La lluvia golpeaba suavemente el tejado de la casa de campo, un refugio escondido entre las colinas de Dinamarca, donde Astrid Møller y Christian Valdemar habían encontrado paz años atrás tras su fiesta de bienvenida. Ahora, este santuario privado, libre de cámaras y agendas, era el hogar temporal de su familia de cinco. El crepitar del fuego en la chimenea llenaba la sala con un calor acogedor, mientras las ventanas empañadas aislaban el mundo exterior.
Astrid estaba recostada en el sofá, una manta tejida cubriendo sus piernas, con Isabelle Margrethe en brazos. La pequeña, que solía llorar cuando estaba lejos de sus padres, dormía plácidamente contra el pecho de su madre, su respiración suave acompasada con el tamborileo de la lluvia. Victoria Ingrid, en una cuna junto al fuego, también descansaba, sus manitas cerradas en pequeños puños. Christian entró desde la cocina, sosteniendo dos tazas de té humeante y un vaso de leche tibia para Oscar, que jugaba con un tren de madera en la alfombra.
—Aquí tienes, pequeño guardián —dijo Christian, entregándole el vaso a Oscar con una sonrisa mientras lo alzaba con facilidad para sentarlo entre ellos en el sofá.
Oscar, con sus rizos dorados brillando bajo la luz del fuego, tomó el vaso con ambas manos, mirando a Isabelle con curiosidad.
—¿Por qué siempre se duermen tan rápido? —preguntó, frunciendo el ceño con esa seriedad infantil que hacía reír a sus padres—. Yo nunca me dormía así, ¿verdad?
Astrid rió suavemente, ajustando a Isabelle para no despertarla.
—Oh, pequeño, cuando naciste, gritabas como un león en miniatura —respondió, su voz cálida y juguetona—. Estas dos solo maúllan como gatitos. Pero no te preocupes, tú eras el rey de la selva.
Oscar hinchó el pecho, orgulloso, aunque su expresión seguía escéptica.
—¡No es cierto! —protestó, tomando un sorbo de su leche—. Pero yo soy el hermano mayor, así que las voy a cuidar. ¡Siempre!
Christian lo abrazó por los hombros, revolviéndole el cabello.
—Y lo estás haciendo de maravilla, campeón —dijo, su tono lleno de orgullo—. Eres el mejor guardián que Isabelle y Victoria podían tener.
Oscar sonrió, satisfecho, y se acurrucó contra el brazo de Christian, mirando el fuego con ojos soñadores.
Una ráfaga de viento hizo crujir las ventanas, pero el interior de la casa era un refugio de paz. Astrid observó a su familia, su corazón lleno de una calma que no había sentido en meses.
—¿Sabes, Christian? —dijo, su voz suave mientras acariciaba la mejilla de Isabelle—. A veces pienso que podríamos quedarnos aquí para siempre. Sin horarios, sin prensa, solo… nosotros.
Christian rió, dejando su taza de té en la mesa y recostándose contra el respaldo del sofá, con Oscar aún pegado a su lado.
—No digas eso, amor —respondió, su tono juguetón—. Felix colapsaría si no puede ver a las gemelas cada semana. Y no hagas hablar de Ingrid. ¡Ya estaría lanzando una campaña en redes sociales para encontrarnos! Imagínatela: ‘#DóndeEstánLosValdemar’ con fotos de las niñas en su Instagram.
Astrid soltó una carcajada, cubriéndose la boca para no despertar a Isabelle.
—¡Es verdad! —dijo, sus ojos brillando con diversión—. Y Emil… seguro vendría con una bandeja de pasteles y una lista de razones por las que necesitamos volver al palacio. ‘¡Astrid, las gemelas no pueden crecer sin mis galletas!’.
Oscar, que escuchaba con atención, levantó la cabeza, confundido.
—¿Tío Emil hace galletas? —preguntó, sus ojos muy abiertos—. ¿Por qué no me dio ninguna?
Christian rió, inclinándose para besar la frente de Oscar.
—Porque eres demasiado rápido para atraparlo, pequeño —bromeó—. La próxima vez, dile que el guardián jefe necesita probarlas primero.
Oscar asintió con seriedad, como si planeara una estrategia.
—Voy a decirle que me dé una grande —declaró, haciendo un círculo con sus brazos—. ¡Así de grande!
Astrid sonrió, mirando a su hijo con ternura.
—Eres el jefe, pequeño —dijo, ajustando la manta sobre sus piernas—. Pero no comas demasiadas, o no podrás correr detrás de tus hermanitas cuando empiecen a gatear.
Oscar frunció el ceño, pensativo.
—¿Gatean rápido? —preguntó, mirando a Victoria en la cuna—. Porque yo corro muy rápido.
Christian rió, intercambiando una mirada cómplice con Astrid.
—Oh, te darán trabajo, pequeño guardián —dijo, guiñándole un ojo—. Pero tranquilo, papá te ayudará a mantenerlas a raya.
De repente, Isabelle se removió en los brazos de Astrid, emitiendo un pequeño gemido que amenazaba con convertirse en llanto. Astrid la acunó con suavidad, susurrándole palabras tranquilas.
—Shhh, mi pequeña, aquí está mamá —murmuró, besando su frente—. No llores, estás con nosotros.
Christian se inclinó, acariciando la mejilla de Isabelle con un dedo.
—Siempre se calma contigo —dijo, su voz llena de admiración—. Pero si la dejamos en la cuna demasiado tiempo, llora como si el mundo se acabara.
Astrid asintió, sonriendo.
—Es como si supiera que necesita estar cerca —dijo, mirando a Isabelle con amor—. Victoria es más tranquila, pero esta pequeña… tiene carácter.
Oscar, curioso, se acercó para ver mejor a su hermanita.
—¿Por qué llora tanto? —preguntó, su voz bajita para no molestarla—. ¿Está triste?
Astrid rió suavemente, ajustando a Isabelle contra su pecho.
—No está triste, pequeño —explicó—. Solo quiere estar con nosotros. Como tú, que siempre quieres estar con papá cuando cuenta historias de dragones.
Oscar sonrió, orgulloso de la comparación.
—¡Yo no lloro! —declaró, cruzando los brazos—. Pero… puedo cantarle una canción, como a mi oso.
Christian levantó una ceja, divertido.
—¿Y qué canción le cantarías, campeón? —preguntó, inclinándose hacia él.
Oscar pensó un momento, frunciendo el ceño con concentración.
—La de las estrellas —respondió, señalando la ventana empañada—. La que mamá canta cuando no puedo dormir.