Amor real entre tradiciones

Capítulo 50: Un nuevo amanecer

El crepúsculo bañaba los jardines del Palacio de Frederiksborg en tonos dorados y rosados, mientras el coche oficial avanzaba lentamente por el camino de piedra, flanqueado por parterres de flores perfectamente cuidados. Tras las vallas de hierro, una multitud de fotógrafos, periodistas y curiosos se agolpaba, sus murmullos mezclándose con el sonido sordo de los cascos de los caballos ceremoniales. La familia Valdemar regresaba al palacio tras meses en la casa de campo, y el mundo esperaba ansioso la primera aparición pública de las gemelas reales, Isabelle y Victoria, de tres meses.

Dentro del coche, Astrid Møller, aún en reposo médico por su insuficiencia tiroidea posparto, sostenía a Isabelle, envuelta en una manta blanca, mientras Christian Valdemar cargaba a Victoria, idéntica a su hermana salvo por una pequeña pulsera azul que llevaba en la muñeca izquierda para diferenciarlas. Oscar, sentado entre sus padres, apretaba su peluche de oso contra el pecho, sus ojos grises fijos en la multitud a través de la ventana.

—¿Por qué hay tantas personas con cámaras, mamá? —preguntó Oscar, su voz teñida de curiosidad y un toque de nerviosismo.

Astrid sonrió, su rostro sereno aunque marcado por el cansancio.

—Porque quieren conocer a tus hermanitas, pequeño guardián —respondió, acariciando su cabello rizado—. Es un día especial, y todos están emocionados.

Oscar frunció el ceño, abrazando su peluche con más fuerza.

—¿Pero no pueden venir a jugar en lugar de solo tomar fotos? —preguntó, mirando a las gemelas, que dormían ajenas al alboroto—. Isabelle y Victoria no saben posar todavía.

Christian rió suavemente, ajustándose la chaqueta con una mano mientras sostenía a Victoria con la otra.

—Tienes razón, pequeño —dijo, guiñándole un ojo—. Pero hoy solo les daremos un pequeño vistazo, y luego estaremos todos juntos dentro, sin cámaras. ¿Te parece?

Oscar asintió, aunque su expresión seguía seria.

—Está bien —murmuró—. Pero no me gusta que miren tanto.

Astrid le dio un apretón suave en la mano.

—Eres el mejor superhermano, ¿lo sabías? —susurró, besando su frente—. Nos cuidas a todos.

El coche se detuvo, y los escoltas abrieron las puertas. Los flashes comenzaron de inmediato, un destello cegador que iluminó la escena. Los asistentes del palacio formaron un discreto cordón de seguridad, pero la familia no tenía intención de esconderse. Christian bajó primero, sosteniendo a Victoria con cuidado, mientras Astrid, con Isabelle en brazos, descendió con la ayuda de un escolta. Oscar caminó entre ellos, su manita aferrando la falda de su madre, su postura recta a pesar de la incomodidad.

—Solo unos segundos —susurró Christian, inclinándose hacia Astrid con una sonrisa tranquilizadora.

Astrid asintió, enderezándose con la elegancia natural que había perfeccionado con los años. Se detuvieron en el punto designado, donde el vocero oficial los esperaba. Con una sonrisa cálida, saludaron a la multitud. Los periodistas, respetando la orden directa del palacio, no gritaron preguntas, manteniendo un silencio reverente por el momento y las recién nacidas.

Fue un instante breve, pero suficiente para que el mundo viera a las gemelas. Los ojos atentos no pasaron por alto su parecido con Astrid —el mismo mentón delicado, los ojos grandes y expresivos— mezclado con los rasgos marcados del linaje Valdemar. Oscar, serio y valiente, intentaba ocultar su incomodidad con una postura firme, pero no pudo evitar murmurar:

—Mamá… demasiados ojos…

Astrid se inclinó, besando su frente con ternura.

—Ya casi estamos dentro, mi amor —susurró, apretándolo contra su pierna—. Eres muy valiente.

Una vez en el interior del gran salón, la atmósfera se volvió cálida y tranquila. Las puertas se cerraron, silenciando el bullicio exterior. El rey Frederik aguardaba junto a Jens Møller, el padre de Astrid, ambos con expresiones que mezclaban orgullo y alivio. Frederik, normalmente reservado, dejó que su rostro se suavizara al ver a las gemelas.

—Mis nietas… —dijo, acercándose con pasos lentos, sus ojos grises brillando con ternura—. Hermosas. Son como tú cuando eras bebé, Christian. Pero con la fuerza de Astrid.

Christian sonrió, ajustando a Victoria en sus brazos.

—Gracias, padre —respondió, su voz suave pero cargada de emoción—. Intentamos hacerlo lo mejor posible.

Astrid, con Isabelle aún en brazos, miró a Frederik con gratitud.

—Gracias por recibirnos, majestad —dijo, su tono cálido—. Y por el comunicado. Ha hecho todo más fácil.

Frederik asintió, acercándose para rozar suavemente la mejilla de Isabelle.

—No me llames majestad hoy, Astrid —dijo, sonriendo—. Eres familia. Y has construido algo bueno, algo fuerte, con mi hijo.

Jens, que había estado observando en silencio, se acercó, poniendo una mano en el hombro de Astrid.

—Mi niña, te ves agotada, pero estás radiante —dijo, su voz temblando de orgullo—. Estas pequeñas son un milagro. Y Oscar… —miró al niño, que ahora exploraba un rincón del salón— es el mejor hermano mayor.

Oscar, al escuchar su nombre, corrió hacia Jens, abrazando sus piernas.

—¡Abuelo! — exclamó—. Soy el superhermano, ¿sabes? Cuido a Isabelle y Victoria de los dragones y las cámaras.

Jens rió, levantándolo en brazos.

—Eres el mejor superhermano, pequeño —dijo, besando su mejilla—. Tu abuela Amelia estaría tan orgullosa de ti.

Más tarde, mientras la familia se instalaba en una sala privada, Astrid y Christian se preparaban para la presentación oficial de las gemelas al personal del palacio. Las niñas, más despiertas ahora, jugaban en una manta acolchada, gorjeando y moviendo sus bracitos con entusiasmo. Sin embargo, un pequeño incidente añadió un toque de caos: la niñera, en un descuido mientras cambiaba a Victoria, le quitó la pulsera azul que la diferenciaba de Isabelle. Ahora, las gemelas, idénticas hasta en sus pequeños gestos, parecían imitar los movimientos de la otra, confundiendo a todos.



#6736 en Novela romántica

En el texto hay: amor, realeza

Editado: 31.01.2026

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