La noche había caído suavemente sobre la casa de campo, envolviendo el refugio de los Valdemar en un silencio apacible. Las gemelas, Isabelle y Victoria, dormían plácidamente en su cuna doble, sus pequeños rostros relajados bajo la luz tenue de una lámpara. Oscar, agotado tras un día de aventuras como “superhermano”, yacía rendido en su cama, abrazando con fuerza su peluche de oso, la mantita azul cubriéndole hasta la barbilla. El aroma residual de los postres que Astrid había preparado esa mañana —pastel de manzana, galletas de avena y flan— aún flotaba en el aire, mezclado con la frescura del otoño danés.
Astrid y Christian estaban en la pequeña terraza trasera, envueltos en una manta gruesa que compartían para protegerse del frío nocturno. Sobre la mesa de madera frente a ellos descansaban dos tazas de té humeante, y el cielo estrellado se extendía como un lienzo infinito sobre sus cabezas. Entre ellos fluía esa conexión tranquila, nacida de años de amor, desafíos compartidos y una complicidad que no necesitaba palabras.
—Hoy fue un buen día —susurró Astrid, apoyando la cabeza en el hombro de Christian, su voz suave pero llena de gratitud—. Caótico, con Oscar y su capa de superhermano, las gemelas más activas que nunca… pero bueno.
Christian sonrió, inclinándose para besar su sien, su aliento cálido contra su piel.
—Los mejores días siempre lo son —respondió, su tono cargado de cariño—. Me hace feliz verte sonreír así, amor, a pesar del cansancio. Estás brillando otra vez.
Astrid rió suavemente, ajustando la manta sobre sus hombros.
—No recuerdo la última vez que dormí cinco horas seguidas —admitió, sus ojos brillando con diversión bajo la luz de las estrellas—. Creo que mi cuerpo se olvidó de cómo hacerlo.
Christian rió, su risa baja resonando en la quietud de la noche.
—Oh, yo sí lo recuerdo —dijo, su tono juguetón pero nostálgico—. Fue hace unos cuatro meses… antes de que me miraras con esa cara de pánico en el hospital y me dijeras, “Christian, creo que vienen dos”. Nunca olvidaré esa expresión tuya.
Astrid soltó una carcajada, cubriéndose la boca para no hacer ruido.
—¡No fue pánico! —protestó, dándole un empujón suave en el brazo—. Fue… sorpresa estratégica. Nadie me advirtió que las gemelas venían en el paquete.
Christian rió, atrayéndola más cerca bajo la manta, sus ojos brillando con amor.
—Sorpresa estratégica, claro —bromeó, besando su frente—. Pero, ¿sabes? Ese día supe que éramos imparables. Tú, yo, Oscar, y ahora Isabelle y Victoria. Somos un equipo, amor.
Astrid asintió, levantando la vista hacia el cielo estrellado, las constelaciones titilando como pequeños faros.
—Quiero que nuestros hijos crezcan sabiendo que el mundo es más grande que los castillos y las cámaras —dijo, su voz soñadora pero firme—. Quiero que vivan aventuras con nosotros, Christian. Que se manchen de barro, que aprendan a encender una fogata, que coleccionen recuerdos y no solo fotos perfectas para la prensa.
Christian tomó su mano, entrelazando sus dedos con los de ella.
—Esa es la mejor idea que has tenido en mucho tiempo —respondió, su tono lleno de entusiasmo—. Excursiones familiares, sin protocolos, sin paparazzi. Solo nosotros, un bosque, una tienda de campaña y tal vez un picnic con tu pastel de manzana.
Astrid rió, apretando su mano.
—Una vez al mes —propuso, sus ojos brillando con ilusión—. Aunque tengamos que escaparnos en secreto con ayuda de Emil y Nikolai. Ellos serían los mejores cómplices para despistar a la prensa.
Christian asintió, su sonrisa ampliándose.
—Hecho —dijo, inclinándose para mirarla a los ojos—. Yo haré el itinerario. Pero tú te encargas de empacar los pañales y la mermelada para Oscar, porque ese pequeño guardián no sobrevivirá sin ella.
Astrid soltó una carcajada, apoyándose más en él.
—Trato hecho —respondió, su voz llena de diversión—. Pero no te quejes si termino empacando también un par de galletas para ti.
Christian rió, rodeándola con ambos brazos y mirando al cielo.
—¿Crees que Oscar recordará estos momentos? —preguntó, su tono suavizándose—. Todo este caos, las risas, nosotros aquí… planeando aventuras bajo las estrellas.
Astrid pensó un momento, su mirada perdida en las constelaciones.
—Tal vez no los detalles —respondió, su voz cálida—. Pero sí lo que siente. La seguridad, el amor, las risas. Eso se queda grabado para siempre. Y las gemelas… ellas también lo sentirán, aunque ahora solo gorgojeen y hagan desastres.
Christian sonrió, besando su mejilla.
—No somos una familia perfecta —dijo, su tono lleno de ternura—. Pero somos reales. Y eso, amor, ya es un gran comienzo.
Astrid asintió, su corazón lleno de una calma que no había sentido en semanas. Pero entonces, su expresión se volvió nostálgica, y apretó la mano de Christian.
—¿Sabes? —dijo, su voz más suave—. A veces pienso en cómo llegamos hasta aquí. En esos días en que éramos solo nosotros, antes de todo esto: el palacio, las cámaras, los títulos. Cuando éramos solo Astrid y Christian, dos idiotas que no se atrevían a dar el primer paso.
Christian rió, su mirada perdida en el recuerdo.
—Oh, no me lo recuerdes —dijo, sacudiendo la cabeza—. Yo estaba loco por ti desde que teníamos… ¿qué, diecisiete? Pero eras tan… tú. Valiente, brillante, siempre con esa sonrisa que me desarmaba. Y yo, un cobarde que no se atrevía a decir nada.
Astrid rió, dándole un empujón juguetón.
—¿Cobarde? —protestó, sus ojos brillando con diversión—. Por favor, eras el príncipe encantador, Christian. Todas las chicas en la escuela suspiraban por ti. Pero tú siempre estabas ahí, mirándome como si yo fuera la única en la habitación, y luego… nada. Silencio. Me volvías loca.
Christian rió, inclinándose para besar su frente.
—Y luego te fuiste a estudiar al extranjero —dijo, su tono teñido de nostalgia—. Esos años sin ti fueron los peores. Cada carta que enviabas, cada llamada… me moría por decirte lo que sentía, pero siempre encontraba una excusa para no hacerlo.