La lluvia de la mañana había dejado los jardines del Palacio de Frederiksborg relucientes, con las flores recién regadas y los caminos de grava brillando bajo el sol otoñal. Sin embargo, ni el impecable protocolo ni los esfuerzos por mantener la discreción pudieron frenar el frenesí mediático que aguardaba fuera. Los flashes de las cámaras destellaban tras las verjas de hierro, y el murmullo de los reporteros se mezclaba con el viento, anticipando la llegada de la familia Valdemar.
Christian salió primero del coche, su rostro tenso mientras escaneaba el perímetro, asegurándose de que los guardias mantuvieran a raya a los fotógrafos. Con cuidado, abrió la puerta trasera, ayudando a Astrid a bajar. Ella sostenía a Isabelle en brazos, la pequeña envuelta en una manta azul, inquieta y emitiendo suaves gemidos, como si percibiera el caos exterior. Victoria, en los brazos de Christian, también comenzó a moverse, sus pequeños puños apretándose. Oscar, bajó del coche con la ayuda de un asistente, aferrándose a la mano de su padre con una expresión de miedo.
—¿Por qué hay tantos? —susurró Oscar, sus ojos grises muy abiertos mientras miraba los flashes que parpadeaban desde la verja—. Dijiste que estaríamos en casa, papá.
Christian se agachó a su altura, sosteniendo a Victoria con cuidado.
—Y estamos en casa, pequeño guardián —respondió, su voz suave pero firme—. Pero a veces, la gente quiere vernos porque nos quieren mucho. Pronto estaremos dentro, y será solo nuestra familia, ¿sí?
Oscar frunció el ceño, claramente poco convencido, y se acercó más a Astrid, escondiendo su rostro en su abrigo.
—No me gusta —murmuró, su voz temblando—. Los flashes son muy brillantes.
Astrid, con Isabelle cada vez más inquieta en sus brazos, sintió una punzada en el pecho. Ajustó a la bebita, que comenzaba a lloriquear, y acarició el cabello de Oscar con su mano libre.
—A mí tampoco me gusta, mi amor —dijo, su tono cálido pero teñido de frustración—. Pero tenemos algo que ellos no.
Oscar levantó la mirada, curioso.
—¿Qué? —preguntó, su voz bajita.
Astrid sonrió, señalando la entrada del palacio.
—La puerta —respondió, guiñándole un ojo—. Y se cierra.
Christian rió, a pesar de la tensión, y tomó la mano de Oscar para guiarlo hacia la entrada.
—Vamos, pequeño —dijo, su tono juguetón—. Vamos a cerrar esa puerta y dejar los flashes afuera.
Los flashes se intensificaron cuando los fotógrafos divisaron a las gemelas. Algunos incluso treparon a los árboles cercanos, desesperados por capturar una imagen de las nuevas princesas. Una voz gritó desde la multitud:
—¡Príncipe Christian! ¡Duquesa Astrid! ¿Podemos ver a las princesas, por favor?
Astrid sintió a Isabelle removerse más, su llanto ahora audible, mientras Victoria, en los brazos de Christian, también comenzaba a gemir. La presión en su pecho creció, y su expresión se endureció.
—No vamos a exponerlas así —dijo tajante, mirando a Christian con determinación.
Christian asintió, su rostro serio. Se giró hacia los reporteros, alzando la voz con una mezcla de serenidad y autoridad.
—Mis hijas no serán fotografiadas hoy —declaró, su tono firme pero controlado—. Han sido días largos para mi esposa y nuestras niñas. Por respeto a ellas, pedimos privacidad.
Algunos fotógrafos bajaron sus cámaras de inmediato, respetando la petición. Otros, más insistentes, continuaron disparando, haciendo que Oscar se aferrara aún más a la mano de Christian, sus ojos brillando con lágrimas.
—Papá, no quiero que nos miren —susurró, su voz temblando mientras escondía su rostro.
Christian se agachó de nuevo, sosteniendo a Victoria con un brazo y abrazando a Oscar con el otro.
—No te preocupes, pequeño guardián —susurró, besando su frente—. Estamos casi dentro. Nadie va a molestarte, te lo prometo.
Astrid, acunando a Isabelle para calmar su llanto, miró a Christian con gratitud.
—Vamos, amor —dijo, su voz suave pero urgente—. Llevémoslos adentro.
Una vez cruzaron la entrada del palacio, el pesado portón se cerró tras ellos, silenciando el bullicio de los flashes y las voces. El vestíbulo, cálido y decorado con tapices antiguos, era un refugio de calma. El personal los recibió con discreción, mientras la familia cercana aguardaba ansiosa. Ingrid, Felix y Alexander, los hermanos de Christian, fueron los primeros en acercarse, seguidos por Jens Møller, Emil y Nikolai, los familiares de Astrid.
Ingrid corrió hacia Astrid, abrazándola con cuidado para no molestar a Isabelle, que aún lloriqueaba.
—¡Estás en casa! — exclamó, sus ojos brillando—. Oh, Astrid, las gemelas son preciosas. Pero, ¿estás bien? Pareces agotada.
Astrid sonrió, ajustando a Isabelle contra su pecho.
—Estoy bien, Ingrid —respondió, su voz cansada pero cálida—. Solo… no esperaba tanto alboroto afuera. Y las niñas están inquietas.
Felix, que observaba a Victoria en los brazos de Christian, se acercó, su expresión de asombro.
—Son tan… diminutas —dijo, inclinándose para ver mejor—. Pero tienen tus ojos, Christian. Mira esos párpados.
Christian rió, sosteniendo a Victoria con orgullo.
—Creo que tienen un poco de los dos —dijo, mirando a Astrid con una sonrisa—. Pero definitivamente tienen el carácter de su madre.
Alexander, el menor, se acercó, curioso, pero manteniendo la distancia.
—¿Ya saben quién es Isabelle y quién es Victoria? —preguntó, mirando a las bebés con una mezcla de fascinación y timidez.
Astrid rió, calmando a Isabelle con suaves caricias.
—Aún no estamos seguros —admitió—. Pero Isabelle llora más cuando no está con nosotros. Creo que ya está marcando su territorio.
Jens, el padre de Astrid, se acercó, sus ojos brillando con emoción mientras ponía una mano en el hombro de su hija.
—Mi niña, lo lograste —dijo, su voz temblando—. Estas pequeñas son un milagro. Pero, ¿cómo estás tú? Ese caos afuera… no me gusta.