La casa de campo, enclavada entre las colinas danesas, estaba envuelta en una calma suave esa mañana. La luz del sol se filtraba por las cortinas blancas, iluminando la sala donde Astrid Møller reposaba en un sofá, envuelta en una manta tejida. Las gemelas, Isabelle y Victoria, cumplían tres meses ese día, y dormían plácidamente en su cuna doble, sus pequeños rostros relajados bajo la luz tenue. Oscar, estaba en la alfombra, organizando sus figuras de madera para recibir a dos amigos del colegio que llegarían pronto para jugar. El aroma a café recién hecho flotaba desde la cocina, mezclado con el murmullo del viento otoñal.
Tras una cuidadosa revisión la noche anterior, la Casa Real había emitido un comunicado oficial:
"Sus Altezas Reales desean agradecer profundamente las múltiples muestras de cariño y preocupación recibidas por parte del pueblo danés tras la reciente llegada de sus hijas gemelas. La Princesa Astrid se encuentra en buen estado de salud, aunque por indicación médica deberá mantener reposo prolongado para asegurar una recuperación completa. Las pequeñas y su madre están siendo atendidas por un equipo médico de confianza, y la familia real agradece el respeto a su privacidad durante este tiempo. Agradecemos la comprensión y el constante afecto recibido en esta etapa tan especial para nuestra familia."
La respuesta del pueblo fue inmediata y conmovedora. Las redes sociales se inundaron de mensajes de apoyo, con hashtags como #FuerzaAstrid y #BienvenidasPrincesas. Los titulares de los principales periódicos cambiaron su tono especulativo por uno de admiración: “Astrid, símbolo de fortaleza: Dinamarca le envía su cariño”, “La realeza agradece el apoyo en un momento de alegría”, “El país abraza a Astrid y sus gemelas”. En televisión, los comentaristas elogiaban la transparencia del comunicado, destacando la dignidad con la que Christian y Astrid manejaban la situación.
Dentro de la casa, Astrid observaba a Oscar desde el sofá, sonriendo mientras él alineaba sus figuras de madera en una formación que parecía un castillo. Mattias Bækgaard, su médico y amigo, entró con su maletín, listo para un chequeo rutinario.
—Buenos días, alteza —dijo Mattias, su tono cálido pero profesional mientras dejaba el maletín en la mesa—. ¿Cómo te sientes hoy?
Astrid ajustó la manta sobre sus piernas, ofreciendo una sonrisa cansada pero sincera.
—Un poco mejor, Mattias —respondió, su voz suave—. Aunque el cansancio sigue ahí. Pero… ver a Oscar tan emocionado por sus amigos y a las gemelas creciendo me da fuerza.
Mattias asintió, sacando su estetoscopio y un monitor de presión arterial.
—Vamos a revisar cómo estás —dijo, colocándose a su lado—. Y luego te doy una pequeña noticia que creo que te alegrará.
Astrid levantó una ceja, intrigada.
—¿Buena noticia? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia adelante—. No me hagas esperar, Mattias.
Él rió, ajustándose las gafas antes de empezar el chequeo.
—Paciencia, alteza —bromeó, tomando su pulso—. Primero, déjame asegurarme de que todo está en orden.
Mientras Mattias trabajaba, Oscar se acercó, arrastrando una figura de madera con forma de dragón.
—Mami, ¿puedo enseñarle mi castillo a mis amigos cuando vengan? —preguntó, sus ojos grises brillando con entusiasmo—. ¡Va a ser el mejor castillo del mundo!
Astrid sonrió, revolviéndole el cabello.
—Claro, pequeño guardián —respondió, su voz llena de cariño—. Pero recuerda no hacer demasiado ruido cerca de tus hermanitas, ¿sí? Isabelle podría empezar a llorar.
Oscar asintió con seriedad, mirando hacia la cuna.
—Voy a ser súper cuidadoso —prometió—. Porque soy el jefe, y los jefes cuidan a todos.
Mattias rió, terminando de tomar la presión arterial de Astrid.
—Eres el mejor jefe, Oscar —dijo, guiñándole un ojo—. Y tus hermanitas tienen suerte de tenerte.
En ese momento, Christian entró desde la cocina, sosteniendo una bandeja con café y un vaso de jugo para Oscar. Al ver a Mattias, su expresión se llenó de esperanza.
—¿Cómo está mi guerrera? —preguntó, sentándose junto a Astrid y besando su frente.
Mattias sonrió, guardando sus instrumentos.
—Aquí viene la buena noticia —dijo, mirando a Astrid—. Tus niveles hormonales están empezando a estabilizarse. La medicación está funcionando, y tu tiroides está respondiendo mejor de lo que esperaba. Es un gran paso, Astrid.
Astrid exhaló, aliviada, sus ojos brillando con una chispa de esperanza.
—¿Eso significa que estoy mejor? —preguntó, apretando la mano de Christian.
Mattias asintió, pero levantó una mano para templar su entusiasmo.
—Estás mejorando, sí —respondió—. Pero aún necesitas reposo estricto. Nada de esfuerzos físicos ni estrés por al menos tres meses más. Si sigues así, podrías estar completamente recuperada antes de lo previsto.
Christian sonrió, apretando la mano de Astrid con fuerza.
—Esa es la mejor noticia que hemos tenido en semanas —dijo, su voz llena de alivio—. Gracias, Mattias.
Astrid miró a Christian, sus ojos llenos de gratitud.
—Significa que pronto podré correr detrás de Oscar sin desmayarme —bromeó, haciendo reír a todos.
Oscar, que seguía jugando en la alfombra, levantó la mirada.
—¡Mami, tú no corres más rápido que yo! — exclamó, cruzando los brazos con una sonrisa traviesa.
Christian rió, levantando a Oscar y sentándolo en su regazo.
—Oh, pequeño guardián, cuando mamá esté al cien por cien, te dará una paliza corriendo —bromeó, revolviéndole el cabello.
Oscar frunció el ceño, fingiendo indignación.
—¡No es cierto! — protestó, pero su risa llenó la sala.
Esa tarde, la casa se llenó de vida con la llegada de Jens Møller, el padre de Astrid, acompañado por Ingrid y Felix, los hermanos de Christian. Jens traía una cesta de manzanas de su huerto, mientras Ingrid y Felix cargaban una caja de juguetes para Oscar y sus amigos. La preocupación por Astrid y las gemelas era evidente en sus rostros, pero intentaban mantener el ambiente ligero.