El aire otoñal era fresco y húmedo en el pequeño cementerio familiar a las afueras de Copenhague, donde las hojas caídas crujían bajo los pasos de Astrid Møller y sus hermanos, Emil y Nikolai. Era el aniversario de la muerte de su madre, Amelia von Larsen, quien había fallecido cuando ellos aún eran adolescentes, dejando un vacío que aún resonaba en sus corazones. Astrid, envuelta en un abrigo azul marino que apenas disimulaba su reciente maternidad, sostenía una rosa blanca entre sus dedos temblorosos. Emil caminaba a su lado, su rostro sereno pero cargado de una tristeza contenida, mientras Nikolai, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en el suelo, parecía luchar contra sus propias emociones.
Gracias a la ayuda de sus hermanos, Astrid había podido hacer esta visita, a pesar de las restricciones médicas que le imponían reposo estricto por su insuficiencia tiroidea posparto. Emil había insistido en conducir, y Nikolai se había encargado de coordinar la salida discretamente para evitar a los paparazzi, que aún rondaban tras los rumores sobre la salud de Astrid.
—No puedo creer que ya hayan pasado tantos años —murmuró Astrid mientras se acercaban a la tumba, su voz apenas audible sobre el susurro del viento—. Parece que fue ayer cuando nos sentábamos con ella en la cocina, escuchando sus historias.
Emil, con las manos en los bolsillos de su chaqueta, asintió, su mirada perdida en los árboles desnudos.
—Ella siempre tenía una historia para todo, ¿verdad? —dijo, su tono suave pero nostálgico—. Como cuando me pilló robando galletas y me hizo escuchar una hora de cuentos sobre caballeros y dragones para “redimirme”.
Astrid rió, una risa suave que contrastaba con las lágrimas que brillaban en sus ojos.
—Y siempre terminaba con una lección sobre ser valiente pero amable —añadió, apretando la rosa en sus manos—. Creo que por eso Oscar me recuerda tanto a ella. Tiene esa misma chispa.
Nikolai, que había estado en silencio, finalmente habló, su voz baja y tensa.
—Ella estaría orgullosa de ti, Astrid —dijo, deteniéndose frente a la tumba, una losa de mármol sobria pero elegante con el epitafio tallado con delicadeza: Amelia von Larsen. Esposa, madre y guardiana de nuestra fortaleza. 1965 – 2002. —De cómo has manejado todo esto: las gemelas, tu salud, el caos de la prensa. Eres… más fuerte de lo que yo podría ser.
Astrid se agachó lentamente, colocando la rosa blanca sobre la piedra húmeda. Sus dedos rozaron el mármol, y por un momento, cerró los ojos, dejando que el frío de la piedra la anclara.
—Hola, mamá —susurró, su voz quebrándose—. Han pasado tantas cosas… Ojalá estuvieras aquí para conocer a Oscar, a Isabelle, a Victoria. Ellos te amarían tanto como nosotros.
Emil se acercó, poniéndose en cuclillas junto a ella, su mano descansando en su hombro.
—Ella te ve, Astrid —dijo con convicción, su voz firme a pesar de la emoción que lo atravesaba—. Cada vez que Oscar dice “mami” con esa sonrisa suya, es como si mamá estuviera sonriendo a través de él. Y las gemelas… apuesto a que ya les tendría apodos ridículos, como “mis pequeñas estrellas”.
Astrid rió, limpiando una lágrima que rodaba por su mejilla.
—¿Crees que les diría “estrellitas” como nos decía a nosotros? —preguntó, mirando a Emil con una sonrisa nostálgica.
—Oh, sin duda —respondió Emil, riendo—. Y probablemente ya estaría tejiendo mantas para ellas, contándoles historias sobre cómo conquistó a papá con su pastel de manzana.
Nikolai, que había estado mirando la tumba en silencio, finalmente se acercó, arrodillándose junto a sus hermanos. Su expresión, normalmente reservada, se suavizó, y una leve sonrisa curvó sus labios.
—Seguro que ya tendría a Isabelle y Victoria envueltas en mantas con iniciales bordadas —dijo, su voz más cálida de lo habitual—. Y a Oscar le estaría enseñando a hacer galletas, aunque él se comería la mitad de la masa antes de que llegaran al horno.
Astrid rió, su corazón aligerándose por primera vez en el día.
—Suena exactamente a ella —susurró, mirando la rosa sobre la tumba—. Siempre sabía cómo hacer que todo se sintiera… seguro. Incluso ahora, estar aquí con ustedes me hace sentirla más cerca.
Emil apretó su hombro, su mirada llena de cariño.
—Porque ella está en nosotros, hermana —dijo, su voz quebrándose ligeramente—. En la forma en que luchas por tu familia, en cómo Nikolai intenta parecer duro pero se derrite con tus hijos, en cómo yo sigo intentando hacer sus recetas aunque nunca me salen igual.
Nikolai resopló, pero no pudo evitar sonreír.
—No soy tan blando —protestó, aunque su tono carecía de convicción—. Pero… sí, ella estaría orgullosa de ti, Astrid. De cómo sigues adelante, incluso cuando estás agotada. Eres como ella, ¿sabes? Siempre poniendo a los demás primero.
Astrid negó con la cabeza, sus ojos brillando con lágrimas.
—No siempre —admitió, su voz temblando—. A veces me siento tan débil, Nikolai. Con lo de mi salud, las gemelas, la prensa… no sé si estoy haciendo lo suficiente.
Emil la interrumpió, girándola suavemente para mirarla a los ojos.
—Oye, no digas eso —dijo, su tono firme pero lleno de afecto—. Estás haciendo más de lo que cualquiera podría. Mamá siempre decía que ser fuerte no significa no cansarse, sino seguir adelante incluso cuando quieres rendirte. Y eso es exactamente lo que estás haciendo.
Nikolai asintió, su mano encontrando la de Astrid y apretándola con suavidad.
—Y no estás sola, pequeña —dijo, usando el apodo que solía reservar para los momentos más íntimos—. Emil y yo, Christian, papá, todos estamos aquí. Mamá te enseñó a ser fuerte, pero también a apoyarte en los demás. Déjanos ayudarte.
Astrid sonrió, las lágrimas cayendo libremente ahora. Se inclinó hacia adelante, abrazando a ambos hermanos con fuerza, la rosa blanca en la tumba como testigo silencioso.
—Gracias por venir conmigo hoy —susurró, su voz quebrada por la emoción—. La necesitaba tanto… y los necesitaba a ustedes.