Amor real entre tradiciones

Capítulo 46: La voz de la corona

El salón privado del ala este del Palacio de Frederiksborg estaba bañado por la luz cálida del atardecer, que se filtraba a través de los grandes ventanales, proyectando sombras suaves sobre los tapices antiguos. Astrid Møller y Christian Valdemar estaban sentados juntos en un sofá elegante pero acogedor, cada uno sosteniendo a una de sus gemelas, Isabelle y Victoria. Isabelle dormía plácidamente en los brazos de Astrid, su pequeño rostro relajado, mientras Victoria, en los brazos de Christian, movía las manitas con pequeños espasmos de sueño. La tranquilidad de la escena contrastaba con la creciente tormenta mediática que rugía fuera de las paredes del palacio.

La puerta de roble se abrió con un leve crujido, y el rey Frederik entró, su figura imponente pero serena. Su rostro, habitualmente reservado, mostraba una preocupación que no podía ocultar del todo. Cerró la puerta tras de sí y se acercó, saludando con un asentimiento.

—Hijo… Astrid —dijo, su voz grave pero cálida mientras tomaba asiento en un sillón frente a ellos. Sus ojos grises se posaron en las gemelas antes de dirigirse a la pareja—. ¿Cómo están las pequeñas hoy?

Astrid sonrió débilmente, ajustando la manta de Isabelle.

—Están bien, majestad —respondió, su voz suave pero cansada—. Isabelle sigue siendo la más inquieta, pero ahora están tranquilas.

Christian, con Victoria acurrucada contra su pecho, asintió.

—Son unas campeonas —dijo, su tono lleno de orgullo—. Pero, padre, ¿qué te trae aquí con esa cara? No es solo una visita para ver a tus nietas, ¿verdad?

Frederik suspiró, apoyando los codos en las rodillas y entrelazando las manos. Su expresión se endureció ligeramente, reflejando la carga de su posición.

—No, no es solo eso —admitió, mirando a ambos con seriedad—. Recibí informes esta mañana. La prensa está intensificando sus especulaciones sobre la salud de Astrid. Los titulares son cada vez más atrevidos, y las imágenes de los fotógrafos captándote agotada al salir del hospital, protegida por los guardias, no están ayudando.

Astrid bajó la mirada, sus manos temblando ligeramente mientras acariciaba la cabecita de Isabelle. La mención de los paparazzi reavivó el recuerdo de los flashes y el caos que habían enfrentado al regresar al palacio.

—No quería preocupar a nadie —murmuró, su voz cargada de frustración—. Pensé que podríamos mantenerlo en privado un poco más, que el reposo pasaría desapercibido.

Frederik negó con la cabeza, su gesto casi paternal.

—El problema, Astrid, es que el silencio puede ser más dañino que la verdad —explicó, su tono firme pero comprensivo—. El pueblo ama a su familia real, pero la incertidumbre alimenta rumores. Algunos medios están inventando escenarios mucho más alarmantes que la realidad: hablan de enfermedades graves, incluso de crisis familiares. Necesitamos controlar la narrativa antes de que se salga de control.

Christian frunció el ceño, ajustando a Victoria en sus brazos mientras procesaba las palabras de su padre.

—¿Qué propones, padre? —preguntó, su voz baja pero tensa—. No queremos exponer a Astrid ni a las niñas más de lo necesario.

Frederik se reclinó en el sillón, cruzando las piernas con calma.

—Un comunicado oficial —respondió, su tono seguro—. Corto, directo, humano. Explicaremos que Astrid está en buen estado, que el nacimiento de las gemelas fue un evento alegre pero físicamente exigente, y que, por recomendación médica, está en reposo extendido bajo el mejor cuidado posible. Dejaremos claro que no hay motivo de alarma, pero que la familia necesita privacidad para enfocarse en su recuperación y las niñas.

El silencio llenó la sala por un momento, roto solo por el suave murmullo del viento contra los ventanales. Astrid acarició la mejilla de Isabelle, su mente girando entre la necesidad de proteger su intimidad y el peso de su rol público.

—¿Podemos incluir algo más personal? —preguntó, levantando la mirada hacia Frederik—. Algo como… que estamos agradecidos por la preocupación del pueblo y sus muestras de cariño. No quiero que el comunicado suene frío, como si estuviéramos cerrando las puertas al mundo.

Frederik sonrió, su expresión suavizándose.

—Por supuesto, Astrid —respondió, inclinándose hacia adelante—. El tono será humano, no político. Queremos que el pueblo sienta que es parte de esta alegría, pero también que respete tu espacio. Tú y Christian decidirán los detalles finales.

Christian miró a Astrid, buscando su aprobación con una mirada llena de apoyo.

—¿Estás de acuerdo, amor? —preguntó, su voz suave—. Sé que no quieres hablar de tu salud, pero esto podría calmar las cosas.

Astrid suspiró, mirando a Isabelle y luego a Victoria, que dormía plácidamente en los brazos de Christian.

—Sí —respondió finalmente, su voz firme a pesar del cansancio—. Prefiero que digamos la verdad a nuestra manera antes de que la prensa la distorsione. Pero… no quiero que mencionen lo de la insuficiencia tiroidea. Eso es privado.

Frederik asintió, respetando su decisión.

—Entendido —dijo—. El comunicado será vago sobre los detalles médicos, solo hablará de reposo posparto. La oficina de prensa redactará un borrador esta noche, y lo revisaremos juntos mañana por la mañana. ¿Les parece bien?

Christian apretó la mano de Astrid, su pulgar acariciando su piel.

—Perfecto, padre —respondió, mirando a Astrid con una sonrisa tranquilizadora—. Vamos a manejar esto juntos, amor.

Astrid asintió, sus ojos brillando con una mezcla de alivio y emoción.

—Gracias, majestad —susurró, su voz temblando ligeramente—. Por apoyarnos en esto.

Frederik se levantó, pero antes de dirigirse a la puerta, se acercó a Astrid, colocando una mano en su hombro en un gesto raro y cálido para alguien de su posición.

—No me llames majestad hoy, Astrid —dijo, su tono paternal—. Eres parte de esta familia, y una parte muy querida. Estoy orgulloso de cómo estás llevando todo esto, a pesar de lo difícil que ha sido. Cuentas con todo nuestro respaldo.



#6736 en Novela romántica

En el texto hay: amor, realeza

Editado: 31.01.2026

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