Isabelle, que seguían creciendo en su vientre. Christian Valdemar no se apartaba de su lado, su presencia un ancla en medio de la incertidumbre, mientras Oscar Frederik Christian Valdemar, su hijo de dos años, llenaba las visitas con dibujos y promesas de ser el mejor hermano mayor.
Una mañana luminosa, con el sol otoñal filtrándose por la ventana, Christian entró con un ramo de hortensias azules, las favoritas de la difunta reina madre Margrethe. Colocó las flores en un jarrón junto a la cama de Astrid, sonriendo con ternura.
—Hoy cumples treinta y cuatro semanas, amor —dijo, sentándose a su lado—. Y esta habitación sigue oliendo a ti, a pesar de todo.
Astrid, recostada con un cojín bajo la espalda, rió débilmente, su rostro aún pálido pero más sereno.
—Eso es porque me niego a dejar de usar perfume —respondió, ajustándose la bata del hospital—. Aunque creo que las enfermeras ya están hartas de mi lavanda.
Christian rió, apoyando una mano con suavidad sobre su vientre prominente. Sintió una pequeña patada y sus ojos se iluminaron.
—Se mueven más cada día —dijo, su voz llena de asombro—. Es como si supieran que pronto estarán aquí.
Astrid sonrió, aunque el cansancio aún pesaba en sus párpados.
—A veces siento que están practicando para un maratón —susurró—. Pero… estoy asustada, Christian. Y emocionada. Quiero ver sus caras, saber si tienen tus ojos o los míos.
Christian tomó su mano, besándola con suavidad.
—Van a tener lo mejor de los dos —dijo, su tono cálido pero firme—. Y van a tener al mejor hermano mayor del mundo.
Esa tarde, la habitación se llenó de vida con la llegada de la familia de Astrid. Jens Møller, su padre, entró con una bolsa de pasteles caseros, seguido por Emil y Nikolai, sus hermanos mayores, que traían una caja de juguetes para Oscar. La familia real, informada por Christian sobre el estado estable de Astrid, también se hizo presente: la reina madre Marie, el rey Frederik, y las hermanas de Christian, Ingrid y Sofía, llenaron la sala con una calidez que aliviaba el ambiente estéril del hospital.
—Te ves mejor, mi niña —dijo Jens, sentándose junto a la cama y tomando la mano de Astrid—. Aunque este lugar no es digno de una Valdemar.
Astrid rió, apretando su mano.
—Es temporal, papá —respondió, su voz suave—. Y con ustedes aquí, se siente más como casa.
Emil, que revisaba los juguetes con Oscar en una esquina, miró a su hermana con una sonrisa juguetona.
—Oye, si las gemelas heredan tu terquedad, Mattias va a tener que duplicar su paciencia —bromeó, haciendo reír a todos.
Nikolai, más reservado pero visiblemente aliviado, se acercó, colocando una mano en el hombro de Astrid.
—Nos tenías preocupados, hermana —dijo, su voz baja pero cálida—. Pero estás haciendo un gran trabajo manteniendo a esas niñas ahí.
Astrid sonrió, sus ojos brillando con emoción.
—Gracias, Nikolai —susurró—. Saber que están aquí me da fuerzas.
Oscar, que jugaba con un tren de madera que Sofía le había traído, corrió hacia la cama, sosteniendo un dibujo torpe de dos bebés y un castillo.
—¡Mamá, esto es para Victoria y Isabelle! —dijo, su voz llena de entusiasmo—. ¡Y yo soy el jefe de ellas!
Ingrid, que estaba ayudando a Oscar a organizar sus juguetes, rió, revolviéndole el cabello.
—Eres el mejor jefe, pequeño guardián —dijo, guiñándole un ojo—. Pero no seas muy mandón con tus hermanitas, ¿eh?
Sofía, siempre la más energética, se acercó a la cama, abrazando a Astrid con cuidado.
—Cuando salgas de aquí, vamos a hacer una fiesta para las gemelas —declaró, sus ojos brillando—. ¡Sin fotógrafos, solo nosotros y muchos pasteles!
Marie, la reina madre, sentada junto a Jens, asintió con una sonrisa cálida.
—Nada de prensa —dijo, su tono firme—. Christian nos ha mantenido informados, y queremos que esto sea lo más tranquilo posible para ti, Astrid.
Frederik, el rey, que había estado observando en silencio, se acercó, su expresión seria pero afectuosa.
—Eres una Valdemar ahora, Astrid —dijo, su voz profunda—. Y esta familia está contigo en cada paso. Las gemelas estarán aquí pronto, y serán tan fuertes como tú.
Astrid sintió las lágrimas picar en sus ojos, pero sonrió, agradecida por el apoyo.
—Gracias a todos —susurró, mirando a Christian, que no había soltado su mano—. No sé cómo lo hubiera hecho sin ustedes.
Más tarde, cuando la familia se retiró para darle un respiro a Astrid, Mattias Bækgaard entró para su revisión diaria. Sus gafas reflejaban la luz suave de la lámpara mientras revisaba los monitores, su expresión más relajada que en días anteriores.
—Treinta y seis semanas y cinco días —anunció, mirando a Astrid y Christian con una leve sonrisa—. Los bebés están creciendo bien, y no hay signos de complicaciones nuevas. Creo que podemos dejar que el parto ocurra de forma natural pronto.
Astrid suspiró, aliviada, su mano apretando la de Christian.
—¿Eso significa que lo logramos? —preguntó, su voz temblando de emoción.
Mattias asintió, ajustándose las gafas.
—Lo lograste, Astrid —dijo, su tono cálido—. Victoria y Isabelle están listas para conocerte. Aunque, por su tamaño, no creo que esperen mucho más.
Christian rió, aliviado, besando la frente de Astrid.
—Eres increíble, amor —susurró—. Nos diste un susto, pero lo hiciste.
Astrid miró a Mattias, sus ojos llenos de gratitud.
—¿Parto natural o cesárea? —preguntó, queriendo estar preparada.
Mattias la miró, respetando su decisión.