Amor real entre tradiciones

Capítulo 43: Una sombra en la calma

El crepitar del fuego en la chimenea llenaba la sala privada del Palacio de Frederiksborg con un calor acogedor, mientras las gemelas, Isabelle y Victoria , dormían plácidamente en su cuna doble junto al ventanal. La luz de la luna se filtraba a través de las cortinas, bañando la habitación en un resplandor suave. Astrid Møller, sentada en el sofá, sostenía una taza de té que ya se había enfriado, sus manos inmóviles mientras miraba a sus hijas. El silencio, tan raro en su vida últimamente, era hermoso, pero también inquietante.

Christian estaba en el estudio con Oscar, ayudando al pequeño a armar una maqueta de madera, un regalo por la llegada de sus hermanitas. La tranquilidad fue interrumpida por un discreto golpecito en la puerta.

—¿Se puede? —preguntó una voz familiar.

Astrid levantó la mirada, forzando una sonrisa débil al ver a Mattias Bækgaard, su amigo y médico materno-fetal, entrar con su inseparable carpeta de exámenes.

—Adelante, Mattias —respondió, ajustándose la manta sobre las piernas.

Mattias cerró la puerta con cuidado, su expresión seria pero cálida. Se sentó frente a ella, dejando la carpeta sobre la mesa de centro con un gesto deliberado.

—Te ves agotada, Astrid —dijo, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Más de lo que esperaba.

Astrid rió, aunque el sonido carecía de energía.

—¿Y qué esperabas después de gemelas, paparazzi y noches sin dormir? —respondió, intentando aligerar el momento—. Creo que agotada es mi nuevo estado natural.

Mattias sonrió, pero la seriedad en sus ojos no desapareció.

—No es solo eso, y lo sabes —dijo, bajando la voz—. Antes del parto, te hicimos una serie de pruebas. Algunas eran rutinarias, otras por precaución debido al sangrado y las contracciones prematuras. Los resultados finales llegaron hoy.

Astrid se enderezó, su cuerpo tensándose de inmediato. La taza tembló ligeramente en sus manos.

—¿Hay algo mal? —preguntó, su voz más aguda de lo que pretendía.

Mattias suspiró, ajustándose las gafas antes de responder.

—No es grave en este momento, pero es importante —explicó, su tono profesional pero cargado de empatía—. Has desarrollado una forma temprana de insuficiencia tiroidea posparto. Es común en mujeres con estrés prolongado, partos múltiples y antecedentes de complicaciones como las tuyas. Esto explica tu agotamiento extremo, la irritabilidad y los episodios de debilidad. También podría haber contribuido al intento de parto prematuro.

Astrid parpadeó, asimilando sus palabras. Su mente se llenó de imágenes de las últimas semanas: los días en el hospital, los flashes de los paparazzi, las noches sin dormir cuidando a las gemelas.

—¿Voy a estar bien? —preguntó, su voz apenas un susurro.

Mattias asintió, inclinándose para mirarla a los ojos.

—Con tratamiento, sí —respondió, su tono firme pero tranquilizador—. Medicación para estabilizar tu tiroides, descanso adecuado y, sobre todo, reducir el estrés. Pero, Astrid, necesitas tomarlo en serio. No más reuniones de cancillería, no más compromisos reales por ahora. Tu cuerpo está pidiéndote que bajes el ritmo.

Astrid cerró los ojos por un momento, dejando que las palabras se asentaran. La taza tembló en sus manos, y la colocó con cuidado en la mesa.

—¿Christian lo sabe? —preguntó, mirando a Mattias con una mezcla de miedo y esperanza.

Mattias negó con la cabeza.

—Quería hablar contigo primero —dijo—. Esto es algo que debes decidir cómo compartir con él. Pero te recomiendo que lo hagas pronto. No puedes manejarlo sola, y él querrá estar ahí para ti.

Astrid asintió, su mirada perdida en la cuna donde dormían las gemelas.

—Solo… necesito un momento para procesarlo —susurró—. No quiero preocuparlo más. Ya ha pasado por tanto con el parto y Oscar.

Mattias puso una mano en su hombro, su gesto lleno de comprensión.

—Eres fuerte, Astrid, pero no eres invencible —dijo, su voz suave—. Déjalo cuidarte, como tú cuidas de todos los demás.

Antes de que Astrid pudiera responder, la puerta se entreabrió, y Christian entró en silencio, sosteniendo a Oscar, que dormía profundamente en sus brazos, su cabeza apoyada en el hombro de su padre.

—Perdón, escuché voces —dijo Christian, su tono bajo para no despertar al pequeño—. ¿Todo bien?

Astrid y Mattias intercambiaron una mirada rápida. Ella forzó una sonrisa, aunque su corazón latía con fuerza.

—Todo bien, amor —respondió, levantándose con cuidado para acercarse a él—. Solo una revisión de rutina. Déjame ayudarte a llevar a Oscar a la cama.

Christian frunció el ceño, notando la tensión en su voz, pero no insistió. Asintió, siguiendo a Astrid hacia la habitación del pequeño. Mattias los observó irse, recogiendo su carpeta con un suspiro.

En la habitación de Oscar, Astrid y Christian acostaron al pequeño con cuidado, cubriéndolo con una sábana de estrellas. Astrid acarició su mejilla, sonriendo ante su expresión tranquila.

—Es increíble cómo crece —susurró, su voz llena de amor—. Parece que ayer era un bebé como Isabelle y Victoria.

Christian sonrió, rodeándola con un brazo.

—Y ahora es el jefe de las gemelas —dijo, su tono juguetón—. Aunque creo que ellas le darán trabajo cuando empiecen a gatear.

Astrid rió, pero su risa se desvaneció rápidamente. Christian la miró, su expresión suavizándose.

—Amor, ¿seguro que todo está bien? —preguntó, girándola para mirarla a los ojos—. Pareces… preocupada.

Astrid suspiró, apoyando la frente en su pecho.

—Tenemos que hablar —admitió, su voz temblando—. Pero no ahora. Cuando las niñas estén tranquilas y Oscar duerma. Es… importante.

Christian tensó los brazos a su alrededor, su rostro lleno de preocupación.

—Está bien —dijo, besando su cabello—. Pero no me hagas esperar demasiado, Astrid. Somos un equipo, ¿recuerdas?

Ella asintió, abrazándolo con fuerza.

—Siempre —susurró.



#6736 en Novela romántica

En el texto hay: amor, realeza

Editado: 31.01.2026

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