Amor real entre tradiciones

Capítulo 39: El amanecer de las gemelas

La sala de parto del hospital real de Copenhague estaba envuelta en una calma tensa, rota solo por los pitidos suaves de los monitores y el murmullo del equipo médico. Astrid Møller, agotada pero decidida, apretaba la mano de Christian Valdemar, su rostro empapado de sudor mientras lidiaba con las contracciones finales. Christian, con los ojos brillando de emoción y nervios, no soltaba su mano, susurrando palabras de aliento.

—Respira, amor, lo estás haciendo increíble —dijo, besando su frente con ternura—. Ya casi están aquí.

Mattias Bækgaard, el médico materno-fetal y amigo de confianza, guiaba el proceso con precisión y calma.

—Astrid, en la próxima contracción, empuja con fuerza —dijo, su voz firme pero cálida—. Puedo ver la primera cabeza.

Astrid asintió, cerrando los ojos mientras se preparaba. Con un grito que resonó en la sala, empujó con todas sus fuerzas. Un llanto agudo llenó el aire, y Mattias sonrió, levantando a la primera bebita.

—¡Es una niña! —anunció, su voz llena de alivio—. Fuerte y sana.

Astrid, jadeando, apenas pudo vislumbrar el rostro arrugado de su hija antes de que la llevaran a limpiarla. Las lágrimas rodaron por sus mejillas, una mezcla de emoción y agotamiento. Apenas unos minutos después, con menos dificultad, llegó la segunda.

—Y otra niña —dijo Mattias, su tono cálido mientras envolvía a la pequeña en una manta rosa—. Son idénticas, Astrid. Lo hiciste.

Christian soltó una carcajada entre lágrimas, inclinándose para besar a Astrid con fuerza.

—Dos niñas… amor, son perfectas —susurró, su voz quebrada por la emoción.

Astrid, aún temblando, rió entre sollozos.

—Las sentimos tanto tiempo… y ahora están aquí —susurró, sus ojos fijos en las cunas donde las enfermeras preparaban a las bebés.

Las pequeñas fueron colocadas en el pecho de Astrid, envueltas en mantas suaves. Una dormía plácidamente, la otra miraba con ojos curiosos, como si ya estuviera explorando el mundo.

—Hola, mis pequeñas —susurró Astrid, besándolas con devoción—. Soy mamá. Y este… —miró a Christian, sonriendo— es papá, el hombre más valiente que conozco.

Christian rió, acariciando la mejilla de una de las bebés.

—Y ustedes son nuestras princesas —dijo, su voz llena de amor.

Momentos después, sin embargo, Astrid comenzó a palidecer más de lo normal. Su respiración se volvió superficial, y su mano tembló al soltar la de Christian. Mattias, que supervisaba desde un rincón, notó el cambio de inmediato y corrió hacia ella, revisando los monitores con urgencia.

—Astrid, ¿cómo te sientes? —preguntó, su tono profesional pero teñido de preocupación.

Ella intentó responder, pero solo logró murmurar:

—Cansada… muy cansada…

Mattias frunció el ceño, revisando su presión arterial y pulso. La enfermera a su lado intercambió una mirada preocupada.

—Christian, necesito que salgas un momento —dijo Mattias, su voz firme pero calmada—. Vamos a estabilizarla. No es grave, pero necesito espacio para trabajar.

Christian, con el rostro desencajado, apretó la mano de Astrid.

—No quiero dejarla —dijo, su voz temblando.

Mattias lo miró con empatía, pero no cedió.

—Confía en mí, Christian —dijo—. Solo serán unos minutos. La tenemos.

Christian asintió a regañadientes, besando la frente de Astrid antes de salir.

—Vuelvo enseguida, amor —susurró—. Quédate con nosotros.

En la sala de espera, Christian se encontró con Emil, que había llegado con una bandeja de flores y una expresión ansiosa.

—¿Qué pasó? —preguntó Emil, notando la tensión en el rostro de Christian.

—Astrid no está respondiendo bien —respondió Christian, pasándose una mano por el cabello—. Mattias está con ella, pero… estoy aterrado, Emil.

Emil puso una mano en su hombro, su voz firme.

—Ella es fuerte, Christian —dijo—. Y Mattias es el mejor. Vamos a esperar, juntos.

En la habitación, Mattias y el equipo trabajaban rápidamente, administrando oxígeno y revisando los signos vitales de Astrid. El sangrado posparto, aunque leve, había causado una caída en su presión arterial. Tras unos minutos que parecieron eternos, su respiración se estabilizó, y su rostro recuperó algo de color.

—Estás de vuelta, testaruda —dijo Mattias, exhalando aliviado mientras ajustaba los monitores—. Nos diste un susto.

Astrid sonrió débilmente, su voz apenas audible.

—No podía irme sin conocerlas bien —susurró.

Mattias rió, aliviado, y llamó a Christian para que regresara.

Cuando Christian entró, corrió hacia Astrid, tomando su mano con cuidado.

—No vuelvas a hacerme eso —dijo, su voz quebrada pero llena de alivio—. No sé qué haría sin ti.

Astrid apretó su mano, sus ojos brillando con lágrimas.

—Estoy aquí, amor —susurró—. Y nuestras niñas también.

Horas después, la habitación se llenó de vida con la llegada de la familia. Jens Møller, el padre de Astrid, entró con Nikolai y Emil, trayendo una caja de pasteles caseros y juguetes para Oscar. La familia real también llegó: la reina madre Marie, el rey Frederik, y los hermanos de Christian, Ingrid, Felix y Alexander, todos ansiosos por conocer a las nuevas princesas.

—Oh, Astrid, son preciosas —dijo Marie, acercándose a las cunas con una sonrisa cálida—. Se parecen tanto a ti.

Jens, sentado junto a la cama, tomó la mano de Astrid, sus ojos brillando con orgullo.

—Mi niña, lo hiciste —dijo, su voz temblando—. Estas pequeñas son un milagro.

Emil, que revisaba las cunas con entusiasmo, rió.

—¿Dos bebés y sigues viéndote como una reina? —bromeó, guiñándole un ojo—. Aunque, Nikolai, creo que estas niñas van a ser más tercas que tú.

Nikolai, que había estado más reservado últimamente, sonrió, acercándose a las cunas.

—Tienen la fuerza de Astrid —dijo, su voz suave pero sincera—. Y algo de la calma de Margrethe. Son perfectas.

Astrid, aún débil, sonrió, sus ojos llenos de lágrimas.



#6736 en Novela romántica

En el texto hay: amor, realeza

Editado: 31.01.2026

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