La mañana amaneció serena en la casa de campo, un refugio escondido entre las colinas danesas donde la familia Valdemar encontraba paz lejos del bullicio del Palacio de Frederiksborg. El aroma a pan recién horneado flotaba desde la cocina, mezclado con el suave murmullo del viento que se colaba por las ventanas entreabiertas. Isabelle y Victoria, las gemelas de apenas unas semanas, dormían plácidamente en su cuna doble, acurrucadas bajo una manta tejida. En la sala, Astrid Møller reposaba en el sofá, envuelta en una manta suave, su rostro pálido reflejando el cansancio acumulado tras el parto y su diagnóstico de insuficiencia tiroidea posparto.
Christian había salido al porche para hacer unas llamadas urgentes con la oficina real, coordinando la ausencia de ambos en actos oficiales mientras Astrid se recuperaba. Mattias Bækgaard, su médico y amigo, pasaría más tarde para revisarla. En ese momento de calma, Oscar, entró en la sala, arrastrando su mantita azul con una expresión seria en su rostro infantil.
—Mami… —dijo en voz baja, trepando al sofá con dificultad, sus pequeños brazos esforzándose por subir.
Astrid sonrió, aunque sus ojos cansados reflejaban el peso de su estado. Extendió una mano para ayudarlo, acomodándolo a su lado.
—Hola, mi pequeño guardián —susurró, acariciando su cabello rizado—. ¿Dormiste bien anoche?
Oscar negó con la cabeza, acurrucándose contra ella, su mantita apretada contra su pecho. La miró con una seriedad que contrastaba con su edad.
—No mucho —admitió, frunciendo el ceño—. Soñé que los fotógrafos venían aquí, y no me gustaba. Y… mami, ¿estás enferma? —preguntó, tocando su brazo con cuidado, como si temiera hacerle daño—. Porque el doctor vino muchas veces, y papi habla en voz bajita cuando estás durmiendo.
Astrid tragó saliva, su corazón apretándose ante la preocupación de su hijo. Ajustó la manta sobre ambos, buscando las palabras adecuadas.
—No estoy enferma, cielo —respondió, su voz suave pero temblorosa—. Solo estoy muy cansada porque mis fuerzas se gastaron un poco al traer a tus hermanitas. Necesito descansar para estar fuerte otra vez, para cuidarte a ti, a Isabelle y a Victoria.
Oscar entrecerró los ojos, analizando cada palabra con esa intensidad infantil que siempre la sorprendía.
—¿Entonces no te vas a ir como la abuela Margrethe? —preguntó, su voz bajita pero cargada de miedo.
El corazón de Astrid se detuvo por un segundo. La mención de la reina madre, fallecida años atrás, trajo un nudo a su garganta. Se inclinó para besar la frente de Oscar, abrazándolo con suavidad.
—No, mi amor —susurró, su voz firme a pesar de las lágrimas que amenazaban con salir—. No me voy a ir a ningún lado. Solo necesito que tú y papi me ayuden a descansar un poco, ¿de acuerdo? ¿Puedes ser mi caballero y protegerme?
Oscar se incorporó, su expresión cambiando a una de determinación. Asintió con seriedad, como si acabaran de asignarle una misión real.
—¡Yo te voy a cuidar, mami! — prometió, hinchando el pecho—. No voy a dejar que nadie te moleste. Ni los fotógrafos, ni los guardias, ni siquiera tío Emil si hace ruido con sus galletas.
Astrid soltó una risa bajita, emocionada por la valentía de su hijo. Le revolvió el cabello, sus ojos brillando con amor.
—Eres mi pequeño caballero, ¿lo sabías? —dijo, atrayéndolo para un abrazo—. El mejor guardián que podría tener.
Oscar sonrió, satisfecho con su nuevo título, pero su mente curiosa no se detuvo.
—¿Y si las bebés lloran mucho? —preguntó, mirando hacia la cuna donde dormían las gemelas—. Porque Isabelle llora cuando no estás cerca, y no quiero que te despierten.
Astrid rió, ajustándolo contra su pecho.
—Tú puedes ayudarme a calmarlas —sugirió, su tono juguetón—. Puedes traerles sus muñequitos o cantarles esa canción de las estrellas que tanto te gusta. Eres su hermano mayor, después de todo.
Oscar pensó un momento, su ceño frunciéndose con concentración.
—Entonces… soy su hermano mayor y tu guardián —dijo, contando con los dedos—. ¿Eso significa que puedo dormir contigo y con papi esta noche? Para protegerte mejor.
Astrid lo abrazó con fuerza, conteniendo las lágrimas que amenazaban con caer.
—Claro que sí, campeón —susurró, besando su mejilla—. Siempre puedes dormir con nosotros si quieres protegernos.
En ese momento, la puerta principal se abrió, y Christian entró con una bandeja de té humeante y un plato de pan recién cortado. Al ver a Astrid y Oscar abrazados en el sofá, sonrió, su rostro iluminándose con ternura.
—¿Ya le contaste a mamá que eres su guardaespaldas oficial? —preguntó, dejando la bandeja en la mesa y sentándose junto a ellos.
Oscar levantó la barbilla con orgullo, su mantita aún apretada contra su pecho.
—¡Y el de las bebés también! — declaró, haciendo reír a sus padres.
Christian lo alzó, sentándolo en su regazo, y besó su frente.
—Entonces estamos en las mejores manos, pequeño guardián —dijo, guiñándole un ojo—. Pero, ¿sabes qué? Los guardias también necesitan desayunar. ¿Quieres un poco de pan con mermelada?
Oscar asintió con entusiasmo, olvidando momentáneamente su misión.
—¡Con mucha mermelada! — exigió, señalando el plato.
Astrid rió, mirando a Christian con gratitud.
—Es increíble cómo nos mantiene en marcha —susurró, su voz llena de amor.
Christian tomó su mano, entrelazando sus dedos.
—Tú también nos mantienes en marcha, amor —respondió, besando sus nudillos—. Y vamos a asegurarnos de que descanses todo lo que necesites.
Más tarde, Jens Møller, el padre de Astrid, llegó a la casa de campo, trayendo una cesta de verduras frescas de su huerto y un libro de cuentos para Oscar. Al entrar en la sala y ver a Astrid recostada, su rostro pálido y sus movimientos lentos, su expresión se ensombreció con preocupación.
—Mi niña —dijo, sentándose junto a ella y tomando su mano—. Te ves agotada. ¿Qué está pasando? Y no me digas que es solo el cansancio de las gemelas.