El amanecer en Copenhague trajo una noticia que estremeció Dinamarca: la familia real había crecido con la llegada de las gemelas Isabelle Margrethe y Victoria Ingrid, hijas del príncipe Christian Valdemar y la duquesa Astrid Møller. Aunque el nacimiento se mantuvo en estricta privacidad durante las primeras 24 horas, una filtración anónima desde el hospital real desató una avalancha de titulares: “¡Bienvenidas, princesas!”, “El doble milagro de la corona”, “Dos nuevas Valdemar en la línea de sucesión”. Las redes sociales, la televisión y los portales de noticias hervían con la emoción, mientras los ciudadanos comenzaban a dejar flores y cartas en las puertas del Palacio de Frederiksborg.
Dentro del ala privada del hospital, el ambiente era un refugio de calma en medio del torbellino exterior. Astrid, aún recuperándose del parto y del susto posparto, descansaba en su cama, su rostro pálido pero sereno. Christian, sentado a su lado, revisaba las declaraciones de prensa aprobadas por la oficina del rey, su expresión una mezcla de orgullo y cansancio.
—No pensé que se enterarían tan rápido —murmuró Astrid, ajustándose la bata con cuidado.
Christian sonrió, tomando su mano.
—Era inevitable, amor —dijo, besando sus dedos—. Todo el reino está celebrando a Isabelle y Victoria. Y a ti.
Astrid suspiró, mirando hacia la puerta cerrada de la sala de neonatos, donde las gemelas estaban siendo monitoreadas tras el parto prematuro.
—Ojalá pudiera verlas ahora —susurró, su voz temblando—. Las enfermeras dicen que están bien, pero… necesito tenerlas conmigo.
Christian apretó su mano, su rostro ensombreciéndose.
—Mattias me aseguró que es solo precaución —dijo, intentando tranquilizarla—. Son fuertes, como tú. En unas horas estarán aquí, en tus brazos.
Antes de que Astrid pudiera responder, una enfermera entró, su expresión profesional pero amable.
—Duquesa, las princesas están estables —informó—. Sus signos vitales son buenos, pero queremos mantenerlas en observación unas horas más por ser prematuras. Pronto podrán estar con ustedes.
Astrid asintió, aunque la ansiedad apretaba su pecho.
—Gracias —dijo, su voz baja—. Por favor, cuídenlas mucho.
La enfermera sonrió, inclinándose ligeramente.
—Son unas luchadoras, alteza —respondió—. Como su madre.
Esa mañana, el rey Frederik llegó al hospital, vestido con un traje sobrio pero elegante. Su rostro, habitualmente reservado, se suavizó al entrar en la habitación y ver a Astrid. Christian se puso de pie, saludándolo con un abrazo.
—Padre, gracias por venir —dijo, su voz llena de gratitud.
Frederik asintió, pero sus ojos se fijaron en Astrid.
—Hija mía, has dado a esta familia un regalo invaluable —dijo, su voz profunda pero cálida—. El reino está en deuda contigo.
Astrid sonrió, cansada pero sincera.
—Gracias, majestad —respondió, su voz suave.
Frederik levantó una mano, sonriendo.
—Hoy no soy majestad —dijo, acercándose a la cama—. Soy un abuelo orgulloso. ¿Dónde están mis nietas?
Christian frunció el ceño, mirando hacia la puerta.
—Aún en neonatos, bajo monitoreo —explicó—. Pero Mattias dice que estarán con nosotros pronto.
Frederik asintió, sentándose junto a Astrid.
—Son Valdemar —dijo, su tono lleno de orgullo—. Lucharán, como tú lo hiciste.
Más tarde, la habitación se llenó de vida con la llegada de la familia de Astrid. Jens Møller, su padre, entró con Emil y Nikolai, trayendo una cesta de pasteles caseros y un peluche para Oscar. La familia real también se unió: la reina Marie, y los hermanos de Christian, Ingrid, Felix y Alexander, llenaron la sala con risas y abrazos.
—Mi niña, ¡dos bebés! — exclamó Jens, abrazando a Astrid con cuidado—. Son un milagro, como tú.
Astrid rió, apretando su mano.
—Gracias, papá —susurró—. Pero ojalá pudiera verlas ya. No tenerlas aquí… es duro.
Emil, que organizaba los regalos en una esquina, se acercó, dándole un codazo juguetón.
—Oye, si son tan tercas como tú, estarán corriendo por el palacio en una semana —bromeó, haciendo reír a todos.
Nikolai, más serio, se acercó a la cama, su expresión suavizada por la emoción.
—Nos diste un susto, hermana —dijo, tomando su mano—. Pero lo lograste. Isabelle y Victoria… son perfectas.
Astrid sonrió, sus ojos brillando con lágrimas.
—Gracias, Nik —susurró—. Saber que estás aquí significa todo.
Ingrid, que revisaba los regalos con entusiasmo, levantó la mirada.
—Hablando de las princesas, ¿cuándo podremos verlas? —preguntó, su voz llena de emoción—. ¡Soy tía! Necesito presumirlas.
Christian rió, revolviéndole el cabello.
—Pronto, Ingrid —dijo—. Mattias dice que es solo precaución. Pero son idénticas, así que prepárate para confundirlas.
Felix, más reservado, sonrió desde un rincón.
—Te ves diferente con esto, hermano —dijo, mirando a Christian—. Como… más completo.
Alexander, el menor, se acercó, curioso.
—¿Ya saben quién es Isabelle y quién es Victoria? —preguntó, inclinándose hacia Astrid.
Astrid rió, apoyando la cabeza en la almohada.
—Aún no —respondió—. Pero algo me dice que nos lo dirán con sus personalidades.
Marie, sentada junto a Jens, tomó la mano de Astrid.
—Eres una madre extraordinaria —dijo, su voz cálida—. Y estas niñas tienen suerte de tenerte.
Esa tarde, Oscar llegó acompañado por Emil y Jens, su rostro iluminado por la curiosidad pero algo intimidado por el ambiente del hospital. Llevaba un dibujo torpe de dos bebés y un castillo, que mostró con orgullo.
—Mamá, ¿dónde están las bebés? —preguntó, trepando al regazo de Christian.
Astrid sonrió, acariciándole el cabello.
—Están descansando, pequeño guardián —respondió, su voz suave—. Pero pronto las conocerás. Son tus hermanitas, Isabelle y Victoria.
Oscar frunció el ceño, confundido.
—¿Por qué todos afuera están tan felices? —preguntó, señalando la ventana donde se veían luces de cámaras.